Opinión
Imagen de Archivo Agencia UNO
Futura oposición: la larga travesía por el desierto
Todo indica que tendremos dos oposiciones de centroizquierda (a las que hay que sumar el PNL y el PDG). Una que intentará reconstruir la famosa historia de los 30 años y que representa al mundo concertacionista, y otra en que estarán el Frente Amplio y probablemente el PC.
En 1999, Andrés Allamand publicó La travesía del desierto, con el objetivo de analizar su derrota como candidato a senador –dos años antes– a manos de Carlos Bombal. Más allá de la reflexión y el asumir los errores personales y de su partido, Renovación Nacional, el avezado político intentó dar una interpretación política a la confusión de la derecha en el reinicio de la democracia, después de apoyar a la dictadura de Pinochet durante 17 años.
Pero más allá del contenido de su libro, Allamand patentó con el título –La travesía del desierto– lo que hoy en política representa la derrota estrepitosa. De hecho, solo diez años después de su publicación, la derecha logró conquistar el poder de la mano de Sebastián Piñera. Habían pasado más de veinte años de un dominio absoluto de la centroizquierda posterior a la dictadura.
De ahí en adelante, el país asistiría a un periodo de alternancia en La Moneda entre la derecha y la izquierda y nunca más, por los siguientes 25 años, un Presidente(a) le entregaría la banda presidencial a alguien de su sector. Bachelet a Piñera, Piñera a Bachelet, Bachelet a Piñera, Piñera a Boric y Boric a Kast. Un péndulo que significó que el país comenzara a vivir en una esquizofrenia total, pasando por un estallido social, dos plebiscitos fallidos para cambiar la Constitución y la entrega del mando entre dos mandatarios que representan los polos de la política chilena.
Atrás quedaban los largos años de la “centroderecha” y la “centroizquierda. Por cierto, aunque Bachelet y Piñera no estaban alojados en los polos, sus experiencias de vida representaban el ying y el yang de la sociedad chilena: Bachelet formada en la RDA, separada, agnóstica; Piñera estudió en EE.UU., de familia tradicional y católico.
Por supuesto que en una columna no pretendo dar una explicación de esta verdadera montaña rusa en que se transformó nuestra alicaída política y menos hipotetizar acerca de qué puede habernos llevado a vivir en estos contrastes tan brutales, pero sí intentaremos hacer una primera mirada del estado de la futura oposición, ad portas de que se inicie un Gobierno encabezado por la derecha más dura, esa que apoyó a Pinochet sin vacilaciones.
Sin duda, esta es la primera paradoja que empezaremos a vivir a contar del 11 de marzo. ¿Que pasó en Chile como para permitir que incluso la figura del dictador retornara a la palestra?
Y aunque Kast fue algo más prudente durante la campaña y evitó hacer una reivindicación directa a Pinochet, su hasta entonces compañero de ruta –Kaiser– lo hizo de manera explícita. Sin ir más lejos, el Presidente electo publicó la fotografía oficial que decorará las oficinas públicas, en que se destaca el escudo en la banda, similar al que usó Pinochet durante la dictadura. Una señal evidente que interpreto como un giño a la gente del PNL que se restó finalmente del próximo Gobierno.
Si analizamos las razones para el triunfo holgado de José Antonio Kast, la primera explicación es evidente. El mal desempeño del Gobierno de Boric en algunas áreas específicas de alta sensibilidad ciudadana y la soberbia inicial de parte de la patrulla juvenil –encabezada por Giorgio Jackson y su juicio despectivo a la política de “los 30 años”–, que sufriría un revés irreversible después con el caso Convenios. A eso se suma el derrumbe de un Frente Amplio que jugó todas sus cartas al primer plebiscito, lo que permitió que finalmente La Moneda fuera administrada por una parte de la ex Concertación.
Haciendo una analogía con la obra de Allamand, la travesía del desierto de la base de apoyo duro que llevó a Boric a La Moneda comenzó con ese momento. El rechazo en el plebiscito golpeó el corazón ideológico del Gobierno saliente y no le permitió levantar más la cabeza. El resto del periodo fue más bien de administración, de un Presidente que gobernó en solitario, rodeado de experimentados exconcertacionistas. Con todas las contradicciones y falencias que pudo experimentar Gabriel Boric, logró mantener un sorprendente 30% a 35% de base de apoyo –casi 10 puntos más que Bachelet II y Piñera II–.
El golpe recibido entre noviembre y diciembre para el oficialismo fue el más doloroso de todos. Los republicanos lograron amplia mayoría en el Congreso y José Antonio Kast será el próximo Presidente de Chile. Es decir, si antes criticaban al mundo de la ex Concertación por haber abusado de los consensos y dar vuelta la espalda a una transformación radical de la sociedad, hoy entregan la banda a una derecha extrema, con resabios de Pinochet, y que ellos –el Frente Amplio– ni siquiera tenían en el radar, no porque no existiera, sino porque ni siquiera les interesaba. No hay peor autoengaño que el desprecio por el otro.
No cabe duda de que el oficialismo –oposición desde el 11 de marzo– sigue aún en nocaut. Sin reflexión ni autocrítica –el PPD lo intentó, pero en solitario–, sin liderazgos claros para el periodo que se inicia, pero principalmente con el derrumbe de un proyecto ideológico que nunca fue reemplazado luego de fracasar. Es decir, esto es equivalente a un barco que pierde el rumbo y decide navegar a la deriva.
Todo indica que tendremos dos oposiciones de centroizquierda (a las que hay que sumar el PNL y el PDG). Una que intentará reconstruir la famosa historia de los 30 años y que representa al mundo concertacionista, y otra en que estarán el Frente Amplio y probablemente el PC.
Si ambos bloques no entienden que esto va más allá de la política de alianzas y el rol en el Parlamento y no hacen una autocrítica profunda, es probable que el barco continúe a la deriva y vuelvan a dejar la cancha libre para el crecimiento de una derecha que ahora ya no es la centroderecha de Allamand, sino que se transformó en una derecha extrema con algunas incrustaciones de Chile Vamos, algo parecido a lo que le pasó a Boric con la ex Concertación.
Y mientras se produce ese ordenamiento y la centroizquierda logra sobrevivir en su travesía por el desierto, no me cabe duda de que Gabriel Boric tendrá un rol protagónico en la futura oposición. No es casual la estrategia que ha estado implementando el Presidente en estos meses de transición, subiendo el tono, recuperando parte de la agenda que no pudo cumplir, toreando a Trump, a Kast y su futuro Gobierno. Y, por supuesto, promoviendo a Bachelet a la ONU para poner en una encrucijada a José Antonio Kast.
Como comenté en mis columnas anteriores y otros espacios públicos, no nos extrañe que Boric esté preparando desde ya el regreso. Claro que esta vez estoy seguro de que será usando corbata. La vida y la política son un aprendizaje constante.
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