Publicidad
Aprendiendo a morir, se aprende a vivir Opinión Imagen referencial

Aprendiendo a morir, se aprende a vivir

Publicidad
Alejandro Reyes Vergara
Por : Alejandro Reyes Vergara Abogado y consultor
Ver Más

¡Todos vamos a morir, y no sabemos cuándo! Parece el grito dramático de un héroe, ante la derrota fatal o la catástrofe sin retorno. Pero no. Esa afirmación no tiene drama, fatalidad ni ingenio alguno. Solo dice una verdad cotidiana, tan inevitable y descomunal como el sol que emerge cada mañana.


Lo único absolutamente cierto cuando nacemos es que vamos a morir, pero no sabemos cuándo. Algún gran pensador dijo: «Nacemos para morir». Ese sí que exageró, se pasó como cuatro pueblos, ¿no te parece? ¡No nos dejó ni respirar y nos mató de una huaraca! No. Nacemos para tantas cosas más, para vivir —desde luego—, para amar, gozar de la vida, descubrir, aprender y crear, tener una vida buena y podríamos seguir. Para los griegos clásicos como Sócrates, Platón, Aristóteles, para Estoicos y Epicúreos, el sentido de la vida era ser feliz. Tenían diferencias en el cómo.  

“Confieso que he vivido” tituló Neruda sus memorias, pero luego de fallecer las titularon “Para nacer he nacido”, una manera poética y críptica de decir que la vida de Neruda fue un permanente renacimiento, reinvención y renovación.

Entonces, salvo que seas un Highlander, el inmortal de las Tierras altas de Escocia, vamos a morir, no hay vuelta. C’est la vie, mon ami, et la mort aussi. Se me ocurre que podríamos decirlo así, de carambola y en francés, para que esa realidad suene más poética y digerible.

¿Todavía no te convenzo? Mientras leías los párrafos anteriores, se murieron 120 personas en el mundo, sin contar a las que mueren en la guerra. Y si esperas un día más, habrá partido otro lote de 150.000. Y en un año, al menos siete millones ¿Y si es así, por qué la muerte es un tabú del que se habla poco y se piensa menos? Es raro. ¿Miedo? ¿Superstición o ignorancia? ¿Nos sentimos inmortales? ¿Sin hablar ni oir de la muerte creemos que pasará piola? Tal vez nos ilusionamos con orillar y hacerle el quite al sentimiento de pérdida en los que se van como en los que quedan, que también es natural. Si hasta se muere el perro o el gato y la gente se apena.

No lo sé. Pero casi nadie quiere pensar ni hablar de la muerte. Espero entonces que esta sea una excepción y alguien lea esta columna. La muerte tiene “mala prensa”, salvo cuando se trata de la muerte de los enemigos en la guerra, de los malvados en la horca, de los dictadores sanguinarios o de las bandas rivales desalmadas que se rematan a balazos y cuchillos en la calle. Solo entonces la muerte ocupa primera plana, parece producir un placer culpable.

Es vieja la superstición de que hablar de la muerte es invitarla a nuestra habitación, que nombrarla es mal augurio. Yo podría desmentirlo. No sé si en otra vida habré sido funerario, sepulturero, embalsamador o maquillador de cadáveres. Pero lo cierto es que desde niño me interesó la muerte. Mi primer cuento a los 10 años se llamó “Memorias de un Alma”, que contaba la experiencia del morir del protagonista, de la separación del cuerpo del espíritu, y cómo este sobrevive mira al cuerpo éste desde arriba y todas las aventuras y desventuras siguientes que pasan el cuerpo y el espíritu, con humor,  con amor y realismo. En ese cuento el alma sólo quería que los que estaban vivos junto a mi cuerpo inerte estuvieran felices, celebraran, porque el alma arriba estaba feliz, vivita y coleando. ¡Aleluya! Qué niño tan presumido, apenas con 10 años y en un santiamén creía haber pasado las vallas del juicio final, quedando su alma salvada y santificada ¡De dónde salió todo eso! ¿del inconsciente colectivo? ¿del chip cristiano? ¿de un aconchado de “monitos animados”, nuevos testamentos, cuentos y películas infantiles que llevan implícitos esos mensajes? Tampoco lo sé. Pero te confieso que -hasta donde yo recuerdo- no me he muerto nunca. Ni a esa época nadie cercano. ¿Por qué hace 53 años se me ocurrió esa fantasía?   Paradójicamente, las experiencias y testimonios de quienes realmente han experimentado el morir y la muerte clínica, que sobreviven solos o tras ser reanimados, sean ateos, moros, judíos o cristianos, son muy similares: el momento del morir a veces puede ser traumático, sobre todo si afecta partes del cuerpo y deja cicatrices,  pero también puede ser dulce, y es una lucha de deseos entre la vida y la muerte. Pero luego viene la sensación de separación del alma del cuerpo, ver el cuerpo inerte desde arriba, experimentar mucha paz, ausencia de dolor, el rápido repaso de momentos significativos y positivos de la vida, se produce una distorsión del tiempo, es un momento placentero, un tránsito hacia una luz intensa al final de un túnel y otras más. El retorno a la vida pareciera venir más del deseo del alma que de un empuje externo. ¿De dónde viene todo ese imaginario o experiencia común? 

