Evolución de la sociedad durante el Gobierno de Boric: ¿Esperanza sin política y sin sociedad?
La encuesta Bicentenario de la PUC 2022–2025 muestra un alza sostenida en la esperanza de desarrollo, educación y superación de la pobreza durante el gobierno de Boric. Sin embargo, persiste alta percepción de conflicto y un profundo descrédito hacia el sistema político.
En una columna anterior señalamos que, a lo largo de todo el siglo XXI, puede observarse con bastante claridad una tendencia recurrente: el alto malestar social de la sociedad chilena tiende a disminuir cuando se aproximan las elecciones presidenciales. Sin embargo, los resultados más recientes de la Encuesta Bicentenario de la Pontificia Universidad Católica de Chile sugieren que, al menos para el período 2022–2025, la reducción del malestar y el consiguiente aumento del optimismo no pueden explicarse únicamente por el ciclo electoral o por las expectativas de renovación política.
Por el contrario, como muestra la Figura 1, lo que se observa es un aumento sostenido y muy relevante en el optimismo de los chilenos y chilenas respecto del futuro del país en algunas dimensiones centrales. En particular, las líneas azules y celestes del gráfico revelan un incremento notable (y sorpresivo) en el porcentaje de personas que creen que Chile puede convertirse en un país desarrollado en un plazo de diez años (que pasa del 37% al 59%), que es posible resolver el problema de la calidad de la educación (que transita del 41% al 50%) y que es factible erradicar la pobreza en ese mismo horizonte de tiempo (que evoluciona del 29% al 40%).
A ello se suma, además, un aumento —más moderado y menos lineal, pero igualmente interesante— en las expectativas respecto de la capacidad del país para frenar el daño ambiental, reducir la desigualdad de ingresos y avanzar hacia una reconciliación social profunda.
En síntesis, la Encuesta Bicentenario muestra de manera consistente que, durante el gobierno del Presidente Boric, se ha producido un incremento generalizado del optimismo de largo plazo en la sociedad chilena, que no puede reducirse a los vaivenes del calendario electoral.
Una pregunta clave que emerge de estos resultados es, ¿de dónde proviene este sorprendente optimismo?, ¿Qué recursos sociales, políticos o institucionales perciben hoy las personas en la sociedad chilena como para considerar posibles metas tan ambiciosas?

Figura Nº1. Evolución del Optimismo.
Exploramos posibles respuestas a las preguntas anteriores en el plano de lo social. Es posible preguntarse si este optimismo refleja una percepción de mayor cohesión interna en la sociedad chilena actual: ¿se ve hoy la sociedad chilena a sí misma como más integrada y capaz de coordinar esfuerzos colectivos que le permitan enfrentar con éxito desafíos de esta magnitud?
La Figura 2 nos conduce más bien a descartar esa hipótesis. Ante la pregunta por la existencia de grandes conflictos entre distintos actores, los datos muestran que, entre 2022 y 2025, predomina sistemáticamente la percepción social de existencia de altos niveles de conflictividad en la sociedad chilena. De hecho, solo en un año —2023— alguno de los conflictos considerados dejó de ser mayoritariamente clasificado como un “gran conflicto” por quienes fueron encuestados. En todos los demás casos, más del 50% de las personas percibió la existencia de tensiones intensas entre los actores sociales, lo que sugiere la existencia de un ambiente social de fricción persistente, más que de cohesión.
En este contexto, resulta particularmente interesante que durante el período analizado no se observe ningún aumento ni disminución sustantiva de la conflictividad social clásica —esto es, aquella asociada a la relación entre ricos y pobres o entre trabajadores y empresarios—, y solo se registre una disminución en la percepción de conflicto entre el Estado de Chile y el pueblo mapuche. Además, dos tipos de conflicto parecen intensificarse en la representación ciudadana: el que enfrenta a chilenos e inmigrantes, y el conflicto político entre el gobierno y la oposición.
En síntesis, no se observa una tendencia clara y consistente hacia una percepción de mayor cohesión social, ni de un fortalecimiento del capital social que permita sustentar la expectativa de alcanzar metas de largo plazo.
Por el contrario, lo que emerge es la imagen de una sociedad que se percibe a sí misma atravesada por un nivel alto y relativamente estable (a excepción del conflicto Mapuche, que disminuye 6 puntos porcentuales) de conflictividad interna.

