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Trump: semblanza de un aprendiz de brujo
El astuto Gianni Infantino entendió que a Trump había que adularlo y le inventó el Premio FIFA de la Paz. La heroica María Corina Machado cayó en el mismo juego y le regaló su genuino Premio Nobel de la Paz. Quizás ignoraban que la adulación satisface egos, pero no apaga incendios.
Tras la segunda guerra mundial EE.UU. fue hegemón compartido, en modo “república imperial” (definición de Raymond Aron). Esto significa que, a la inversa de la Unión Soviética (URSS), promovía reglas y valores que satisfacían más a los demócratas que a los dictadores y sólo eventualmente invadía territorios.
En ese contexto la paz perfecta era imposible, pero una tercera guerra mundial era improbable. Todo esto dicho en pretérito y no sólo porque la URSS implosionó. En lo principal, porque también implosionó en los EE.UU. ese modo semiaceptado para imponerse en su órbita de influencia. ¿Y esto desde cuándo?… pues, desde que apareció Donald Trump en el escenario mundial.
Tras su intervención militar en Venezuela con captura de Nicolás Maduro, delegación de poderes en cómplices del dictador y ninguneo humillante de María Corina Machado, el presidente Trump terminó de alterar el sueño de los terráqueos. En EE.UU. se teme que su política exterior conduzca a un aislamiento superior al que anticipara Samuel Huntington, en 1993, con su “guerra de las civilizaciones”. Según dicho autor, si Occidente se fajara con el mundo no occidental (the West versus the Rest), EE.UU. debía sostener “una estrecha unión con sus socios europeos” y promover la “occidentalización de América Latina” (para Huntington los “hispanos” somos de otra civilización).
Tres décadas después, bajo el lema America first, Trump amenaza con la fuerza de EE.UU. al resto del mundo, con violación de sus propias leyes y sistemas constitucionales. Es como si en su sala de máquinas estuviera fraguando un imperio en formato clásico, bajo un líder que parafrasea el lema atribuido a Luis XIV: “L’empire c’est moi”.
La estrategia de seguridad nacional de EE.UU. publicada en noviembre pasado, tiende a confirmar esa ambición. Dice que la superpotencia no busca imponer “cambios democráticos ni sociales” y que “para un país con intereses tan numerosos y diversos como los nuestros, la adhesión rígida a la no intervención es imposible”
La democracia no importa
Los políticos norteamericanos sensatos saben que esa estrategia conduce a la soledad internacional, que no es lo mismo que el aislacionismo como política. Por ello, tratan de reconstituir el sistema de checks and balance, para revertir la polarización en su país y, por añadidura, para recuperar la confianza de sus aliados históricos y tranquilizarnos a los “hispanos”.
Difícil será pues, con la guerra en Ucrania, la misteriosa relación de Trump con Vladimir Putin, su pretensión de conquistar Groenlandia y la inacción de la OTAN, los europeos ya saben que deben defenderse solos. En el hemisferio occidental, Canadá ya está tomando medidas defensivas, pues sus ciudadanos no desean ser anexados a EE.UU. Tras las amenazas a Panamá, Colombia y México, más el episodio venezolano, los latinoamericanos coinciden, por sobre sus diferencias ideológicas, en que su independencia política es incompatible con el “Corolario Trump de la Doctrina Monroe”.
Disparo a los pies
Lo anterior es munición gratis para Rusia, China e Irán. El colapso de la OTAN deja a Putin y a su aliado Kim Jong-un con las manos libres en Ucrania. Xi Jinping pavimenta nuevos espacios para su Ruta de la Franja en Africa y el Ártico. Además, se carga de razones para invadir Taiwan. En Irán, los ayatolas confían en que tendrán su bomba atómica antes de un eventual ataque norteamericano y en la indiferencia de Trump respecto a los subversivos internos.
Tan hosco estatus externo. sumado a conflictos intrafederales, evoca momentos de amenaza menor pero premonitorios para EE.UU. Entre ellos el de Ernesto “ Che” Guevara cuando, inspirado en Vietnam, lo definió como “enemigo declarado de la humanidad” y llamó a combatirlo con “el odio como factor de lucha”. Luego, el atentado terrorista de Osama Bin Laden contra el Pentágono y las Torres Gemelas, demostró que ese odio podía apuntar al corazón civil y militar de la superpotencia.
Aquello amarga a los nostálgicos y empavorece a quienes saben de Historia. Los primeros recuerdan que, durante la Guerra Fría, EE.UU. legitimaba su primacía mediante incentivos a los demócratas y ayuda a los militares a su alcance. Los segundos recuerdan ese momento de alta irracionalidad en Europa, cuando un líder alemán liquidó el orden del Reich, mutó en dictador totalitario y catalizó la Segunda Guerra Mundial.
Showman en la Casa Blanca
Es sugerente que el poder de Trump no haya surgido desde el silencio de las dictaduras, sino desde el torrente de la libre información. En EE.UU. hubo amplio conocimiento de su disruptiva personalidad, sobre todo en los políticos del establishment. Por su habilidad para posicionar su ego, soltar “verdades alternativas” y ser “políticamente incorrecto”, lo percibían como un promotor inmobiliario tramposo que trataba de llamar la atención. Pero, por lo mismo, periodistas de todos los medios lo buscaban como fuente diaria de tuiteos y “cuñas” picantes que, a su vez, alimentaban las redes sociales. En sus memorias, el expresidente Barack Obama dice que “Trump era un espectáculo y en los Estados Unidos eso era una forma de poder”.
No fue sorprendente, por tanto, que en su primer gobierno confirmara sus déficit. John Bolton, su exasesor de seguridad nacional, lo describe como “asombrosamente desinformado sobre como dirigir la Casa Blanca” y cuenta que “el eje de adultos” de su entorno impidió chapuzas graves. Por cierto, no la mayor: impedir que, al fin de su período, desconociera su derrota ante Joe Biden e incentivara un asalto al Capitolio.
El histórico periodista Bob Woorward complementó a Bolton con su libro Miedo, Trump en la Casa Blanca. Ahí dice que el presidente no comprendía “la importancia de tener aliados en el exterior, la importancia de la diplomacia o la relación existente entre el ejército, la economía y las alianzas de inteligencia con gobiernos extranjeros”. Incluso consigna su frase maquiaveliana de que “el verdadero poder es el miedo”.
En esas circunstancias, el que llegara a un segundo período de gobierno, con prontuario judicial adjunto, muestra una mezcla de crisis de la democracia con resignación interna. Thomas Friedman -uno de los periodistas norteamericanos más laureados- lo expresó con una mezcla de claridad y coraje. Dijo que era “el presidente más antiestadounidense de nuestra historia (pues) asigna poco o ningún valor a la sangre, el dinero y la energía que generaciones de soldados, diplomáticos y presidentes estadounidenses, antes que él, sacrificaron para construir esa asociación duradera con nuestros socios europeos”. Concluyó que “la pregunta debe hacerse: ¿Estados Unidos está siendo gobernado por un rey loco?”.
Posdata
El astuto Gianni Infantino entendió que a Trump había que adularlo y le inventó el Premio FIFA de la Paz. La heroica María Corina Machado cayó en el mismo juego y le regaló su genuino Premio Nobel de la Paz. Quizás ignoraban que la adulación satisface egos, pero no apaga incendios.
Si los políticos inteligentes de América Latina lo entendieran así, asumirían que lo irracional existe, estudiarían geopolítica, conocerían a sus militares, profesionalizarían su diplomacia y buscarían alianzas funcionales. Cuando retornan al escenario mundial los aprendices de brujo, cuidar las democracias es primera prioridad.
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