Opinión
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A siete años de DAME, la expresión cultural más consistente de la década
DAME representa la madurez de una escena que ya no pide permiso. Que sabe quién es. Que sabe cómo suena. DAME ha entendido algo esencial, la noche es un acuerdo colectivo. Cuando ese pacto funciona, el club deja de ser un lugar y se transforma en comunidad.
Este fin de semana abundarán los likes, las reseñas y los comentarios sobre algunos de los carteles más vistosos del verano electrónico. Nombres globales, escenarios monumentales, fotos que recorrerán redes sociales durante días. Una oferta que obliga a elegir ruta. Pero quizás el viaje más profundo no estará allí.Estará en el aniversario de las fiestas DAME. Porque DAME no compite en espectacularidad. Compite —y gana— en algo más difícil, sostener coherencia, pertinencia y confianza.
DAME surge desde el lenguaje cotidiano, callejero. No es un acrónimo frío ni una palabra importada. Es verbo, es imperativo, es primera persona en tensión con el otro. DAME significa muchas cosas al mismo tiempo. Dame sonido, sin concesiones. Dame oscuridad, como herramienta para desaparecer y emerger en igualdad. Dame tiempo, no ansiedad. Dame pista, no vitrina. Dame comunidad, no individualismo. Dame es una expresión propia frente a ciudades que aprietan, controlan, vigilan, norman y aceleran. Aquí no se suplica. Se demanda espacio para existir.
DAME no apareció de la nada. Durante años, una generación entera se preguntó dónde encontrarse. Las respuestas fueron fiestas pequeñas, precarias, intensas. Ahí se formó el tejido de algo decisivo, una comunidad. Con el tiempo, esa generación creció. Se prometieron avanzar y mejorar las condiciones sin abandonar el espíritu. Volvieron a la noche con más herramientas, Dotaron al Under de mayor capacidad, más calidad, más técnica. Conservando el mismo corazón.
La pista como refugio. Desde el comienzo, estos espacios fueron más que diversión. Para muchas personas significaron un lugar donde no había que
explicarse ni defenderse. Donde la identidad encontraba reconocimiento. Las disidencias dejaron de ser etiqueta y pasaron a ser experiencia compartida. La noción de diversidades se amplió, se complejizó, se volvió aprendizaje colectivo. Por eso DAME es un dispositivo político sin necesidad de proclamarlo.
Desde el inicio, DAME decidió no ser complaciente. Aquí la electrónica no es fondo decorativo. Es lenguaje. Es ritual. Es encuentro. Es una experiencia compartida.
La ética de DAME. Hablar de ética puede parecer exagerado hasta que entendemos que una pista de baile es una forma de habitar, un laboratorio de
convivencia, es un modo de experimentación de lo humano. Siguiendo la idea de Umberto Eco, la obra solo existe cuando el público la completa. Es DAME un artefacto cultural de producción de sentido, la fiesta como arquitectura de signos, el DJ no impone un significado, sino que habilita, abre posibilidades. La pista responde, modifica, crea, coproduce. Es diálogo. Para Jacques Rancière, la política redefine quién puede sentir y ocupar el espacio. Aquí la gobernanza es la escucha. El set es una trama de posibilidades y bailar se transforma en un sistema de construcción de ciudadanía. Y como advertía Roland Barthes, el mito triunfa cuando se vuelve natural. La oscuridad, la centralidad del sonido, la ausencia de distracción, la duración, la ausencia de espectáculo ya no se explican. Se viven. Son confianza.
DAME formó DJs y también formó público. Enseñó paciencia, narrativa, respeto por el proceso, educó oído. Formó una relación madura con el tiempo. Instaló algo extraño en tiempos de consumo e inmediatez, generó pertenencia. Los residentes entendieron que su tarea no era brillar, sino cuidar el hogar. Por eso en DAME los residentes no acompañan el proyecto. Son el proyecto.
Después de siete años, lo evidente es que DAME dejó de ser fiesta, para transformarse en una infraestructura cultural que rebasó la noción de disidencias y diversidades, siendo la expresión cultural más consistente de la década, en una plataforma donde la memoria se acumula, donde el público confía, donde la experiencia tiene continuidad.
Lo notable no es cumplir años, sino que haber construido un propósito compartido, haber sostenido un acto de convicción y una identidad clara en un entorno ingrato con la noche, que premia la novedad y castiga la paciencia. Haber sido fiel a una frecuencia.
DAME representa la madurez de una escena que ya no pide permiso. Que sabe quién es. Que sabe cómo suena. DAME ha entendido algo esencial, la noche es un acuerdo colectivo. Cuando ese pacto funciona, el club deja de ser un lugar y se transforma en comunidad.
DAME es una forma de resistencia sin pancartas. Diversidades y disidencias amplias. DAME no describe un lugar, evoluciona hacia un dispositivo que activa una relación, el público sabe qué esperar, pero no sabe qué va a pasar. Confía. Se entrega. Regresa.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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