Opinión
El cobre ante la disputa EE.UU.-China
¿Hasta dónde alcanzará la acción de Estados Unidos para imponer su concepto de “seguridad en el hemisferio”, y cuál será la estrategia china para asentarse en América Latina?
Durante la Segunda Guerra Mundial, Chile perdió el control efectivo sobre su principal recurso, el cobre, debido a imposiciones de Estados Unidos, que invocaba razones de seguridad nacional. Hoy reaparecen riesgos de nuevas restricciones o presiones, esta vez bajo la lógica de la competencia estratégica con China.
El episodio de las visas negadas a funcionarios del Ministerio de Transportes, en el contexto de las negociaciones con China para un cable de fibra óptica en el Pacífico, despierta inquietud ante una posible ampliación del concepto de “amenaza a la seguridad” y eventuales medidas punitivas de la administración Trump.
Algo similar ocurrió con recientes presiones para frenar la participación china-alemana en la fabricación de pasaportes y en un observatorio astronómico en el norte del país acordado con una universidad nortina (Universidad Católica del Norte y el Observatorio Nacional Astronómico de China de la Academia de Ciencias). Nos ha sucedido antes y puede repetirse si no actuamos con unidad e inteligencia estratégica para evitar costos innecesarios para Chile, si quedamos entrampados entre dos potencias.
El pasado ofrece lecciones claras. La más impactante se produjo durante el Gobierno de la Unidad Popular. Mi experiencia personal durante el exilio en Boston y Washington –en la Universidad de Harvard y en la Smithsonian Institution– me permitió investigar las acciones de la Administración Nixon contra el Gobierno de Allende y el modo en que la lógica de seguridad dominante en Estados Unidos influyó en su política hacia América Latina.
Revisé abundante documentación, comenzando por el informe de la Comisión del Senado presidida por el senador Church, publicado en 1975, que examinó la intervención de la CIA en Chile y otros países.
En plena Guerra Fría, la confrontación entre Estados Unidos y la URSS permeaba todos los análisis y decisiones de Washington. Cualquier movilización social o reforma estructural en América Latina activaba de inmediato alarmas. Todo movimiento de izquierda era percibido como potencial aliado soviético y, por tanto, como una amenaza a los intereses estratégicos estadounidenses.
Al estudiar los errores de la Unidad Popular que pudieron haberse evitado –y que quizás habrían mitigado la tremenda agresión del Gobierno de Nixon–, constaté que los líderes chilenos conocían poco cómo las élites económicas, militares y políticas estadounidenses definían las amenazas y adoptaban decisiones. Tampoco se comprendió plenamente la limitada capacidad de la URSS y de China para apoyar a terceros países: la primera concentraba recursos en Cuba y la segunda en Vietnam.
Esa falta de comprensión constituyó una debilidad significativa, y seguirá siéndolo si no fortalecemos nuestra capacidad de análisis de las reales correlaciones de fuerza internacionales para orientar mejor nuestra política exterior.
Hoy no puede descartarse un escenario de mayor tensión geopolítica entre Estados Unidos y China, con formas y consecuencias inciertas. El contexto mundial es muy distinto al de la Guerra Fría, pero una de sus dimensiones centrales es la disputa por recursos naturales estratégicos para la actividad económica y militar, entre ellos el cobre.
Estados Unidos produce más cobre del que consume, pero carece de suficiente capacidad de refinación y debe importar cátodos. China produce menos de lo que consume, importa grandes volúmenes de concentrados y los procesa gracias a la mayor capacidad de refinación del mundo.
La demanda de cobre seguirá creciendo con rapidez, mientras la oferta aumentará con mayor lentitud. Todas las economías planifican expandir su infraestructura de electrificación y descarbonización. Chile probablemente continuará siendo el principal productor: cuenta con importantes proyectos de inversión y posee las mayores reservas conocidas. El cobre, el litio, las tierras raras y otros minerales estratégicos adquirirán una relevancia sin precedentes. Esta realidad no puede subestimarse en la planificación del país.
Conviene recordar lo ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial. Chile se mantuvo neutral y solo declaró la guerra al Eje en 1943. Tras el ataque japonés a Pearl Harbor en 1941 y el ingreso de Estados Unidos al conflicto, ese país declaró el cobre insumo estratégico militar. Impuso entonces un precio fijo de 11,7 centavos de dólar por libra y estableció normas de comercialización obligatorias bajo el control de la War Production Board.
En ese período, la producción chilena estaba en manos de las compañías estadounidenses Anaconda y Kennecott. El país perdió ingresos significativos, al igual que Perú y México, productores de otros bienes estratégicos.
La reacción nacional frente a ese abuso impulsó sucesivos intentos por recuperar el dominio soberano de nuestros recursos: el Nuevo Trato (1953), la Chilenización (1966) y, finalmente, la Nacionalización (1971). Recordar esos procesos permite concebir escenarios posibles y diseñar políticas que resguarden nuestra autonomía, mediante alianzas y acuerdos que reduzcan la vulnerabilidad externa.
La inteligencia artificial y la infraestructura de datos demandarán enormes cantidades de cobre, energía y conocimiento científico. Anticipar escenarios probables y evaluar opciones es una obligación de los gobiernos modernos. La respuesta habitual –atender solo lo inmediato y actuar de manera reactiva, como si estuviéramos aislados, así ocurre habitualmente en la disputa política corta– resulta insuficiente en un mundo donde los factores globales inciden cada vez más en los proyectos nacionales.
En el caso del cobre, es crucial mantener el liderazgo en formación de profesionales, investigación tecnológica y diversificación de mercados. Reforzar la autonomía exige también ampliar la capacidad de refinación, hoy en declive. Si no se concretan pronto nuevas inversiones –como el proyecto de refinería entre Codelco y Glencore–, hacia 2030 la exportación de concentrados podría alcanzar el 70% del total, lo que implicaría una pérdida inaceptable de valor agregado y capacidad tecnológica.
Ante la expansión de la inteligencia artificial, los datos, los algoritmos, la infraestructura energética, los chips, la conectividad y el espacio exterior concentran la atención de las grandes potencias. Ello no significa que el cobre pierda relevancia; por el contrario, sigue siendo un insumo crítico.
Para proteger nuestros intereses debemos fortalecer las capacidades nacionales de investigación, gestión y ejecución en áreas estratégicas, anticipar los cambios tecnológicos y geopolíticos, consolidar el multilateralismo y articular alianzas que promuevan normas internacionales respetuosas de nuestros intereses. ¿Hasta dónde alcanzará la acción de EE.UU. para imponer su concepto de “seguridad en el hemisferio”, y cuál será la estrategia china para asentarse en América Latina?
En un contexto de creciente bipolaridad, resulta esencial evitar alineamientos incondicionales y preservar espacios de autonomía estratégica.
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