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Estados Unidos y Cuba / Rusia y Ucrania: Tan lejos tan cerca Opinión

Estados Unidos y Cuba / Rusia y Ucrania: Tan lejos tan cerca

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Gilberto Aranda B.
Por : Gilberto Aranda B. Profesor titular Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile.
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Así como Putin inspirado en la expansión imperial parece determinado a recuperar su “extranjero próximo” o área de influencia, anexando el sureste de Ucrania, Trump sueña con la “edad dorada” del garrote de McKinley y Theodore Roosevel sobre el Caribe, su “patio trasero”.


Poco antes de cumplirse 4 años de la que en su momento fue denominada por Putin “Operación Especial” sobre Ucrania, devenida en guerra prolongada y de desgaste, al otro lado del mundo, se alcanzarán 50 días de la Misión “Resolución Absoluta” de Estados Unidos en Venezuela.

Aunque la naturaleza de los gobiernos cuyos estados fueron agredidos es diferente, –uno elegido popularmente y el otro devenido en autoritario– la voluntad imperial para controlar sus espacios inmediatos sugiere una trayectoria paralela: ignorar el derecho internacional para mediante un golpe de fuerza cambiar las administraciones enemigas por jefaturas dóciles a una negociación desde una posición de fuerza.

Moscú fracasó en su objetivo original de domar un país de 600 mil kilómetros cuadrados mediante la acción de 125 mil efectivos –incluidas columnas sobre Kiev– lo que lo obligó a reformular su estrategia.

En cambio, la flotilla del Caribe de 4 mil marines fue militarmente más eficaz al alcanzar la meta de “decapitar” al régimen, reemplazándolo por un chavismo no madurista que cediera a las exigencias de petróleo y liberación de presos políticos (la democratización está por verse en un plazo no determinado).

El éxito de la operación de Washington: rápida, contundente y altamente demostrativa de poder, abrió los apetitos de la administración Trump por replicar “el modelo” de intervención en otras latitudes, particularmente Irán y Cuba, amenazando a sus jefaturas, mientras evaluaba sectores pericéntricos para sustituir la cúpula hostil sin provocar inestabilidad.

En el caso del país farsí, las condiciones de una ola de protestas que brotaron el 28 de diciembre movieron a Estados Unidos, aunque con dilación –dada su concentración en El Caribe– a proferir advertencias bélicas solo después de que Teherán ya había aplastado cruentamente las movilizaciones. Y aunque el Israel de Netanyahu, consciente de la vulnerabilidad de su domo de hierro, sigue presionando a Estados Unidos a actuar contra Irán, el coro de aliados trumpistas árabes insistió en la vía diplomática. Estados Unidos se abrió a negociaciones en Omán, pero fue claro en sus demandas: “enriquecimiento de uranio cero” y limitación del programa de mísiles, ambas difíciles de aceptar para la República Islámica.

Cuba es un tema distinto: Estados Unidos tiene ambiciones históricas con la isla. Las disputas con Irán datan apenas de mediados del siglo pasado, pero la historia con Cuba fácilmente se retrotrae dos centurias.

Apenas 145 kilómetros median entre la Isla de Cuba y Key West. Esa distancia geográfica animó a la administración Trump para recuperar la idea de la “Fruta Madura”. El autor intelectual de este concepto es John Quincy Adams, curiosamente el mismo que ideó la doctrina Monroe. Ya en 1823 Quincy Adams sugería que Cuba caería naturalmente en la esfera de Estados Unidos. Claro que no contaba con que España se aferraría a su joya del Caribe hasta 1898. La participación militar directa de Washington en las guerras de independencia provocó un cambio de estatus en  Cuba. De colonia pasó a estado tipo protectorado, regido por la Enmienda Platt (1901) que autorizaba a Estados Unidos a intervenir en Cuba.

Ha pasado mucho tiempo, pero los resabios de esa era imperial son aún palpables en la Bahía de Guantánamo al sureste de la isla, donde se emplaza desde 1903 una base militar estadounidense que hoy funge de presidio de alta peligrosidad, bajo un tratado de arrendamiento perpetuo que la actual Habana rechaza.

