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Mega incendios: cuando el fuego revela una falla estructural del territorio Opinión Archivo (AgenciaUno)

Mega incendios: cuando el fuego revela una falla estructural del territorio

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La continuidad de estos eventos resulta previsible. Por lo tanto, la pregunta de fondo es si estamos dispuestos a asumir que la planificación y gestión urbana, el modelo forestal y el diseño de nuestras ciudades desempeñan un rol central del problema.


Cada temporada de incendios en Chile parece repetir el mismo libreto: condiciones climáticas extremas, múltiples focos simultáneos y una capacidad de respuesta puesta al límite.

Sin embargo, reducir los mega incendios que han afectado al sur del país a un problema exclusivamente climático o a la intencionalidad de la ignición es una explicación incompleta —y, en cierto modo, cómoda— que evita mirar un problema más profundo: la forma en que hemos construido y planificado el territorio.

Los incendios recientes en regiones como Biobío, Ñuble y La Araucanía se desarrollaron bajo escenarios de alta peligrosidad caracterizados por temperaturas elevadas, baja humedad relativa, vientos intensos y abundancia de combustibles finos altamente deshidratados. Estos factores explican la velocidad y agresividad del fuego y por qué escapan al control local en el corto plazo. Pero más allá de estos factores, su presencia no basta para comprender por qué estos eventos derivan una y otra vez en catástrofes urbanas.

La experiencia acumulada en estudios de riesgo urbano y en el trabajo operativo de Bomberos muestra que el daño se amplifica cuando el incendio alcanza territorios vulnerables desde el punto de vista urbano y constructivo. No se trata solo de dónde se inicia el fuego, sino de qué tipo de ciudad encuentra a su paso.

En zonas de interfaz urbano-forestal como Penco o Lirquén, la densificación no planificada, la proximidad crítica entre viviendas, la falta de estándares urbanos en calles y la baja jerarquía de las redes viales crean condiciones ideales para la propagación del fuego hacia áreas residenciales. Estas configuraciones facilitan la transmisión del incendio entre vivienda, y dificultan gravemente la evacuación y el acceso de los equipos de emergencia.

En este contexto, los procesos de evacuación y el combate adquieren un carácter  estructural dentro del riesgo. La ausencia de zonas previamente planificadas para recibir a la población evacuada, sumada a la alta dependencia del automóvil como principal medio de salida, genera escenarios de congestión crítica desde los primeros momentos. Estas situaciones, observadas en incendios de gran magnitud en Portugal, Grecia o California, bloquean simultáneamente la huida de las personas y el ingreso de Bomberos a los puntos donde es posible contener el fuego.

A esta vulnerabilidad urbana se suma un modelo forestal altamente homogéneo, basado en extensas plantaciones de pino y eucalipto, que por sus características, incrementan la intensidad y velocidad de propagación del incendio. La ausencia de franjas de amortiguación, áreas de transición reguladas y cortafuegos efectivos en los bordes urbanos expone directamente a las viviendas, transformando la interfaz urbano-rural en una zona crítica de riesgo permanente.

Resulta paradójico constatar que muchas de estas amenazas están diagnosticadas. Instrumentos como los Planes Comunales de Reducción del Riesgo de Desastres reconocen el incendio forestal como una amenaza prioritaria, y los PLADECO describen adecuadamente las condiciones territoriales. El problema es que estos instrumentos no tienen capacidad vinculante sobre el uso de suelo ni sobre la forma urbana. El único instrumento con poder normativo real —los Planos Reguladores Comunales— siguen sin incorporar el riesgo de incendios forestales y estructurales como un criterio estructurante del desarrollo urbano.

Cuando el fuego alcanza zonas habitadas, la fragilidad constructiva termina de cerrar el círculo. Tipologías edificatorias con baja resistencia al fuego, uso extendido de materiales combustibles y procesos de autoconstrucción facilitan la ignición secundaria por pavesas y la propagación entre viviendas. En paralelo, la infraestructura urbana —grifos y redes de agua,— resulta insuficiente para enfrentar incendios de alta carga combustible, obligando a Bomberos a adoptar estrategias defensivas centradas, prioritariamente, en salvar vidas.

Los mega incendios que hoy conmocionan al país no son desastres naturales. Son el resultado de una gestión fragmentada del riesgo en territorios con alta vulnerabilidad y exposición, donde se ha avanzado en respuesta y preparación operativa, pero no en la transformación estructural del territorio. Seguir abordándolos únicamente como emergencias climáticas es perpetuar un ciclo de pérdida que ya conocemos demasiado bien.

La continuidad de estos eventos resulta previsible. Por lo tanto, la pregunta de fondo es si estamos dispuestos a asumir que la planificación y gestión urbana, el modelo forestal y el diseño de nuestras ciudades desempeñan un rol central del problema y, por lo tanto, deben ser parte central de la solución.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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