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Minnesota Opinión

Minnesota

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El despliegue masivo de agentes de ICE en Minnesota, tras acusaciones federales contra inmigrantes, ha desatado una crisis política y social que trasciende el control migratorio. La intervención —con efectivos enmascarados y armados— es vista por sectores locales como desproporcionada.


Bovine, la cabeza visible de la asonada anti inmigratoria en Minnesota, ha debido retirarse. Su estrategia vino a incendiar una ciudad invadida por dos mil hombres enmascarados que no trepidan en asaltar escuelas, centros comunitarios, factorías e instalaciones de servicio comunitario.

Los victimarios de ICE han sido temporalmente relevados de sus funciones, en tanto se señala que uno de los asesinos de Renee Nicole Good ha recaudado donaciones de gran envergadura.

El ataque se inició el 1 de diciembre de 2025, cuando el gobierno de los Estados Unidos acusó a la ciudad de ser anfitriona de los peores criminales entre los inmigrantes ilegales. Posteriormente, la secretaria de Seguridad, Kristi Noem, anunció el despliegue de más agentes federales en las Ciudades Gemelas, pronunciando palabras que recuerdan nuestras propias campañas presidenciales: “Si estás aquí ilegalmente, vete a casa”.

¿A qué viene esta ocupación?

La justificación inicial del gobierno federal fue un fraude financiero en los servicios sociales del Estado, cometido por un grupo de somalíes, asunto que se encuentra en manos de la justicia estatal.

La movilización de una fuerza armada compuesta por personal enmascarado y con armas de alto poder no parece una respuesta proporcional a los hechos ni, mucho menos, una intervención solicitada por la comunidad local.

Ciertamente, existen otras interpretaciones. Hay quienes sostienen que, por esta vía, el Mandatario busca distraer la atención pública respecto de las revelaciones de los archivos de Jeffrey Epstein.

Independiente de la explicación que se adopte, en los hechos se revela un conflicto de mayor alcance, que pone en peligro la concepción misma de una sociedad democrática frente a la brutalidad militarizada y el ejercicio autocrático del poder.

En este sentido, Minnesota representa un Estado de bienestar sostenido por una democracia sólida, por una comunidad activa y por instituciones que, cuando no han obrado como corresponde, han sido corregidas a tiempo y, por esa vía, legitimadas.

La ciudad de Minneapolis —que no es la capital del estado de Minnesota, como sí lo es su gemela Saint Paul— se ubica a unos quinientos kilómetros al sur de la frontera con Canadá. En gran parte, es territorio Lakota, como su toponimia lo revela: Minne es agua, sota es color del cielo y polis es un añadido colonizador para designar a una ciudad del agua. La resistencia del pueblo Lakota ha sido de largo aliento y no ceja: montados en sus caballos, enfrentan a ICE y, en este contexto, han revitalizado las patrullas del Movimiento Indígena
Americano (AIM) en la Franklin Avenue, al sur de la ciudad, con el objeto de proteger a su comunidad frente a la violencia circundante.

Las lecciones aprendidas en este largo trayecto histórico incluyen la masacre de Wounded Knee en 1890, con la cual el ejército  norteamericano aseguró el control de las tierras al oeste del Mississippi; la ocupación del pueblo del mismo nombre en 1973 y la subsecuente tensión con el AIM, cuyo dirigente, Leonard Peltier, fue inculpado en 1975 por el homicidio de dos agentes del FBI, lo que le valió permanecer en prisión por casi cincuenta años, siendo indultado por el presidente Biden al término de su mandato.

Las tensiones de entonces no han cesado. En 2016, ante la voluntad empresarial de instalar un oleoducto que atravesaría territorio comunitario, la nación sioux de Standing Rock denunció las violaciones a los tratados que dicha intervención implicaba. Las protestas
culminaron el 23 de febrero de 2017, cuando la Guardia Nacional y fuerzas policiales desalojaron a los últimos manifestantes. Sin embargo, la voracidad por los recursos de Minnesota no se agotó con el ducto que transporta petróleo desde Alberta, Canadá.

