Cuando abres la puerta…
El próximo gobierno se encuentra ante un reto doble: dar respuestas inmediatas que mejoren el día a día y crear una comunicación que permita que esas medidas reduzcan la percepción de inseguridad.
Cuando abres la puerta de las expectativas es difícil cerrarla o, al menos, entornarla para disminuir el flujo de las mismas.
Este es uno de los desafíos que deberá enfrentar el Gobierno que asume el 11 de marzo y que basó parte importante de su promesa electoral en la reducción de la delincuencia y la sensación de inseguridad que ella trae consigo.
Una parte de esa sensación, tiene ver con los agentes que inciden en la generación de esa inseguridad: se tiende a pensar en algunos sectores en el rol que jugarían en la creación de ese clima los medios de comunicación, lo que se asocia, además, con la orientación editorial y política de gran parte de ellos.
En redes sociales es común ver opiniones y “estudios” que constatan la baja cobertura de hechos delictuales que se observaría en los últimos meses, especialmente, en la TV. Se especula que habría una decisión consciente para ello, la cual sería funcional a las necesidades de la nueva administración.
Sin embargo, la causalidad no opera en un fenómeno tan complejo como la inseguridad ciudadana.
En primer lugar, la relación entre televisión y percepción de inseguridad ha sido algo de lo cual se comenta demasiado, sin que exista evidencia concluyente de una relación causal directa entre el consumo televisivo —incluidos los noticieros y matinales— y el temor al delito. En realidad lo que parece operar es una la multiplicidad de factores que intervienen en la construcción de la inseguridad percibida.
Por otra parte, el aumento en la percepción de inseguridad en actividades cotidianas ha aumentado en los últimos años. Según la Encuesta de Bienestar Social (EBS) del Ministerio de Desarrollo Social y Familia (2023), entre 2021 y 2023 esta percepción pasó del 41,1% al 46,2%, entendida como la sensación declarada de inseguridad en al menos una de cuatro situaciones cotidianas, como caminar de noche por la calle o transitar por plazas y parques².
Sin embargo, este aumento se produce en un contexto donde la televisión ya no ocupa una posición hegemónica ni concentra altos niveles de confianza ciudadana. De acuerdo con la Encuesta CEP (2024), la confianza en la TV alcanza un máximo de apenas 19%, particularmente entre personas de 65 a 74 años¹⁰.
Hay también una baja en el consumo general de televisión. Entre el 2016 y 2023, el consumo de TV abierta cayó un 34%. Además, hacia mediados de 2024, el promedio de visionado se situó en 3 horas y 50 minutos diarios por persona, marcando la cifra más baja registrada desde 2020, según el Consejo Nacional de Televisión.
Este antecedente relativiza la idea de que la televisión tenga hoy un rol determinante y unidireccional en la instalación de la sensación de inseguridad. En segundo lugar, el ecosistema mediático actual se caracteriza por una alta fragmentación de las audiencias, el consumo intermitente y la diversificación de fuentes informativas.
La Encuesta Nacional de Televisión (ENTV, 2024) del Consejo Nacional de Televisión (CNTV) señala que la exposición a noticias policiales no se restringe a la televisión, sino que ocurre en un entorno saturado de contenidos, donde conviven medios tradicionales, plataformas digitales y redes sociales. Es difícil establecer dónde vimos una determinada noticia que nos impactó y que es parte de nuestras conversaciones.
En este escenario, el rol de las redes sociales resulta clave para comprender la transformación del ecosistema informativo y la forma en que se construyen hoy las percepciones sociales. Si bien las redes sociales se han consolidado como las fuentes de información más mencionadas por la ciudadanía, también son aquellas en las que se deposita menor confianza. Así lo confirma la última Encuesta Nacional de Televisión (CNTV, 2024), donde un 72% de los encuestados declara haber visto información falsa en redes sociales, muy por sobre cualquier otro medio.
Un estudio realizado para el Consejo Nacional de Televisión por parte de Subjetiva, que contempló 12 focus group con asistentes de 27 comunas, permite profundizar en esta mirada compleja. La percepción de inseguridad aparece como un elemento central en la evaluación del estado de ánimo general del país y de las personas, marcado por sentimientos de miedo, preocupación y descontento. Esta sensación se construye tanto a partir de experiencias personales como de relatos de terceros, en su gran mayoría trasmitidos por las redes sociales y exposición mediática, y se ve intensificada por factores económicos, políticos e institucionales.
En particular, las experiencias de violencia adquieren una presencia amplificada: relatos, videos y alertas se difunden y se reciben rápidamente entre familiares, amigos, vecinos y conocidos, haciendo que los episodios de inseguridad se perciban como más cercanos, frecuentes y omnipresentes, reforzando así la sensación de vivir en un clima social permanentemente amenazado.
Asimismo, se observan diferencias relevantes por género, edad y territorio: las mujeres tienden a percibir la inseguridad de manera más integral; las personas mayores construyen su sensación de vulnerabilidad principalmente desde referencias mediáticas; y las grandes ciudades son evaluadas como más inseguras que las localidades pequeñas.
La seguridad no es un tema político especialmente para la TV, sino una forma de sobrevivencia. Horas de transmisión y conductores devenidos en fiscales hiperventilados sustentan un mermado rating y avisaje cada vez más esquivo; la reiteración y redundancia de las mismas noticias transmitidas una y otra vez durante la jornada, al parecer generan un efecto “anestésico” en la audiencia: “dan lo mismo en todos los canales, durante todo el día” señala una participante de estos grupos. Aún así, asumiendo que sea posible que los medios de comunicación cambien su enfoque respecto de la seguridad, ello no necesariamente implicará un cambio en las percepciones de las personas.
Las redes sociales, más allá de la confianza que depositamos en ellas, reproducen sin filtro ni edición día a día miles de hechos delictuales. Ciudades plagadas de cámaras que permiten captar desde diferentes ángulos imágenes de todo tipo de delitos, vecinos que desde sus celulares las comparten en sus grupos WhatsApp transformándose en “virales”, aplicaciones que amplifican cualquier situación que uno de esos vecinos consideran sospechosa y que encierra un riesgo a la seguridad del resto. Un círculo vicioso que hace inmanejable el control de las expectativas. La puerta se abrió con la fuerza de un ciclón.
El próximo gobierno se encuentra ante un reto doble: dar respuestas inmediatas que mejoren el día a día y crear una comunicación que permita que esas medidas reduzcan la percepción de inseguridad. Esa puerta no cerrará con facilidad.
Las estadísticas por sí solas no alcanzan, y los operativos solo generan alivios temporales. Tal vez la alternativa esté en las propias personas: una estrategia que convierta a los ciudadanos en protagonistas de la construcción de seguridad, especialmente a nivel local. En el estudio focal, muchos mencionaron cómo abuelas o madres compartían consejos simples pero efectivos para cuidar a los más jóvenes: WhatsApp como alerta y monitoreo, y Facebook e Instagram como forma de confirmación de la información, con los perfiles de los canales de TV. Una educación para construir seguridad compartida, que evidencie que sus beneficios son comunes y que limite la acción de quienes solo profitan de la inseguridad.
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