Niños solos en vacaciones
A propósito de los datos más recientes del Observatorio Niñez Colunga, que muestran que miles de niños en Chile pasan largas horas solos en sus casas desde edades muy tempranas, resulta imposible seguir pensando las vacaciones de verano solo como un tiempo de descanso. Para muchos niños, cuando la escuela cierra, también se suspende uno de los pocos espacios de cuidado y protección cotidiana.
Las vacaciones no son iguales para todos. Mientras algunos niños acceden a colonias, viajes o actividades recreativas, otros pasan gran parte del día solos, en la calle o frente a una pantalla, porque sus padres y madres no pueden dejar de trabajar y no cuentan con redes de apoyo ni recursos para alternativas de cuidado.
La evidencia confirma que esta realidad es estructural. Según la Encuesta de Vulnerabilidad Estudiantil 2024, elaborada por el Ministerio de Educación y analizada por el Observatorio Niñez Colunga, más de 5.500 niños de entre 4 y 5 años se quedan solos al menos una hora a la semana. Con el avance de la edad, la situación se profundiza: en quinto básico alcanza cifras de dos dígitos y en primero medio supera el 40%. No se trata de casos aislados, sino de una experiencia cotidiana para miles de familias.
Lo preocupante es que esta autonomía temprana no surge como una etapa natural del desarrollo, sino por la ausencia de adultos disponibles. Cuando un niño se ve obligado a arreglárselas solo durante horas, no solo se afectan su bienestar emocional y sus aprendizajes: también aumenta el riesgo de accidentes, de exposición a situaciones inseguras y de quedar sin protección frente a lo cotidiano. No es independencia, es soledad forzada, y tiene consecuencias reales.
Frente a este escenario, existen respuestas concretas que demuestran que otra realidad es posible y que, además, pueden escalar. Este verano, más de 2.500 niños, desde Iquique hasta Punta Arenas, participan en Leer es Poderoso, una iniciativa de Fundación Familias Primero que ofrece vacaciones acompañadas, con lectura, juego y vínculo. No es un programa costoso ni complejo. Es un modelo de colaboración público-privada, medible en su impacto y replicable en distintos territorios.
Municipalidades que facilitan espacios, colegios que abren sus puertas en vacaciones, el SLEP Llanquihue apoyando con infraestructura y gestión territorial, y sedes sociales que se convierten en puntos de encuentro. A esto se suman adultos mayores, jóvenes voluntarios, dirigentas barriales, madres de la comunidad y privados que aportan con libros, materiales educativos y colaciones. Cada actor cumple un rol claro, con objetivos definidos y resultados observables. No es filantropía asistencial: es política pública ejecutada desde el territorio, con apoyo del mundo privado y de la sociedad civil.
El impacto va más allá del cuidado. Los niños acceden a espacios seguros y afectivos; las familias pueden sostener su trabajo con mayor tranquilidad; los adultos mayores recuperan un rol activo; y las comunidades fortalecen vínculos reales. Todo esto ocurre con costos acotados y con indicadores que permiten evaluar y mejorar la intervención.
El desafío hoy no es inventar nuevas soluciones, sino escalar las que ya funcionan. Que los 2.500 niños que hoy participan puedan transformarse en más de 10.000 el próximo verano, a través de modelos claros, transferibles y con apoyo público y privado. No se trata de crecer como organización, sino de multiplicar capacidades en los territorios.
Porque cuando un niño pasa el verano solo, no solo se vulnera su derecho al cuidado: se debilita el tejido social. Y cuando el cuidado se aborda como una política pública compartida, medible y escalable, no solo se protege a los niños. Se fortalece al país entero.
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