Nuevamente, en julio de 2019, comunidades indígenas se movilizaron activamente contra la construcción del oleoducto Sandpiper, proyectado para atravesar la reserva Leech Lake. A estas tensiones se sumó la iniciativa de una empresa que no nos es ajena —Twin Metals LLC, subsidiaria de Antofagasta Minerals, perteneciente a la familia Luksic—, que ha solicitado insistentemente autorización para explotar una mina de sulfuro de cobre cerca de Ely, Minnesota. La instalación de este proyecto amenazaría las cabeceras del área silvestre de Boundary Waters, la más visitada de Estados Unidos.

La población local no dudó en movilizarse para defender su patrimonio, logrando hasta ahora frenar el proyecto por vías legales. No resulta sorprendente que el actual mandatario de ese país haya impulsado su aprobación.

En los inicios de la década de 2020, la muerte de George Floyd, un ciudadano afroamericano, a manos de un policía blanco, agitó otra vez las calles de la ciudad. La intensidad de las movilizaciones alcanzó notoriedad global y, finalmente, se procedió a sancionar a los responsables, compensar a las familias y a revisar los procedimientos policiales.

Es interesante, en este caso, subrayar que los destrozos ocasionados tanto en el dominio público como en el privado fueron reparados en virtud del esfuerzo de la propia comunidad en coordinación con los organismos municipales. Asimismo, conviene acotar que las movilizaciones no se han circunscrito a temas locales: el pueblo minnesotano fue en ayuda de los países centroamericanos en la época de la Guerra Sucia y, para la llamada Tormenta del Desierto en la guerra del Golfo, las marchas pacíficas no tardaron en hacerse sentir.

El Estado lo es de migrantes y colonos que ocuparon las tierras arrebatadas a las comunidades indígenas. Un mosaico de culturas fue desplegándose por el territorio, de sur a norte, desde alemanes dedicados a la agricultura y ganadería, hasta los finlandeses y escandinavos allegados a los bosques septentrionales; desde los eslavos y griegos convocados por la minería del hierro y por la actividad portuaria del lago Superior hasta las comunidades afrodescendientes que ya estaban establecidas en el siglo XIX en una sociedad cuya Constitución de 1857 había establecido que “no habrá esclavitud ni servidumbre involuntaria en el estado”.

Los mexicanos subían para los tiempos a las cosechas desde los inicios del siglo veinte, si es que no antes y, cuando los Estados Unidos cae derrotado en Vietnam, el estado acoge a los Hmong, pueblo de las tierras altas de Cambodia y Laos, que reemplazan en las viviendas sociales a los irlandeses.

Los conflictos de África del norte traerán consigo la presencia de etíopes y somalíes, a quienes el actual Jefe de Estado llamó ”basura” insultando también de paso a a Ilhan Omar, representante estatal ante la Camara de origen somalí a quien Trump amenazó incluso con deportar.

En las complejidades de un mundo culturalmente diverso y no sin conflicto, Minnesota vio crecer movimientos sociales y artísticos cuyas demandas fueron ensanchando los márgenes de la democracia y el bienestar.

No ha de extrañar que en la ciudad puerto de Duluth haya nacido el Partido Comunista Obrero y Campesino en 1919, muy ligado a la cultura finlandesa y escandinava.

Tampoco debiera sorprender que el Partido Demócrata del estado tenga el nombre de DFL (Democratic Farmer and Labor Party) fruto de la fusión del Partido Demócrata con el Partido Laborista Campesino, en 1944.

Conocida hasta ese entonces la ciudad de Minneapolis como una capital del antisemitismo, del racismo y la xenofobia, fueron aquellas fuerzas sociales, encarnadas en la figura de Hubert Humphrey, que educaron a la ciudadanía en un ejercicio de democracia y de respeto. Los esfuerzos se dirigieron hacia la reforma de la policía y a la consagración de derechos civiles que, un par de décadas más tarde, se harían sentir con toda su fuerza en el resto del país.