Las historias compartidas de esta vecindad son muchas. Entre otras, la estadía de quince años de José Martí en Nueva York (1880 – 1895) o el Primer Regimiento de Caballería Voluntaria de los Estados Unidos, apodado Rough Riders, que entró en combate en la Guerra Hispano-Estadounidense en 1898. Estas historias, sin embargo, no son suficientes para balancear pasajes críticos de una relación intoxicada por el alud que supuso para el régimen nacido de la Revolución Cubana los episodios de Bahía Cochinos en 1961 y la Crisis de Octubre en 1963, lo que generó una narrativa de sobrevivencia a 13 Presidentes estadounidenses, no obstante varios emprendieron negociaciones, Clinton y Obama entre otros.

Las leyes estadounidenses extra territoriales Torricelli (1992) y Helms-Burton (1996) endurecieron el conjunto de sanciones tipo bloqueo sobre una economía menguante desde el colapso de la Unión Soviética en 1991. El cambio hacia un sistema mixto, jalado por el turismo, más el factor Chávez después, permitieron perdurar al régimen. Eso, aunque George W. Bush perseveró en una transición democrática impuesta desde afuera, por medio de la designación de un “coordinador para la transición cubana”, lo que tampoco resultó.

Trump volvió a la carga, manteniendo a Cuba en la lista de “Estados patrocinadores del terrorismo”. Desde enero interrumpió el flujo energético a la isla desde Venezuela y firmó una orden ejecutiva que impide otros abastecimientos de combustible, multando con un 10% de arancel a cualquier Estado que lo haga. Este cerco energético agrava la situación cubana que desemboca en una crisis humanitaria.

El Presidente cubano ha declarado que está dispuesto a dialogar con Estados Unidos “sin presiones ni precondiciones que vulneren la soberanía cubana”. El secretario de Estado de Washington, Marco Rubio opina otra cosa, la isla de la que salieron sus padres en 1956 aparenta estar al alcance por lo que espera una rendición incondicional. El régimen cubano, sus fuerzas armadas y reservas militares, parecen poco dispuestas a ceder sin luchar, por lo que el costo de una acción militar podría ser alto.

Aquí comparece nuevamente el ejemplo de Ucrania, que desde el antiguo eslavo significaría “frontera” aunque lingüistas ucranianos reivindican otro origen etimológico, “tierra natal”. Después de la invasión de los mongoles en 1241 el poder de la ciudad madre del “rus” se desplazó hacia el noreste, una zona de bosques y pantanos donde se fundaría Moscú. Mientras la síntesis eslava-tártara daría origen a una civilización euroasiática en expansión permanente hacia el este y el sur, las estepas ucranianas serían un espacio dinámico donde reinos sedentarios y tribus nómades chocarían, entre otros, los cosacos aglutinados en el Sich de Zaporizia. Hacia 1654 con el Acuerdo de Pereiaslav el zar absorbió al hetmanato cosaco que fue incorporado al imperio Romanov. Después de la revolución bolchevique hubo una breve experiencia de autonomía cuando el 1 de noviembre de 1918, la República Popular de Ucrania Occidental se separó de Austro-Hungría unificándose con la República Popular Ucraniana. Al año siguiente comenzaría la incorporación a la Unión Soviética.

Desde entonces se han incumplido promesas: Primero Washington no honró su palabra a Gorbachov de no extender la Organización del Tratado Norte al Este (OTAN) si Moscú aprobaba la reunificación alemana y su integración al Oeste. Desde entonces la OTAN se expandió 5 veces hasta que Putin detuvo a Georgia y Ucrania para seguir ese curso.

Asimismo, la Federación Rusa tampoco cumplió el tratado del 31 de mayo de 1997 cuando Yeltsin y Kuchma firmaron un documento que reconocía igualdad soberana, integridad territorial e inviolabilidad de las fronteras de ambos estados. Desde el 24 de febrero de 2022 la consigna de Kiev, armado por Occidente para un “conflicto por delegación”, ha sido resistir, no doblegarse, aun cuando los últimos ataques de Moscú han dejado sus ciudades occidentales con mínimos de electricidad en medio del invierno.

Este parece ser el derrotero de La Habana también después del bloqueo energético. Y así como Putin inspirado en la expansión imperial (ya sea Rúrika, Romanov o Soviética) parece determinado a recuperar su “extranjero próximo” o área de influencia, anexando el sureste de Ucrania, Trump sueña con la “edad dorada” del garrote de McKinley y Theodore Roosevelt sobre el Caribe, su “patio trasero”, para someter al postcastrismo para iniciar una transición.

Sus blancos parecen susurrar “tan lejos, tan cerca”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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