Publicidad
Cuando el Estado no deja respirar: la peligrosa eficacia sin fricción Opinión

Cuando el Estado no deja respirar: la peligrosa eficacia sin fricción

Publicidad
Roberto Bolomey Elgueta
Por : Roberto Bolomey Elgueta Politólogo , Universidad de Lausanne. Suiza
Ver Más

Hoy son dos en Minneapolis. Mañana será un sistema automatizado el que decida quién es “riesgoso”. La pregunta de fondo sigue siendo: ¿cuánta fricción estamos dispuestos a sacrificar en el altar de la eficacia operativa?


En Minneapolis murieron dos personas en operativos de la agencia migratoria de EE.UU. (ICE). Una era Alex Pretti, enfermero de 37 años. Al discutir el caso, alguien preguntó con total sinceridad: “¿Por qué tanto escándalo? Son solo dos muertes”.

Esa sinceridad es precisamente el problema. No venía de la ignorancia, sino de una normalización ya instalada. Lo que debe alarmarnos no es solo el número de muertos, sino la dirección que toma una sociedad que acepta el daño colateral como un precio razonable del orden.

Aquí aparece un concepto vital: la fricción democrática.

Pensemos en los frenos de un auto. No existen porque odiemos la velocidad, sino porque la velocidad sin fricción es letal. Una democracia funciona igual. Los límites, las demoras y los controles cruzados no son burocracia inútil; son fricción deliberada. Es el diseño que impide que el poder actúe de forma inmediata o unilateral. No es un defecto del sistema, es su mecanismo de seguridad.

Desde la óptica del Estado, reducir esta fricción significa “eficiencia”. Pero cuando el poder se siente respaldado para actuar sin pausas, los controles formales se vuelven teatrales. Ya no importan los protocolos si quien ejecuta el poder sabe que goza de impunidad institucional.

Este fenómeno no es nuevo, pero la tecnología lo ha potenciado. Hannah Arendt ya nos advirtió sobre la “banalidad” que surge cuando el individuo deja de pensar y se limita a ser una pieza eficiente en un engranaje burocrático. Hoy, ese engranaje es algorítmico. Cuando el juicio individual se delega por completo en el procedimiento, la responsabilidad se diluye. Lo que antes requería una decisión moral, hoy solo requiere la fluidez de un sistema que no admite preguntas.

Herramientas de vigilancia masiva y software como Palantir crean una arquitectura de control invisible que permite que el Estado actúe con una fluidez quirúrgica. La eficiencia tecnológica reduce la fricción interna del poder (menos trámites, menos juicio humano), pero dispara la fricción externa que experimenta el ciudadano: esa sensación de ser rastreable, “escaneable” y vulnerable.

Con un clic, un agente localiza a alguien en segundos sin revisión independiente. El Estado gana velocidad, pero la sociedad pierde espacio de respiración. La democracia se vuelve opaca y rápida, mientras el control se vuelve transparente e inevitable. Una democracia no colapsa solo cuando se rompe la ley. Se erosiona cuando la ley funciona con una fluidez que ya no deja espacio para la duda o el freno humano.

Volvamos al punto inicial: “Son solo dos”. Hoy son dos en Minneapolis. Mañana será un sistema automatizado el que decida quién es “riesgoso”. La pregunta de fondo sigue siendo: ¿cuánta fricción estamos dispuestos a sacrificar en el altar de la eficacia operativa?

Una sociedad que deja de inquietarse frente al poder sin límites visibles no está siendo pragmática. Está, simplemente, dejando de respirar.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Publicidad