Opinión
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Socialismo I: tiempo, trabajo, riqueza social
El proyecto socialista para el siglo XXI debe volver a poner en el centro el reparto justo de la riqueza social y la utilización del desarrollo tecnológico al servicio de la vida buena y no como herramienta de intensificación de la explotación del trabajo.
En los tiempos que corren, las izquierdas en Chile se encuentran en un proceso de actualización de sus proyectos políticos. A propósito de eso, la cuestión del socialismo para el siglo XXI ocupa un lugar central. Para contribuir a ese debate esta es la primera de 3 columnas en que abordaré este asunto, partiendo por el asunto del tiempo, el trabajo y la riqueza social.
Parece algo abstracto, pero no lo es. La liberación de tiempo, sin disminuir la parte que obtiene de su trabajo, ha sido siempre para las y los trabajadores un aspecto central desde que el mundo del trabajo se ha organizado, y la utilización eficiente del tiempo, para maximizar la ganancia, ha sido siempre un objetivo por el que las clases propietarias se han roto los sesos. El elogio al capitalismo que puede encontrarse en Marx en diversos momentos de su obra tiene en esta cuestión un aspecto central: la revolución de las fuerzas productivas permite alcanzar niveles de riqueza nunca antes vista, con menor tiempo de trabajo. Es decir: en la socialización de estas fuerzas productivas estaría la clave para socializar la riqueza, el tiempo libre y la libertad. Por el contrario, el capitalismo ha encontrado una y otra vez la forma para invertir la relación entre desarrollo tecnológico y trabajo a su versión más contraintuitiva: a mayor desarrollo tecnológico, mayor intensificación del trabajo humano. Relación solo explicable por la enorme superioridad y asimetría de poder en la relación contractual que sostiene la compra/venta de fuerza de trabajo.
En 1930 John Maynard Keynes escribió un famoso ensayo titulado “Las posibilidades económicas de nuestros nietos”, en el que imaginaba cómo podría ser la vida en 100 años más, o sea, en el 2030. Lo que el veía, basado en el desarrollo alcanzado en su propia época, es que era pensable que para el 2030 el progreso tecnológico hubiera resuelto el problema económico básico y que, por lo tanto, podría esperarse que no se requiriera una jornada de trabajo de más de 15 horas semanales, es decir, tres horas diarias para mantener el proceso productivo en pie.
Acercándonos ya hacia esa cuarta década del siglo XXI, puede decirse con bastante certeza que, en las antípodas del sueño keynesiano, vivimos en la época con mayores capacidades para liberar tiempo de trabajo y, paradójicamente, en una en la que los trabajadores experimentan una escasez de tiempo libre sin precedentes. Que esto sea así no es por un error de cálculo del viejo Keynes sobre las posibilidades del desarrollo tecnológico, sino porque la orientación de esas posibilidades se ha dirigido hacia su captura por parte del capital, la acumulación de riqueza, y no para el bienestar social.
La expansión sin límites de la economía financiera durante las últimas décadas del siglo XX y la centralidad que adquirió con la hegemonía del proyecto neoliberal, intensificó esta destrucción del tiempo libre. La precariedad de los salarios y el aumento del costo de la vida arrojó a los trabajadores a un círculo vicioso entre endeudamiento e intensificación del trabajo, el llamado “bicicleteo”, que recuerda al célebre “molino satánico” con el que Polanyi describía las consecuencias de la expansión de los mercados autorregulados sobre la vida social. Algunos han querido llamar a esto “auto explotación”, desplazando en la práctica la responsabilidad a los propios trabajadores, pero no hay que confundirse, se trata más bien de una verdadera servidumbre por deudas que lo que hace no es otra cosa que intensificar la explotación de siempre a través de comprometer el salario futuro (es decir: no solo se extrae la plusvalía presente, sino que se “adelanta”, a través de la deuda, la extracción de la plusvalía futura). ¡Es el régimen de acumulación de nuestros tiempos!
No hay que minimizar las consecuencias sociales de este fenómeno: La destrucción del tiempo libre es tal que ha terminado afectando la forma misma del tiempo como lo conocemos. En tiempos de endeudamiento extremo, de uberización del tiempo libre o de emprendimientos que “complementan” la jornada de trabajo para mantener la cadencia del bicicleteo, el futuro, ya comprometido en decenas de cuotas, termina pasando atrás del presente. Al presente, le viene persiguiendo el futuro y le viene pisando los talones (en forma de cuotas, cobros, embargos e incertidumbre).