Como sea, desde que escribí ese cuento de las Memorias de un Alma, durante los siguientes 53 años de mi vida he seguido pensando, leyendo y escribiendo ocasionalmente sobre la muerte, y esta nunca me ha alcanzado, hasta ahora. Entonces, si fuera cierta la superstición del mal augurio por nombrar la muerte, hace mucho tiempo yo estaría muerto, sepultado y devorado por los gusanos. “Atrápame si puedes” podría llamarse la película.

Los romanos antiguos ya tenían miedo de nombrar la muerte. Podía ser una invitación equivocada.  Entonces, en vez de decir que fulano “ha muerto” o “murió”, se daban una vuelta de carnero en su lengua para suavizar las cosas y capearse de pronunciar el mal presagio. Y decían que fulano “ha dejado de vivir” o que sutano “vivió”. Con tal que fuera vida, aun pasada, se consolaban. Hasta hoy, en los obituarios se leen algunos que eluden mencionar la muerte. 

Pero no todos los romanos esquivaban pensar, hablar o escribir sobre la muerte. Para Cicerón, “aprender a morir es aprender a vivir”. ¡Qué verdad! La vida filosófica, en esencia, para él era una preparación para la muerte. Decía que, filosofando, perdemos el miedo a la muerte y, a fin de cuentas, así ganamos libertad en el presente. Otros grandes como Séneca y Montaigne también escribieron lo mismo, calcado. 

Ahora volvamos a lo esencial. Aprender a morir, —si es que podemos— quizás sea una manera de aprender a tener una vida más serena, amigable, amorosa y más buena. Probablemente le sacaremos más jugo a los tuétanos del vivir. Ya no nos sintamos tan “inmortales” y seamos más humildes, empáticos y compasivos, así espero. 

San Francisco de Asís, en su Cántico, llegó a llamarla su Hermana Muerte, es decir, la amaba. Pero al común de los mortales yo no le aconsejaría amarla, eso es demasiado, no sea que la andemos buscando a la muerte por todos lados para besarla y entrar en intimidades. Perderle el miedo, entenderla y aceptarla como un proceso absolutamente natural, ya es suficiente. 

¡Qué tremendo acontecimiento es la muerte, para muchos, es tan difícil de vivir y aceptar! Y poco puedo decir yo, si no he vivido mi muerte, sino que apenas la imaginé. Pero de lo poco que veo e intuyo en general parecieran llorar más los que se quedan que los que se van. 

Hay que estar preparados, con las botas puestas y bien lustradas. Y en la hora inevitable, propia o ajena, parece mejor no fingir ni hacerse el leso ni el afectado. Hay que hablar claro, llano, directo y con empatía con quien haga falta, abrir las puertas para que se pidan y se den todas las gracias y perdones, y que se manifiesten los deseos. Y sobre todo, hay que disponerse a mostrar y recordar con entusiasmo todo lo bueno que quedó en el fondo de la olla, del que se va y de los que se quedan, porque recordar y saborear ese caldo y raspado delicioso, es lo que nos mantendrá siempre unidos entre quienes nos amamos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

Inscríbete en nuestro Newsletter El Mostrador Opinión, No te pierdas las columnas de opinión más destacadas de la semana en tu correo. Todos los domingos a las 10am.

Publicidad