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La ironía de la historia: El Caso Fernández Lario Opinión

La ironía de la historia: El Caso Fernández Lario

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Suele decirse que la vida gira como una rueda. Nadie permanece permanentemente arriba ni abajo; las circunstancias son temporales, impredecibles y siempre están en movimiento.


En la mitología griega, Acteón es un cazador célebre que accidentalmente ve a la diosa Artemisa bañándose. Enfurecida por este atrevimiento, ella lo transforma en un ciervo. Acteón intenta huir, pero sus propios perros de caza no lo reconocen y lo persiguen sin  descanso hasta matarlo. El cazador se convierte en la presa, y el castigo es ejecutado por los mismos instrumentos con que él ejecutaba su poder.

El martes 27 de enero, distintos medios informaron que Armando Fernández Larios había sido capturado por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE) en Fort Myers, Florida.

La ironía de este hecho es difícil de ignorar. Fernández Larios es un prófugo de larga data, responsable de graves violaciones a los derechos humanos durante la dictadura de Augusto Pinochet. Sin embargo, Fernández Larios no fue detenido por un tribunal internacional, sino por ICE, una de las instituciones más controvertidas y cuestionadas públicamente en Estados Unidos hoy en día.

Según documentos conservados por el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, Fernández Larios fue oficial del Ejército chileno vinculado a algunos de los actos de represión más brutales llevados a cabo tras el golpe militar de 1973. Fue entrenado en la Escuela de las Américas en Panamá, y participó en el asalto militar al Palacio de La Moneda el 11 de septiembre de 1973.

Poco después del golpe, se integró a la comitiva militar encabezada por el general Sergio Arellano Stark. Esta comitiva fue conocida como la Caravana de la Muerte, la cual recorrió el país ejecutando prisioneros políticos. Registros archivísticos y testimonios asocian a Fernández Larios con asesinatos y desapariciones forzadas en ciudades como La Serena, Copiapó, Antofagasta y Calama.

Documentos del Museo también lo vinculan con operaciones internacionales de violencia estatal. Los registros indican su participación en acciones relacionadas con el asesinato del excomandante en jefe del Ejército Carlos Prats y su esposa en Buenos Aires en 1974, así como en preparativos vinculados al asesinato de Orlando Letelier y Ronni Moffitt en Washington D.C., en 1976. Material archivístico señala que viajó a Estados Unidos en conexión con esa operación.

Correspondencia y material de prensa conservados por el Museo muestran que Fernández Larios fue posteriormente identificado por familiares de víctimas e investigaciones judiciales como participante en estos crímenes. Hacia fines de los años 80 y comienzos de los 2000, aparece como una figura interrogada y sometida a procesos legales en Estados Unidos, mientras que las demandas de justicia en Chile han permanecido sin resolverse durante muchos años.

En el archivo del Museo, Fernández Larios no aparece como un individuo aislado, sino como un funcionario inserto en la maquinaria operativa de la represión dictatorial, su trayectoria ilustra tanto el alcance transnacional de la violencia estatal chilena como la larga lucha por la justicia.

¿Fue cazado finalmente el cazador?

En el mito de Acteón, el castigo de Artemisa es inmediato y preciso. El cuerpo de Acteón es transformado, pero su conciencia permanece intacta. Acteón comprende lo que está ocurriendo, intenta hablar y solo logra emitir sonidos animales. Luego corre aterrorizado. Entonces ocurre la inversión: su propia jauría percibe su olor y lo caza exactamente como fue entrenada para hacerlo. Los perros no son malvados; son obedientes. Es la disciplina, no la crueldad, la que consuma su muerte.

Fernández Larios formó parte de la DINA, un aparato represivo a menudo comparado con la Gestapo, creado para eliminar enemigos políticos mediante tortura, desaparición y ejecución extrajudicial. Estas organizaciones no fueron diseñadas para hacer cumplir la ley, sino para producir terror como forma de gobierno. ICE, en contraste, opera dentro de un orden jurídico formalmente democrático y no es un escuadrón de la muerte; sus acciones se enmarcan como aplicación administrativa de la ley migratoria.

Suele decirse que la vida gira como una rueda. Nadie permanece permanentemente arriba ni abajo; las circunstancias son temporales, impredecibles y siempre están en movimiento. En el caso de Acteón, el dominio se convierte instantáneamente en pánico. Como ocurre con la disciplina de los sistemas represivos, los perros que destruyen a Acteón no están impulsados por el odio, sino por la obediencia. Irónicamente, la misma lógica con que Acteón comandaba se convierte en la fuerza que lo aniquila. Al cruzar un límite prohibido, la identidad de Acteón colapsa en un instante, y el cazador desaparece dentro de la maquinaria que antes controlaba.

Visto desde esta perspectiva, la captura de Fernández Larios también dialoga con la política contemporánea en Estados Unidos. El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas ha sido ampliamente criticado por sus métodos, su opacidad y su uso expansivo del poder administrativo, especialmente contra migrantes con escasa protección política.

Sin embargo, fue precisamente esa maquinaria burocrática—diseñada para clasificar, detener y expulsar—la que terminó aprehendiendo a una figura durante años protegida por la inercia geopolítica y la dilación legal. La ironía es punzante: una institución acusada de excesos rutinarios se convierte, casi accidentalmente, en el instrumento que cierra un círculo de impunidad de décadas. Esto no redime a ICE, ni equipara sus prácticas con el
terror de la dictadura. Pero sí revela una verdad más profunda sobre el poder moderno: los sistemas construidos para vigilar fronteras y gestionar poblaciones pueden, en ocasiones, atrapar también a quienes alguna vez se creyeron intocables. Acteón, el cazador, no cae porque el sistema se vuelva moral, sino porque sigue funcionando—indiferente, mecánico—hasta que incluso sus antiguos amos quedan atrapados en su engranaje.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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