Figura Nº2. Evolución de la Conflictividad.
Si la respuesta a la pregunta por las fuentes del optimismo de largo plazo de la sociedad chilena no parece encontrarse en una disminución de la conflictividad social, cabe entonces preguntarse si podría hallarse en una mayor confianza en las instituciones.
La Figura 3 muestra que, entre 2022 y 2025, se produjo un aumento relevante en la confianza depositada en algunas instituciones específicas. Destaca, en particular —como lo indican las líneas azul y celeste— el incremento casi lineal y sostenido de la confianza en las universidades (del 46% al 55%) y en la Iglesia Católica (del 14% al 22%). También se observa un aumento cercano a ocho puntos porcentuales en la confianza en las Fuerzas Armadas y en Carabineros de Chile, aunque en este caso la trayectoria es menos regular y alcanza su punto más alto en 2024. Finalmente, y en una magnitud más acotada (alrededor de cuatro puntos porcentuales), se registra un aumento en la confianza en las empresas.
Este patrón contrasta de manera nítida con el estancamiento —en niveles muy bajos o casi nulos— de la confianza en el gobierno, los tribunales de justicia, los partidos políticos y el Parlamento.
En conjunto, estos datos permiten descartar que la recuperación del optimismo social esté asociada a una mejora en la percepción del sistema político: la sociedad chilena no parece estar recuperando la confianza en sus instituciones políticas y representativas.
Por su parte, ¿puede el aumento de la confianza en las universidades, la Iglesia Católica, las Fuerzas Armadas, Carabineros y las empresas constituir una explicación suficiente para la recuperación del optimismo de largo plazo en la sociedad chilena?, ¿Perciben allí los chilenos y chilenas los recursos necesarios para lograr metas ambiciosas?

Figura Nº3. Evolución de la Confianza en Instituciones.
Nuestra impresión es que la recuperación de la confianza en las fuerzas de orden público podría tener un efecto empoderador sobre la subjetividad colectiva. Esto en la medida en que un orden social percibido como respetado por la mayoría constituye una condición habilitante para el despliegue de muchas actividades de la vida económica y social.
Por su parte, el aumento de la confianza en las universidades podría estar expresando un renovado optimismo respecto de los mecanismos de movilidad social ascendente que históricamente han encarnado estas instituciones. Del mismo modo, el repunte de la confianza en la Iglesia Católica podría interpretarse como la búsqueda de anclajes morales y simbólicos, ofreciendo referentes de sentido y pertenencia allí donde otros vínculos parecen debilitados.
Por todo lo anterior, la recuperación de estas instituciones podría estar funcionando como soporte de estabilidad, expectativa y orientación en una sociedad que sigue percibiéndose como conflictiva y que no deposita confianza en la institucionalidad política.
Con todo, sería un error concluir que las fuentes del optimismo que revela la Encuesta Bicentenario han quedado plenamente esclarecidas. Las hipótesis aquí exploradas —la recuperación de la confianza en instituciones de orden, en espacios de movilidad social como las universidades y en anclajes simbólicos como la Iglesia— parecen plausibles, pero difícilmente parecen bastar por sí solas para explicar un fenómeno tan amplio como el optimismo que muestran los datos de la Figura 1. Revisando en detalle la Encuesta Bicentenario, el origen último de este renovado horizonte de expectativas sigue siendo, en gran parte, una incógnita.
No obstante, más allá de estas consideraciones, hay aspectos que debemos tomar en cuenta. Que una sociedad que ha atravesado sucesivas crisis políticas, económicas y sanitarias vuelva a mirar el futuro con mayor optimismo es, sin duda, una buena noticia; y al menos parte de ese mérito debe atribuirse al gobierno durante cuyo período se ha producido el repunte.
Sin embargo, pensando en el futuro, este optimismo emerge en un contexto social que continúa percibiéndose como intensamente fragmentado y conflictivo, en el que las tensiones entre grupos sociales y actores políticos persisten con escasa variación.
Se trata, por tanto, de una esperanza que no se apoya en una imagen de mayor cohesión social, ni en un fortalecimiento de los vínculos colectivos intergrupales.
Más aún, este renovado horizonte de expectativas se despliega en un escenario de profundo descrédito de la política y de las instituciones llamadas a procesar democráticamente los conflictos, representar a la ciudadanía y canalizar proyectos de transformación. En ese sentido, la sociedad chilena parece proyectar aspiraciones de progreso y bienestar hacia el futuro sin contar con un sistema político suficientemente legitimado para sostenerlas y orientarlas. Dicho de otro modo, Chile vuelve a creer en el mañana, pero lo hace sin confiar, ni en su política, ni en su cohesión interna para construir ese futuro.
La pregunta de fondo que dejan los resultados de la Encuesta Bicentenario que hemos analizado es un poco inquietante: ¿es posible erradicar la pobreza, alcanzar el desarrollo económico y recomponer el sistema educativo en un país que desconfía de la política y se percibe a sí mismo como socialmente fragmentado?
De lo que se trata, entonces, es de reflexionar sobre cómo reconstruir las condiciones sociales e institucionales que permitan convertir estas expectativas en procesos efectivos de transformación, evitando que este ciclo de optimismo termine (nuevamente) en frustración y desencanto respecto del futuro de Chile.
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