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Chile y la memoria corta del crimen organizado Opinión Archivo

Chile y la memoria corta del crimen organizado

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El país ha pasado por una producción clandestina significativa, etapas de nodos logísticos internacionales, enclaves territoriales de narcotráfico local, y ahora una fase de crimen transnacional más visible y violento.


En la discusión pública, una idea tan repetida como imprecisa ha encontrado terreno fértil: que el crimen organizado llegó hace solo unos años y que estamos lidiando con un fenómeno desconocido. La afirmación es retóricamente interesante, pero históricamente incorrecta. Chile no descubrió el crimen organizado en 2019. Lo que ocurrió fue otra cosa. El fenómeno cambió de forma, se hizo visible, más violento y disruptivo en los medios. Y esa transformación abrió espacio para un nuevo actor en el discurso público, el experto instantáneo.

Mucho antes del uso generalizado de la palabra “crimen organizado” en los titulares, el país tuvo algunos episodios significativos. Hacia finales de los años ’60 y principios de los ’70, Chile se convirtió en uno de los principales centros mundiales de refinación de cocaína. La pasta base de países vecinos se procesaba en laboratorios clandestinos establecidos en territorio nacional y se exportaba a mercados internacionales, especialmente a Estados Unidos. Fue un período breve pero intenso, que precedió al dominio que Colombia y otros países andinos ejercerían más tarde en la producción global.

Aún no era el crimen transnacional sofisticado que observamos hoy, pero había organización, permanencia y coordinación, junto con una estrecha relación con las policías y otros órganos del Estado. En los años ’80 y ’90, con una economía más abierta e instituciones estables, Chile comenzó a desempeñar otro papel. Se convirtió en un atractivo centro logístico y financiero para redes internacionales, como la mafia italiana o el Cártel de Juárez.

No se trataba solo de tránsito, sino también de integración en circuitos globales de lavado de dinero y exportaciones de cocaína a gran escala, como sucedió con la “Operación Océano”. En ese momento, la presencia de organizaciones criminales transnacionales europeas en el país era un dato de la causa. Individuos como Mario Silva Leiva (“El Cabro Carrera”) demostraron que el narcotráfico era un fenómeno local pero potente, operacionalizado, en lugar de una amenaza importada. Era un engranaje útil, no un centro de mando.

En los años 2000 el fenómeno volvió a mutar. A medida que el consumo doméstico creció y el tráfico se consolidó en enclaves urbanos precarizados, lugares como La Legua se convirtieron en símbolos de este período, cuando estructuras localmente determinadas fueron capaces de ejercer control territorial, intimidar a los vecinos y usar armas para enfrentarse con grupos rivales y las policías. La noción de los llamados “barrios tomados” no es una invención reciente. Ya existía algún tipo de control territorial antes del presente ciclo transnacional.

Lo que cambia después de 2019 no es la existencia del crimen organizado, sino su configuración. Con estructuras transnacionales como el Tren de Aragua o Los Pulpos emergió una dimensión diferente, marcada por la articulación regional, la diversificación de los delitos, la violencia instrumental y la construcción de una identidad criminal visible. La violencia dejó de ser solo un mecanismo de control local y comienzó a servir una función comunicacional. Se estableció la lógica del mensaje. Y cuando la violencia se convierte en un mensaje, el miedo se multiplica.

Es en este punto que el fenómeno deja de ser técnico y se convierte en emocional. Los ciudadanos perciben una ruptura, los medios amplifican esta sensación y la política la incorpora como un eje central. El problema es que la demanda de interpretación supera rápidamente la oferta de análisis serios. Entonces, aparecen diagnósticos terminales y la tentación de hablar de un narco-estado o de un colapso institucional inminente.

Pero el crimen organizado no se define por la brutalidad de un caso o un registro viral. Se caracteriza por la captura institucional metódica, el control sostenido de grandes territorios, la penetración profunda en la economía formal y la corrupción estructural que reemplaza las funciones del estado. Chile enfrenta un desafío serio y creciente, pero aún no ha cruzado ese umbral.

Reconocer que el crimen organizado tiene una historia en Chile no significa minimizar la amenaza actual. Significa entenderla en perspectiva. El país ha pasado por una producción clandestina significativa, etapas de nodos logísticos internacionales, enclaves territoriales de narcotráfico local, y ahora una fase de crimen transnacional más visible y violento.

Ni negación ingenua ni alarmismo permanente. La seguridad no se construye con eslóganes, sino con diagnóstico preciso, inteligencia estratégica y fortalecimiento institucional. Y ese desafío requiere análisis más profesionales.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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