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¿Hacia una desacerdotalizaciíon o una resacerdotalización? Opinión

¿Hacia una desacerdotalizaciíon o una resacerdotalización?

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Jorge Costadoat Carrasco
Por : Jorge Costadoat Carrasco Sacerdote Jesuita, Centro Teológico Manuel Larraín.
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La Iglesia Católica en Chile enfrenta una transición histórica marcada por la caída sostenida de vocaciones y el debilitamiento del clero.


Para entender la situación de la Iglesia Católica en Chile, es necesario remontarse —nada menos que— a la historia de la relación entre sus autoridades y el laicado desde los inicios del cristianismo.

La Iglesia de los inicios del cristianismo reivindicó el sacerdocio para el Pueblo de Dios en su conjunto, pero evitó que sus ministros fueran llamados sacerdotes para no confundir su oficio con el de quienes habían asesinado a Jesús. Lo que había eran presbíteros que guiaban humildemente comunidades y presidían “la fracción del pan”.

Expandido el cristianismo por el Mediterráneo y habiéndose convertido en la religión imperial, se llamó sacerdotes a los presbíteros. Progresivamente, los ministros de la Iglesia trataron a sus autoridades como “hombres sagrados”. Estos hicieron pasar por su persona la acción sacramental y la enseñanza de la Iglesia.

El Concilio de Trento (siglo XVI) reforzó esta sacralización del clero. Quiso poner orden en su formación. Erigió seminarios cerrados, restringió la relación de los seminaristas con el mundo, los instó a buscar la santidad, ordenó sus estudios y los preparó especialmente para el sacrificio eucarístico por el perdón de los pecados. La Biblia llegó a ocupar un lugar en el índice de los libros prohibidos.

El Vaticano II (siglo XX), por su parte, exigió a los ministros ordenados conocer mejor la Palabra de Dios, desarrollar una evangelización de la cultura y cultivar una actitud dialogante con los contemporáneos. La participación de los fieles en la liturgia exigió a los presbíteros mirarlos a la cara y abrió la posibilidad de dejar el latín para participar en la misa en un lenguaje comprensible. Además, quiso que los ministros no fueran llamados sacerdotes, sino presbíteros. En otras palabras, impulsó una desacerdotalización de la Iglesia católica. El Concilio reasignó el sacerdocio a todo el Pueblo de Dios.

En la Iglesia del Vaticano II, lo fundamental habría de ser el sacramento del bautismo —compartido por el clero y el laicado— y no la relación asimétrica entre los presbíteros y los laicos establecida gracias al sacramento de la ordenación de los ministros.

¿En qué está la Iglesia chilena? El proceso de desacerdotalización comenzado por los años sesenta no tiene que ver hoy tanto con las rectificaciones introducidas por el Vaticano II como con una disminución acelerada del clero y, en particular, con una sequía sostenida de las vocaciones presbiterales. Hace poco hubo en Chile nueve seminarios. Quedan tres. En el clero diocesano y religioso, las vocaciones al presbiterado menguan
aceleradamente. De mantenerse la tendencia, en cincuenta años prácticamente no habrá clero en Chile. La Iglesia que quede, de seguir así las cosas, no pasará más por personas consagradas.

La otra posibilidad —que se está dando en otros países latinoamericanos, en Europa y en EE. UU.— es una resacerdotalización. En estos lugares vuelven las sotanas; la conversión del pan y el vino resta centralidad a la Palabra en la misa; se renueva la adoración de la hostia consagrada; y los ministros tienden a condenar al mundo en vez de discernir en él la presencia de Dios. No es de excluir —pues nadie puede predecir— que se dé en Chile un retorno de las vocaciones, pero que, una vez más, vuelva a formárselas en los marcos del Concilio de Trento.

En ambos casos, sea que se acentúe aquella desacerdotalización por extinción del clero como por una resacerdotalización de corte tridentino, la pregunta clave es si acaso se dará un cristianismo laical.

Es así que, para los laicos, se entreven dos posibilidades: nuevamente serán víctimas de sacerdotes que los tratarán como menores de edad; o, sin curas, decidirán ellos mismos quiénes serán sus autoridades, regularán su formación y nutrirán su cristianismo con testimonios vivos del Evangelio. Entre una desacralización y una resacralización se dará, en fin, una tercera alternativa. A saber, que el laicado no haga nada para detener la erosión de la Iglesia y deje caer el cristianismo.

En los últimos años se advierte que se atenúa la justa indignación y rebelión de los laicos con las autoridades eclesiásticas por razones como los abusos de los curas. Pero, miradas las cosas con más atención, a muchos católicos la situación de su Iglesia ha comenzado a darles lo mismo.

En la Iglesia Católica en Chile, los laicos tienen la palabra.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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