Opinión
AgenciaUno
Gobernar sin genio
Cuando predomina este racionalismo moralizante, las posibilidades creativas se estrechan. La regla abstracta manda y el marco de operación del genio retrocede. Crear exige lo contrario: apertura a lo concreto y el ajuste, con flexibilidad, de normas e instituciones a las circunstancias efectivas.
Aristóteles decía que la política es arte. Consiste en articular eficazmente —en palabras, obras y acciones— los anhelos populares concretos. No se deja encerrar en reglas universales rígidas, pues es una actividad de invención que debe adaptarse a circunstancias.
Cuando la política logra dar estructuración palpable a las exigencias populares, surge la legitimidad: una adhesión viva al sistema, no por inercia o temor, sino por reconocimiento. Cuando la capacidad artística falta, pueblo y política se separan, y sobreviene la crisis..
Al poder creador del arte se lo llama “genio”. Él es la fuerza que produce lo que muchos sentían, pero no eran capaces de expresar.
El gobierno del Presidente Boric ha evidenciado una carencia grave de genio artístico-político y fecundidad creadora. Su fracaso no se explica sólo por errores técnicos o coyunturales, sino por una impotencia más profunda: la incapacidad de crear políticamente.
Los ejemplos son diversos. En el proceso constitucional, el Ejecutivo se limitó a respaldar acríticamente a la Convención-1, sin conducir la gestación de una Constitución auténticamente nacional. En educación escolar, se desmantelaron liceos emblemáticos sin erigir un sistema alternativo de calidad.
En ciencia y tecnología, el presupuesto se ha mantenido estancado; pero, además, no se ha logrado vincular pertinentemente la investigación y la industria; el país se seca sin que haya aún una estrategia nacional del agua; los desarrollos de la industria de defensa son muy incipientes y no han contado con impulso político decisivo. En general, el gobierno va detrás de los acontecimientos; con capacidad más de demoler que de crear.
¿Dónde se origina esta falta de capacidad creadora? No basta explicarla por fallas personales. Es poco plausible que, en colectivos amplios, todos carezcan de imaginación. Consta un factor adicional. Un tipo de racionalismo que termina sofocando la creatividad política.
El racionalismo aplicado sin contrapesos puede volverse destructivo. La razón opera mediante reglas generales. Si se la aplica de manera rígida, tiende a forzar la realidad dentro de esquemas abstractos, sin atender suficientemente a sus matices.
El Frente Amplio surgió, en buena medida, desde una racionalidad moralizante que busca imponer estándares universales. Esa lógica lo empuja a moverse en el plano de las ideas puras, en vez de dialogar con la complejidad concreta del mundo social.
Así, el mercado es condenado universalmente como intrínsecamente negativo; el escepticismo político se estampa como “inaceptable”; la duda es reducida a egoísmo. En este marco, a la realidad no se la escucha con atención; mucho más: se la somete a un molde previo.
Cuando predomina este racionalismo moralizante, las posibilidades creativas se estrechan. La regla abstracta manda y el marco de operación del genio retrocede. Crear exige lo contrario: apertura a lo concreto y el ajuste, con flexibilidad, de normas e instituciones a las circunstancias efectivas.
Sin reconciliación con lo real, no hay obra auténtica. Y sin obra, no hay legitimidad. Ahí hay una explicación al fracaso rotundo del gobierno con la Convención-1 y su falta de conducción en los demás asuntos: como se trata de pasar a la realidad simplemente por la navaja afilada de la moral universal, las soluciones creativas en educación, en industria o en el área que sea, se reducirán siempre a: excluir a los privados, sospechosos de mercantilización. Así, no hay imaginación ni genio que puedan operar.
También cabe radicar ahí la pérdida de adhesión crónica del sistema político, a la que la incapacidad del FA ha contribuido.
El problema no se agota, empero, en las izquierdas. Hoy se abre la gran interrogante respecto del gobierno de José Antonio Kast. ¿Repetirá el error, refugiándose ahora en las reglas del economicismo tecnocrático y la pura gestión o ejercerá genio político, recogiendo las exigencias populares concretas en obras, acciones y palabras en las que el pueblo pueda auténticamente reconocerse; contribuyendo el gobierno, así, a recuperar la legitimidad perdida?
Chile no necesita más políticas de cuño racionalista: ni morales, ni del cálculo. Requiere una política de la creación. Sin genio, no hay obra. Y sin obra, la república se queda sin voz.
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