Opinión
Democracia, mercado y la extraña nostalgia por los filtros
Un sistema filtrado y restringido ofrece una parte de la verdad; la libre expresión con todo su ruido, exceso e incomodidad expone la verdad completa.
Hace unos días escuché un TikTok que comparaba el Top 3 musical de 1986 con el ranking de enero de 2026. Es muy común escuchar hoy a influencers y divulgadores culturales opinar sobre la música contemporánea, señalando a veces con argumentos técnicos bien elaborados una supuesta baja en la calidad respecto de períodos anteriores de la historia musical. Armonías más simples, letras menos trabajadas, producciones estandarizadas: el diagnóstico suele presentarse como evidente.
Lo que rara vez se menciona es que la música de los años ochenta estaba filtrada por una serie de intermediarios muy concretos: productores, arreglistas profesionales, sellos discográficos, programadores radiales y rankings oficiales. Antes de llegar al público, una canción debía atravesar un largo proceso de selección. Hoy, en cambio, cualquier persona con un computador y software adecuado puede producir una canción, subirla a plataformas digitales y, eventualmente, convertirla en un éxito viral.
Algo muy similar ocurre cuando pasamos del ámbito cultural al político. La democracia goza de una prensa extraordinariamente favorable, incluso en contextos donde sus resultados generan frustración o desencanto. Se la presenta como un sistema virtuoso en sí mismo, más allá de los gobiernos concretos que produce. Cada cierto tiempo se nos ofrece un conjunto acotado de alternativas políticas, previamente filtradas por partidos, financiamiento, reglas electorales y burocracias internas. El ciudadano no elige cualquier cosa: elige entre opciones autorizadas. Ese procedimiento, aun cuando limita severamente el menú, conserva un fuerte prestigio simbólico.
El mercado, en cambio, suele cargar con el estigma opuesto. Se lo asocia al desorden, a la banalización, a la pérdida de estándares. Produce demasiadas opciones, demasiados productos, demasiadas decisiones individuales sin supervisión central. Esta sospecha no es nueva. Está en la base de la crítica marxista clásica a la sobreproducción, formulada por Karl Marx: la idea de que el mercado, dejado a sí mismo, genera más bienes de los que la sociedad puede absorber racionalmente, provocando desperdicio, alienación y crisis periódicas. No es casual que esta crítica haya servido históricamente como fundamento teórico de las economías centralmente planificadas, donde la abundancia no aparece como un logro, sino como un problema a ser corregido. En el ámbito cultural, esta lógica se traduce rápidamente en desconfianza: si cualquiera puede crear música, si no existen filtros claros ni autoridades reconocibles, entonces se asume que el resultado debe ser inferior. No por lo que se escucha, sino por cómo se produce.
Sin embargo, vistos desde cierta distancia, democracia y mercado comparten una estructura sorprendentemente similar. Ambos funcionan como mecanismos de agregación de decisiones individuales. Ambos prescinden de un criterio sustantivo que garantice resultados “correctos”. En el caso de la democracia, esto resulta particularmente claro si se recuerda la exigencia reflexiva que Jean-Jacques Rousseau imponía al acto de votar: los ciudadanos debían deliberar abstraídos de sus intereses y preferencias personales, pensando únicamente en el bien común. Solo bajo esa condición que es altamente exigente, podía manifestarse la llamada “voluntad general”. Incluso en su formulación más ideal, la democracia no garantizaba buenos resultados, sino un procedimiento mediante el cual las decisiones colectivas emergían sin una autoridad externa que definiera de antemano lo correcto. Algo similar ocurre en el mercado: tampoco promete calidad, virtud o excelencia, sino un método para canalizar preferencias dispersas sin un centro que las jerarquice previamente.
Quizás por eso la música de los años ochenta goza hoy de tan buena prensa, mientras que la música contemporánea suele ser mirada con sospecha. No porque una sea intrínsecamente superior a la otra, sino porque una pasó por filtros reconocibles y la otra no. Tampoco se trata de un fenómeno nuevo. En su momento, Elvis Presley fue acusado de vulgarizar la música popular frente a la elegancia de Frank Sinatra; Ludwig van Beethoven fue visto como un exceso expresivo frente al orden de Johann Sebastian Bach. En cada caso, lo nuevo apareció como desordenado, masivo o carente de rigor, mientras que lo anterior fue revestido retrospectivamente de autoridad y prestigio. No porque el talento hubiera desaparecido, sino porque el pasado, a diferencia del presente, ya había sido filtrado por el tiempo y validado por instituciones que dejaron de estar en disputa.
Tal vez algo similar ocurre con nuestras instituciones políticas. Tal vez por eso las élites hacen de la democracia un producto de tan buena prensa: no tanto por los resultados que produce, sino porque conserva la forma de un sistema ordenado, predecible y simbólicamente controlado. Un sistema donde las opciones son acotadas, el ritual es solemne y la incertidumbre aparece domesticada. El mercado, en cambio, carece de esa narrativa tranquilizadora. No ofrece garantías previas ni resultados legitimados por autoridad alguna; expone directamente la abundancia, la dispersión y el ruido que emergen cuando la elección es verdaderamente abierta.
Esta columna no trata de defender ni de condenar. Solo de observar una asimetría persistente: tendemos a otorgar mayor valor moral a los sistemas que restringen la elección y peor prensa a aquellos que la amplían. Un sistema filtrado y restringido ofrece una parte de la verdad; la libre expresión con todo su ruido, exceso e incomodidad expone la verdad completa. Ya Aristóteles advertía que, cuando realizamos juicios analíticos, debemos ceder siempre el asiento a la verdad, incluso cuando esta resulta menos ordenada o tranquilizadora. Tal vez por eso la buena reputación no siempre acompaña a la libertad, sino al orden que la vuelve psicológicamente más soportable.
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