El mundo de la cultura para nada ha sido ajeno a la efervescencia social de Minnesota. Desde la mirada crítica de la sociedad de su época de F. Scott Fitzgerald, criado en Saint Paul, hasta la visión ingenua de Charlie Brown de Schulz, nacido en Minneapolis, el campo de la creación artística no ha sido indiferente a estos procesos sociales. Artistas como Bob Dylan, originario de Duluth, o Prince, nacido en Rondo, el barrio de la comunidad afro, han dado voz a un movimiento que aspira a transformaciones, mientras cineastas como los hermanos Coen, de St Louis Park, contribuyen con una mirada inquisitiva de la época.

A ellos se suman artistas latinos como el muralista Jimmy Longoria, el fotógrafo Xavier Tavera, y la pintora Genessis Lopez, además de los artistas lakota Dyani White Hawk (pintura e instalaciones artísticas) y Maggie Thompson de la reserva Ojibwe de Fond du Lac Ojibwe (textiles y moda), entre muchos otros.

La invasión de Bovine y el ICE resulta paradójica en un Estado que ha sido capaz de enfrentar y resolver sus dilemas mediante el uso de las fuerzas propias, sean las de la institucionalidad, sean las del movimiento social, como lo entendiera en su momento el tempranamente fallecido senador Paul Wellstone.

Dos mil – y ahora tres mil – hombres desplegados en calles, sin identificación, enmascarados, armados y descontrolados parecen cumplir tareas que van más allá de la detención y deportación de inmigrantes indocumentados. El homicidio de dos ciudadanos del Estado es sintomático de una guerra apenas declarada contra los derechos civiles y la libre expresión de los pueblos.

El actual Jefe de Estado del país del norte había declarado en su plataforma: “Si los políticos corruptos de Minnesota no obedecen la ley y detienen a los agitadores profesionales e insurrectos que atacan a los patriotas de ICE, que solo intentan hacer su trabajo, instituiré la LEY DE INSURRECCIÓN, que muchos presidentes han hecho antes que yo, y rápidamente pondré fin a la farsa que está teniendo lugar en ese otrora gran Estado”.

La misma autoridad se ha referido repetidamente a quienes protestan contra el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos como “terroristas domésticos”, terminología que en nada resulta ajena a las formas en que el movimiento social es aludido en nuestro país.

Sin duda el “gran Estado” que se menciona arriba adquiere una cierta respetabilidad por los derechos consagrados a su población. Ya en su Constitución de 1857 se establece que “ningún miembro de este estado será privado de sus derechos o privilegios, salvo por la ley del país o por sentencia de sus pares”.

El precepto constitucional se complementa con la Acta de los Derechos Humanos que tiene fuerza de ley en Minnesota y que prohíbe la discriminación en cualquier forma – el empleo, la vivienda, los lugares públicos, los servicios públicos, la educación, el crédito y los negocios por motivos de clase protegida, como raza, religión, discapacidad, origen nacional, sexo, estado civil, situación familiar, edad, orientación sexual – , siendo una de las leyes de derechos civiles más estrictas del país.

Ni Bovine ni ICE pertenecen a Minnesota y no es el lugar donde deban permanecer. De aquel estado es preciso recoger la lección de su pueblo. Ni la demencia política, ni la represión brutal, ni el descarado intento por apropiarse de los recursos y de la soberanía de un pueblo, pueden desplegarse sin contrapeso. Son, justamente, los derechos civiles – instalados por la fuerza social y consagrados por las leyes – los únicos garantes de una sociedad democrática. Cabe a la acción colectiva protegerlos cuando se ven amenazados y cabe al Estado proteger la expresión popular.

La profecía Lakota anuncia, según señala la ambientalista y co-fundadora de la Red de Mujeres Indígenas, Winona LaDuke, que una “gran serpiente vendrá a la tierra, trayendo enfermedad y destrucción”. La profecía no especificó de qué serpiente se trataba, pero, a juzgar por los hechos, pareciera ser la chirrionera o Masticophis flagellum, serpiente anaranjada, combativa y que ataca a la cara cuando se siente acorralada.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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