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Antártica: retiro de hielo y el dilema estratégico del nuevo Gobierno
La pérdida de hielo en la Antártica es, sobre todo, un hecho científico, pero en la práctica también es una señal estratégica. Marca el ritmo de un debate global que no se detiene y que redefine las reglas del juego.
En los últimos 30 años, la costa de la Antártica ha perdido más de 12.800 kilómetros cuadrados de hielo, según investigaciones de la Universidad de California. Este número, publicado recientemente a partir de estudios científicos reproducidos por la prensa nacional, no se presta a mucha interpretación: es evaluación, comparación histórica y evidencia acumulada. Los datos pueden parecer abstractos, más distantes.
En la conversación cotidiana, la Antártica a menudo se siente lejana. Pero para Chile no lo es. Somos una nación antártica por historia, por tratado internacional y por proyección estratégica. Pero estos no son episodios exóticos del paisaje: lo que sucede en ese territorio tiene dimensiones oceánicas, climáticas, diplomáticas y económicas.
El cambio climático ha sido tratado durante años como un problema ambiental. Hoy eso ha quedado atrás. Ahora se ha desarrollado como un eje estructurante de la economía mundial. Europa ha endurecido cada vez más los estándares y ha condicionado los mercados con regulaciones verdes. China ha fortalecido su posición de liderazgo en la producción de tecnologías limpias y minerales críticos.
En Estados Unidos, sin embargo, el debate se ve periódicamente tensionado por una coalición que incluye líderes que desafían el consenso sobre el clima y establecen un nuevo orden para las prioridades de política energética.
Los términos clima y medio ambiente ya no son solo una preocupación natural y ecosistémica en este contexto. Es política industrial. Es comercio exterior. Es una disputa por las cadenas de suministro. Es influencia geopolítica. Chile tampoco está fuera del juego en este frente. Es una potencia en cobre y litio, una de las matrices de energía renovable más receptivas de la región y apunta a establecer una posición en hidrógeno verde. También tiene una proyección antártica que le da relevancia en el sistema del Tratado Antártico. Esto representa una oportunidad, pero también es una responsabilidad.
El país ha alcanzado ahora una nueva etapa política. En los próximos días, José Antonio Kast asumirá la Presidencia, un rol que regularmente minimizó en varias ocasiones al llamar la atención sobre el papel humano en el cambio climático.
Más allá de lo ideológico, el punto central es otro: cómo navegar estratégicamente esta nueva realidad en un mundo que reconfigura su economía en torno a la transición energética. Porque ahora la pregunta no es si el fenómeno existe, sino cómo impacta en la competitividad, la inversión y la reputación internacional. Y los mercados están integrando factores ambientales en sus elecciones.
Los estándares de sostenibilidad son revisados por los fondos de inversión. Los acuerdos comerciales tienen cláusulas climáticas. Ignorar ese entorno no lo hace desaparecer. Esto también es gestión de riesgos desde la gestión pública. Los eventos extremos, la presión regulatoria externa y las expectativas públicas requieren anticipación de escenarios.
Los países que adoptan políticas coherentes al respecto no solo mitigan vulnerabilidades, también construyen posicionamiento global. Y aquí viene una capa menos comentada: la narrativa política. El cambio climático es uno de los grandes marcos narrativos del siglo XXI. Los Estados que pueden articular el desarrollo económico con la transición energética proyectan liderazgo y aquellos encerrados en debates defensivos pierden poder.
La pérdida de hielo en la Antártica es, sobre todo, un hecho científico, pero en la práctica también es una señal estratégica. Marca el ritmo de un debate global que no se detiene y que redefine las reglas del juego. Hay activos en Chile para participar en esa conversación también. Recursos naturales estratégicos, capacidad técnica y ventaja geográfica. Lo que falta no es evidencia, es su definición.
El nuevo Gobierno debe abordar así un desafío más allá de la retórica ambiental. Se trata de liderazgo, visión a largo plazo y cómo posicionar al país en una economía global que se mueve, con mayor o menor acuerdo político, hacia estándares más estrictos. Es una pregunta directa, que no deja margen de maniobra: ¿convertirá Chile este cambio en una forma de oportunidad estratégica, o seguirá siendo el socio silencioso de otros que están creando el futuro después de décadas de conversación? ¿Fue una aberración del pasado o del futuro?
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