Opinión
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El no apoyo a Michelle Bachelet a la ONU hace a los republicanos muy poco republicanos
La actitud de los republicanos y del propio Kast chocan con nuestro sentido republicano, con los principios de la política exterior y con la propia realidad.
En un mundo falto de una arquitectura política y de seguridad eficaces y estables, organismos con capacidad para regular las presiones ejercidas por las crisis (guerras, conflictos y desastres), con tendencias de una globalización capitalista con rasgos extremos y unilaterales (ej., acumulación del capital) y de poderes autoritarios que han acelerado la competencia estratégica con efectos negativos para un mundo (ej. aumento de la carrera armamentista con el componente nuclear), un mundo donde urge encuadres civilizatorios y relaciones normadas/cooperativas, se produce la nueva elección del Secretario General de Naciones Unidas al concluir el mandato de Antonio Guterres el 31 de diciembre de este año.
La expresidenta Michelle Bachelet se perfila como una de las figuras más destacadas en la carrera para convertirse en la próxima secretaria general de la ONU, cuya postulación fue oficialmente inscrita por los gobiernos de Chile (actual), México y Brasil. Una jugada diplomática que busca posicionar a América Latina (de acuerdo a la norma no escrita le tocaría a esta región la Secretaría General) en la dirigencia del mayor organismo multilateral. Con esto, la presidenta marcaría un hito histórico al ser la primera mujer en ocupar ese cargo en más de 80 años de existencia de la organización (24/10/1945).
Bachelet llega con una trayectoria que combina liderazgo nacional (exmandataria de Chile y exministra de las carteras de Defensa y Salud) y roles clave dentro del sistema de la ONU por más de una década. Esto la convierte en una aspirante con conocimiento profundo en políticas púbicas y el espectro internacional y la diferencia de las otras candidaturas.
En la ONU, entre 2010 y 2013, por ejemplo, fue directora ejecutiva de ONU Mujeres, la entidad creada para promover la defensa de la mujer (en muchos casos de la vida), la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres en todo el planeta. Posteriormente, ejerció como Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los DD.HH., entre 2018 y 2022, cargo desde el cual posicionó la defensa de las libertades fundamentales ante crisis globales y violaciones de DD.HH. en diversas regiones del mundo, sin distinción ideológica o de poder.
Es decir, ella tiene un amplio liderazgo y conocimiento de la organización y de la diplomacia multilateral. Esto le ha valido una imagen positiva (para muchos impecable) en América Latina, África, Asia, Europa y otros rincones del mundo, y un apoyo bastante amplio y transversal en su postulación al representar los valores que están en el corazón de la Carta de las Naciones Unidas.
Michelle Bachelet en la presentación de su candidatura propuso, entre otros, una ONU que recupere eficacia, transparencia y cercanía con las personas. También hizo hincapié en que la adaptación institucional debe ir acompañada de un compromiso con los pilares fundacionales del organismo: paz, seguridad, derechos humanos y desarrollo sustentable. Aboga en esta por una diplomacia preventiva que sitúe la paz en el centro de las acciones y por integrar la perspectiva de género en la resolución de crisis, lo que refleja su experiencia acumulada en ONU Mujeres.
No obstante de representar la presidenta Bachelet la esencia de nuestra política exterior (respeto al derecho internacional, multilateralismo activo, universalismo y pragmatismo, apertura al mundo, etc.), su postulación no ha estado exenta de críticas y de una campaña negativa de parte de la derecha dura, cuestionando (sin fundamento) su hoja de vida nacional y su gestión en la ONU desde una perspectiva política interna.
Kast, por ejemplo, respaldando al presidente de su partido Republicano (extrema derecha), afirmó que “entendemos que el presidente (Boric) tenga una buena relación con Brasil, que tenga una buena relación con México, pero dista mucho de lo que habríamos esperado del Presidente en relación a lo interno y también a lo internacional”. En la misma línea, agregó: “Nosotros lo que no queremos es que un gobierno saliente deje amarrados los destinos del país en ningún sentido”.
Por su parte, la secretaria general del partido, Ruth Hurtado, tuvo la imprudencia de cuestionar sin fundamentos (quizás por animadversión personal, revancha política o castigo ideológico) el desempeño interno de la exmandataria, señalando que “más allá de si la actuación de estos cargos (internacionales en la ONU) tuvo un buen desempeño (…) su desempeño como presidenta (…) fue bastante paupérrimo”.
La actitud de los republicanos y del propio Kast chocan con nuestro sentido republicano, con los principios de la política exterior y con la propia realidad, primeramente, denostando el prestigio (imagen y valoración) de Chile y reduciendo su poder blando y capacidad de influencia, al privilegiar sentidos ideológicos por sobre criterios institucionales (divide al país, muestra una imagen de fragmentación interna). Sus dichos no son propios de un sentido republicano.
En la práctica, cuando autores como Javier Peña, Elías Díaz o Roberto Gargarella dicen “esto es un acto republicano”, normalmente se refiere a que con este acto se fortalece la institucionalidad y la democracia por encima de los deseos e intereses particulares, de un partido o de un gobierno (republicanismo constitucional). Es decir, se diferencia la república (el todo) del autoritarismo, ideologismos, partidismo o personalismo en función de respetarla y fortalecerla, algo que no ocurre en este caso al usarse el Estado como extensión de una pelea política por parte de la extrema derecha, produciendo con ello una ruptura de la continuidad institucional: Chile había apoyado históricamente a sus exmandatarios u otros liderazgos en cargos internacionales.
Como lo expresa Agustín Squella, “el Estado debe representar a toda la nación, no solo al gobierno de turno ni a su coalición. Al negar apoyo a una expresidenta con alto prestigio internacional por razones ideológicas o políticas internas, el gobierno actuó como parte, no como Estado” (el poder se personaliza). No apoyar a Bachelet no es antidemocrático, pero no es republicano, al actuar con lógica de la revancha, confundir el gobierno con Estado y perder la capacidad de reconocer mérito público con efecto en la seguridad e intereses nacionales.
Y aunque el gobierno entrante no apoye la candidatura de la presidenta Bachelet, lo que sería una lástima, en este caso no existen “candidaturas oficiales” presentadas por los Estados, como en una elección clásica (no necesita el aval del gobierno de Chile). Las personas interesadas postulan y uno o varios países puede apoyar o promover una candidatura a la Secretaría General de la ONU que no sea de su propia nacionalidad.
Quizás previendo este contexto, se enmarca el viaje a Nueva York de Bachelet y que marca la reactivación de su agenda en plena carrera por la Secretaría General de la Organización de Naciones Unidas. Entre el 9 y el 19 de marzo se desarrollará el 70° período de sesiones de la Comisión de la Condición de la Mujer (CSW) de la ONU, instancia a la que Bechelet fue invitada en su calidad de vicepresidenta del Club de Madrid (entidad de exjefes de Estado y de Gobierno).
Siguiendo a Philip Pettit, una política exterior republicana exige que las decisiones del Estado sean impersonales y no dominadas por criterios arbitrarios (en este caso ideológicos). En ese sentido, negar respaldo a una figura con reconocimiento internacional como Michelle Bachelet por razones ideológicas internas puede leerse como una forma de ejercicio faccioso (banderizo) del poder, incompatible con una diplomacia republicana.
Al final, los republicanos (incluyendo a Kast) son muy poco republicanos, con la agravante de que con su postura debilitan la posición internacional de Chile y pueden poner al país en una posición muy incomoda si la presidenta es electa sin el apoyo del gobierno entrante.
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