Diversas teorías han puesto el foco en cómo el desarrollo del capitalismo acelera el tiempo social, utiliza el tiempo de descanso como una preparación para la jornada de trabajo, o hace vivir la vida en un presentismo que desvaloriza otras perspectivas temporales. Lo que planteo acá es que ninguno de esos enfoques captura realmente la radicalidad del reordenamiento temporal que la articulación entre desarrollo tecnológico, endeudamiento y acumulación grosera y sin precedentes de la riqueza social ha generado: no solo un presentismo, no solo que el capitalismo ocupe la totalidad del tiempo de los trabajadores entre jornada de trabajo y descanso para la jornada del trabajo, sino se trata de una verdadera aniquilación del tiempo futuro, pues está ya está comprometido y de cierto modo extraído a los trabajadores de antemano.
Políticamente, la consecuencia última de ello es muy profunda: la extrema dificultad para el cambio social. En el siglo XIX Marx y Engels cerraban el Manifiesto planteando que “Las clases dominantes pueden temblar ante una revolución comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas”. En el siglo XXI las clases dominantes, en realidad, disfrutan de un festín oligárquico sin igual y lo hacen con bastante tranquilidad, pues lo cierto es que hoy los trabajadores tienen mucho que perder, no solo sus cadenas. Esto explica, en parte, la corta duración de los “estallidos sociales” en los países de occidente o la dificultad de salir del neoliberalismo, incluso allí donde este ha fracasado estrepitosamente y a partir de ello se buscaron salidas alternativas (como fue en Grecia tras la crisis del 2009). El robo capitalista del futuro fue también el robo de las condiciones materiales de posibilidad para poder pensar socialmente en horizontes emancipatorios, en utopías movilizadoras.
Como se ve, el problema del tiempo, el trabajo y la riqueza social están en el centro, tanto del régimen de acumulación capitalista, como de las posibilidades de su superación. El programa del socialismo para nuestro tiempo debe poner el centro en la liberación del tiempo y la garantía de que el tiempo libre sea tiempo de calidad, tiempo para la vida buena. Que esto sea posible solo tiene un camino: contra la concentración ilimitada de la riqueza de las sociedades actuales, que como dice Piketty solo se compara con los tiempos feudales, el proyecto socialista debe seguir poniendo en el centro un reparto justo de la riqueza social.
El régimen de acumulación actual camina por una cornisa permanente, en un equilibrio doblemente precario. Por un lado, está la fragilidad de un sistema económico completo que compromete irracionalmente el futuro, pero que pende de hilos delgados que lo atan a la economía real. El desajuste entre ambas puede llevar al desmoronamiento de sociedades completas, como vimos que ocurrió con la crisis subprime el 2008. A este lado de la cornisa las clases dominante no le tienen mucho temor: las políticas de austeridad, el aumento de la represión, el autoritarismo y el ejercicio directo del poder oligárquico sobre las instituciones le han permitido, hasta ahora, poder sobrellevar las crisis, siendo estas, incluso, momentos de acumulación inédita de riqueza para quienes se mueven de mejor manera dentro de ellas.
Por el otro lado de la cornisa, la fragilidad del régimen actual está en la redistribución de la riqueza. Impuestos a los superricos, capturas estatales de las rentas de las industrias extractivas, políticas universales de transferencias directas a la ciudadanía, aumentos sustantivos del salario mínimo, entre otras, son algunas de las políticas que pueden efectivamente frenar el molino satánico de deuda-intensificación del trabajo que predomina actualmente y poner las cosas en orden: liberar a las personas de las cadenas de la deuda y volver a poner al futuro donde corresponde. A este lado de la cornisa las clases dominantes le tienen mucho temor, pues allí lo que puede perder es todo atisbo de legitimidad social y, no solo eso, sino que los trabajadores recuperan la posibilidad material de pensar y luchar por horizontes de desarrollo alternativo.
El proyecto socialista para el siglo XXI debe volver a poner en el centro el reparto justo de la riqueza social y la utilización del desarrollo tecnológico al servicio de la vida buena y no como herramienta de intensificación de la explotación del trabajo. Todo lo bueno de las sociedades ocurre cuando hay tiempo libre y cuando el derecho a este y al ocio se democratizan. La recuperación del tiempo libre y el futuro, la reducción del tiempo de trabajo y la redistribución de la riqueza que socialmente producimos, para garantizar una vida no precaria, deben ser pilares del programa de los socialistas de nuestra época. Garantizar lo anterior es también generar las condiciones para una sociedad donde la política y la democracia puedan florecer plenamente, para que sea esta y no la voluntad de los dueños del capital la que conduzca a los países.
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