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Cuando el país se fragmenta en “territorios” Opinión

Cuando el país se fragmenta en “territorios”

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Hugo Herrera
Por : Hugo Herrera Abogado y profesor de Filosofía y Teoría Política. Universidad Diego Portales y Universidad de Valparaíso. https://orcid.org/0000-0002-4868-4072
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Urge, entonces, abandonar la cómoda jerga de los “territorios” y volver a hablar, con sencillez y sentido de pertenencia, del territorio nacional como un todo: ese espacio común cuyo cuidado y resguardo deben ser igualmente efectivos en cada una de sus partes.


En el lenguaje político reciente casi ha desaparecido la expresión territorio nacional. Todo se ha vuelto ahora “territorios”.

El término nació en ambientes universitarios de izquierda y luego pasó a la política cotidiana. Los partidos actúan en “territorios”, los universitarios operan en “territorios”, las campañas electorales se planifican por “territorios”.

La palabra suena cercana, como si evocara arraigo y comunidad. Pero, mirándola bien, revela algo distinto: una forma capitalina y patronal de reducir el país a simples zonas de operación. El vínculo con la tierra se debilita y el espacio común se fragmenta en unidades administrables.

Porque esos “territorios” ya no son lugares a los que las personas estén ligadas como a su propio entorno vital. Son, más bien, espacios divididos según objetivos electorales o administrativos, gestionados como áreas de venta o de servicio. Allí no aparecen comunidades ni suelos cargados de memoria, sino superficies objetivadas: trozos de mapa definidos desde oficinas lejanas.

Podría parecer una simple moda lingüística, pero el asunto es mucho más serio, porque el lenguaje modela cómo entendemos la realidad. Si todo se reduce a “territorios” se pierde la idea del país como experiencia espacial nacionalmente compartida. Lo decisivo deja de ser el cuidado de ese espacio total vivido, y se convierte en mera medición de resultados.

De ahí surge la paradoja: las izquierdas marxistas, que denuncian la cosificación de la vida adoptan un lenguaje que vuelve cuantificable el espacio. Quienes prometían emancipación terminan administrando personas y lugares con las mismas categorías instrumentales que dicen combatir.

El lenguaje de los “territorios” encierra una pretensión ideológica: diluye la idea del territorio como base geopolítica de la nación y del Estado. Así, se deja de hablar de intereses territoriales permanentes y soberanía nacional. Al mismo tiempo, se desdibuja una tarea decisiva: superar las fracturas internas, las discontinuidades geográficas y asumir, de manera efectiva, la ocupación homogénea del territorio nacional en su conjunto. Sin esa mirada de totalidad, el país se fragmenta en zonas administradas, pero pierde conciencia de su destino común.

El tránsito del territorio a los “territorios” ha traído consigo nuevas formas de control, pero también de abandono y exclusión. El norte queda reducido a enclave productivo sin vida arraigada; el sur, convertido en parque natural que impide que ahí vivan chilenos; el centralismo impide que las regiones cuenten con herramientas para resolver sus propios problemas; Santiago se hacina; incendios y sequías golpean cada año con mayor fuerza; y la economía continúa dependiendo casi exclusivamente de actividades extractivas y de servicios, pese a que el país posee condiciones geográficas idóneas para un desarrollo mucho más complejo.

Todo ello revela una incomprensión profunda. El territorio no es un decorado pintoresco, sino una condición decisiva de la vida colectiva. Campos, mar, cordilleras, ciudades moldean nuestra forma de convivir y existir. Vivir hacinados, desconectados de la naturaleza, aislados de los campos y mares, no es neutro: erosiona la experiencia común.

La tierra es el gran cuerpo del pueblo. Cuando se la descuida y degrada, también se deteriora nuestra vida compartida. Por eso la tierra es, inevitablemente, un asunto político: de cómo se la cuide depende que la comunidad nacional pueda desplegarse con vigor en todo su espacio.

Urge, entonces, abandonar la cómoda jerga de los “territorios” y volver a hablar, con sencillez y sentido de pertenencia, del territorio nacional como un todo: ese espacio común cuyo cuidado y resguardo deben ser igualmente efectivos en cada una de sus partes.

Cuando sólo se ven “territorios”, el pueblo pierde conciencia del suelo que lo sostiene. Y sin esa base compartida, ninguna nación perdura en el tiempo (sobre esto: Octubre en Chile)

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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