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Sororidad activa: anticipándonos al 8M Opinión

Sororidad activa: anticipándonos al 8M

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Beatriz García-Huidobro M
Por : Beatriz García-Huidobro M Escritora y editora Ediciones Universidad Alberto Hurtado
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Rescatar la sororidad activa de Matilde Ladrón de Guevara con Gabriela Mistral, es un ejemplo claro de que no basta con el respaldo desde el discurso, sino que se requiere de acciones que conduzcan a resultados.


En tiempos feministas, woke, progresistas o como queramos llamarlos, el concepto de sororidad prendió como yesca en la sociedad y en los discursos, aludiendo a la hermandad y solidaridad entre mujeres. 

A falta de una expresión mejor (a fin de cuentas, en un punto etimológico alude a las congregaciones de monjas), se ha aceptado y usado para todo tipo de discursos. 

Esta ética del apoyo entre mujeres ha sido fundamental para revertir una serie de comportamientos sociales normalizados e incluso asumidos como correctos o producto de una ley natural.

Que las mujeres no sean condenadas por otras mujeres avalando directrices del patriarcado constituye un gran avance. El solo hecho de detenerse a reflexionar antes de prejuzgar crea un progreso que quienes vivieron otras épocas pueden valorar de manera aún más intensa.

Por eso, rescatar la sororidad activa de Matilde Ladrón de Guevara con Gabriela Mistral, es un ejemplo claro de que no basta con el respaldo desde el discurso, sino que se requiere de acciones que conduzcan a resultados. Como se narra en el recién reeditado libro Gabriela Mistral: rebelde magnífica de Matilde Ladrón de Guevara, transcurría el año 1951 y tras haber recibido el premio Nobel seis años antes, Mistral se encontraba trabajando como cónsul en Italia. Matilde se atrevió a visitarla, impulsada por la admiración a su obra. Durante el tiempo que compartieron, viajaron y posteriormente se cartearon, se consolidó una amistad intensa y sincera entre ambas. 

Y ahí pudo quedar, siendo disfrutada por ambas a nivel privado.

Pero Matilde tenía conciencia de la injusticia que se había cometido con la gran poeta no solo al no darle el Premio Nacional sino porque además existían grupos de personas resistentes a este reconocimiento. Gente poderosa en diferentes ámbitos que la envidiaban (sin reconocer su oscura pulsión, obviamente), la juzgaban arbitrariamente por cuestiones imprecisas y se negaban a darle el lugar que correspondía en el mundo del pensamiento y la cultura, de la educación y la poesía, tratando de minimizar su obra a un puñado de versos.

Gabriela Mistral aceptaba esta situación con una especie de resignación que Matilde no pudo permitir. Ella, que era una feminista luchadora y activa, veía que detrás de esta resistencia había un afán por quitarle a una mujer su lugar en la sociedad no solo como poeta sino, muy especialmente, como intelectual. 

Fue entonces que empezó una campaña directa desde el presidente de la República y ministros hacia abajo. Y también hacia los lados, generando alianzas con unos y otros; con la primera dama de la época armaron una Navidad grandiosa para los niños de Montegrande, movilizando a la opinión pública que, si ya la admiraba, empezó a venerarla de manera espontánea y alborotadora. El nombre de Gabriela Mistral retumbó de tal modo que los opositores debieron agachar la cabeza y rendirse ante lo evidente: de nuestro país había surgido una mujer genial y el pueblo la celebraba y hacía suya. 

La injusticia quedó de este modo reparada. Y el comportamiento de Matilde develó que no basta con la sororidad en los discursos o en los salones. Esta no ha de ser privada o inactiva, sino que debe ser movilizadora, conducir a cambios sociales que permeen y den a otras mujeres la posibilidad de estar en la escena del mundo, alzadas en el lugar que se hayan ganado y que por derecho les corresponda.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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