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La bancarrota hídrica global: un balde de agua fría Opinión Archivo

La bancarrota hídrica global: un balde de agua fría

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Lorena Schmitt
Por : Lorena Schmitt Presidenta Ejecutiva Andess
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El mensaje es claro: asegurar este derecho humano para todos, hoy y mañana, depende de las decisiones que tomemos ahora. No podemos acostumbrarnos a la escasez ni a la falsa normalidad. La gestión del agua potable y saneamiento que Chile necesita debe estar a la altura de los desafíos del siglo XXI.


Cuando escuchamos la palabra “bancarrota” algo se activa de inmediato. No es un concepto cómodo ni neutro: habla de un límite, de un punto en el que ya no alcanza con estirar, postergar o mirar hacia otro lado. Por eso, no es casual que Naciones Unidas haya decidido hablar en su reciente informe de “bancarrota hídrica global”, como una forma directa y sin rodeos de decirnos que el agua y el saneamiento, recursos esenciales para la vida, ya no pueden seguir siendo gestionados como si estuvieran garantizados.

Durante años hemos hablado de crisis hídrica, expresión que se volvió habitual en los medios, las autoridades y las conversaciones cotidianas, tal vez tanto que en algún punto dejó de generar urgencia. La crisis se volvió permanente y, con ello, el riesgo de normalizarla.

Este nuevo concepto, alusivo a un quiebre total, busca precisamente romper esa normalización. Es un llamado de atención, un balde -irónicamente- de agua fría, ya que en muchas partes del mundo la presión sobre los recursos hídricos ya superó su capacidad de recuperación no solo por la escasez, sino también por la contaminación, que reduce la disponibilidad de agua segura y daña ecosistemas completos. Asegurar el acceso al agua potable, un derecho humano esencial, exige hoy adaptación, colaboración y decisiones oportunas.

En Chile conocemos bien el valor de anticiparnos. Durante décadas se han construido sistemas de producción, distribución y saneamiento que permiten entregar agua potable segura, continua y asequible, junto con el tratamiento de las aguas servidas. Hoy, más de 16 millones de personas cuentan con estos servicios, fruto de planificación, inversión y trabajo público-privado sostenido en el tiempo.

Pero que el agua “funcione” en las ciudades no significa que esté garantizada. Abrir la llave o tirar la cadena se ha vuelto un acto cotidiano que rara vez invita a preguntarse qué hay detrás: sistemas complejos que hoy operan bajo una presión creciente producto del cambio climático, la escasez y mayores exigencias ambientales. Mantener los estándares alcanzados ya no es automático: requiere más gestión, más inversión y una mirada anticipada. Normalizar el acceso sin reconocer este esfuerzo invisible es otro riesgo de la crisis hídrica.

Al mismo tiempo, persisten brechas importantes en zonas rurales y apartadas del país, donde el acceso a agua potable segura y saneamiento sigue siendo una dificultad diaria. Abordarlas exige soluciones concretas, adaptadas a cada territorio y construidas desde una lógica multisectorial.

En este escenario, se vuelve indispensable fortalecer una gestión del agua integrada y colaborativa, donde Estado, empresas, municipios y comunidades trabajen con un propósito común. Las inversiones en infraestructura resiliente y en nuevas fuentes —como la recarga de acuíferos, el reúso de aguas tratadas o la desalación— deben realizarse de manera eficiente, sustentable y oportuna, pensando no solo en el presente, sino en las futuras generaciones.

Hablar de bancarrota hídrica puede sonar pesimista pero es, en realidad, una forma de volver a poner el tema en el centro de la conversación pública. El acceso al agua potable y al saneamiento no es un dato dado: es una responsabilidad permanente y una agenda país.

El mensaje es claro: asegurar este derecho humano para todos, hoy y mañana, depende de las decisiones que tomemos ahora. No podemos acostumbrarnos a la escasez ni a la falsa normalidad. La gestión del agua potable y saneamiento que Chile necesita debe estar a la altura de los desafíos del siglo XXI.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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