Opinión
Kast: el viaje hacia el sublime objeto de la ideología
Lejos de una agenda de Estado centrada en la apertura comercial o la transferencia tecnológica, su gira actual es una peregrinación a los altares de la “Nueva Derecha” global. No busca socios comerciales, sino espejos políticos.
La reciente gira internacional del Presidente electo, José Antonio Kast, ha desnudado la paradoja fundacional de su sector. Durante años, el Partido Republicano cimentó su capital electoral sobre la denuncia de una supuesta “sobreideologización” de la izquierda, acusándola de imponer dogmas ajenos a la realidad nacional y de sacrificar la técnica en el altar de la política identitaria. Sin embargo, su primer despliegue como mandatario electo ha resultado ser el ejercicio de turismo ideológico más purista y desconectado de la realidad de las últimas décadas.
Kast ha insistido en presentarse como el adalid del "sentido común", un término que utiliza como escudo para deslegitimar cualquier visión crítica. Recientemente, sentenció: “Cuando yo hablo de un ambientalismo radical, de un animalismo exacerbado, de un indigenismo
también bastante radical, lo que estoy diciendo es que el sentido común nos dice que para volver a crecer, tenemos que volver a encontrarnos, pero hay que decir las cosas por su nombre”.
Tomémosle la palabra al Presidente electo y digamos las cosas por su nombre.bLa evidencia sugiere que quien profita de los extremos ideológicos que chocan con labrealidad no es el país que él describe, sino su propio proyecto político. Si revisamos conbrigor la historia reciente, tanto su primer como su segundo programa de gobierno no fueronbhojas de ruta técnicas para la gestión del Estado, sino verdaderos manifiestos ideológicos.
En esos textos, la administración pública se subordinaba a una cruzada antiglobalista, antimarxista, anti-medioambientalista, anti-indigenista y anti-feminista. Allí, la obsesión por derogar leyes y retirarse de organismos internacionales no respondía a cálculos de eficiencia económica, sino a un dogmatismo que ve en la ONU, en el cambio climático o en la equidad de género, a enemigos espectrales. Es Kast quien, paradojalmente, antepone los
“ismos” a la evidencia fáctica.
Lejos de una agenda de Estado centrada en la apertura comercial o la transferencia tecnológica, su gira actual es una peregrinación a los altares de la “Nueva Derecha” global. No busca socios comerciales, sino espejos políticos. Su objetivo es validar una hoja de ruta específica: la instauración del Estado Securitario.
Desde la perspectiva de Andrea Cavalletti, la visita a las megacárceles de Bukele o a los muros fronterizos del Caribe no responde a una curiosidad técnica, sino a una política de la separación. El dispositivo de seguridad moderno funciona trazando límites físicos y simbólicos, creando espacios de exclusión donde la ciudadanía se suspende. Al coquetear con la tanatopolítica —la administración de la exclusión y la muerte civil—, Kast no busca
herramientas para gobernar una democracia compleja, sino armas para gestionar un estado de excepción permanente.
Pero, ¿qué justifica tal excepcionalidad? Aquí emerge la pieza clave del engranaje: la construcción artificial de la catástrofe. Para legitimar las medidas de choque que Kast fue a estudiar a Hungría y El Salvador, es imperativo instalar el relato de un Chile devastado. El discurso republicano ha martillado la idea de un “país en quiebra moral y económica”, una retórica apocalíptica necesaria para justificar su “gobierno de emergencia”. Sin embargo, esta tesis del desastre choca frontalmente con la frialdad de los datos.
Si analizamos las cifras con desapego, el Chile que recibe Kast posee fundamentos macroeconómicos mucho más sólidos que los que dejó el segundo gobierno de Sebastián Piñera. Mientras la administración anterior cerró su ciclo con una economía sobrecalentada y una inflación que escaló hasta un histórico 14,1% anual, el gobierno saliente entrega un país con el costo de la vida normalizado, oscilando nuevamente en torno a la meta del 3% y
4%. Asimismo, la "quiebra" fiscal que denuncian es inexistente: el déficit fiscal efectivo, que rozó el 7,7% del PIB tras la pandemia, ha sido corregido mediante un ajuste severo, devolviendo las arcas públicas a una trayectoria de sostenibilidad que los mercados internacionales han premiado con flujos de inversión extranjera directa superiores a los 20.000 millones de dólares anuales.
El “país en ruinas” es, por tanto, una ficción. Y es aquí donde la filosofía política nos ofrece la herramienta final para entender el fenómeno. Si Baruch Spinoza observara el despliegue de Kast, concluiría sin duda que estamos ante una política de la tristeza. Para Spinoza, la tristeza es el afecto que surge cuando nuestra potencia de actuar disminuye. Los regímenes autoritarios, o aquellos que aspiran a serlo, necesitan inducir pasiones tristes en la población —miedo, angustia, sensación de ruina— porque un pueblo asustado e impotente es más fácil de dominar. La insistencia obsesiva de Kast en la decadencia, en el peligro inminente y en la supuesta destrucción de la patria, no es un diagnóstico: es una táctica de gobierno basada en la impotencia.
Al negar la recuperación objetiva y pintar un horizonte negro, Kast nos empuja a la “impotencia de actuar”, donde la única salvación parece ser la entrega de nuestra libertad a un líder de mano dura. Es, en esencia, un proyecto triste. Como diría el filósofo, la alegría es el aumento de la capacidad de existir y actuar; lo que ofrece la ultraderecha es exactamente lo contrario: la contracción de la vida social bajo el peso del miedo.
En El sublime objeto de la ideología, Slavoj Žižek nos enseña que la ideología es una fantasía que estructura nuestra realidad. Para el proyecto de Kast, la “Crisis Total” funciona como ese objeto sublime que debe mantenerse vivo a toda costa, incluso contra la evidencia de los números. Sin ese fantasma de la catástrofe, todo el andamiaje autoritario importado de Europa se desmorona. Kast necesita que creamos en el desastre con devoción religiosa, porque su modelo, basado en la restricción y los afectos tristes, no tiene otra forma de legitimarse que no sea prometiendo salvarnos de un abismo que él mismo ha dibujado.
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