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El derecho a no mentir y la desinformación climática
La lucidez, el rechazo a la propaganda y la defensa de la verdad como condiciones para construir una vida digna son los mejores antídotos contra las falsedades, mentiras y desinformaciones.
En la última década hemos presenciado en nuestro país y en el mundo cómo brotan falsedades y mentiras en las declaraciones de los políticos y partidos de ultraderecha. Sus mentiras se replican en abundancia en los medios de comunicación. Estos procedimientos vergonzosos para una persona con un mínimo de ética han servido de trampolín para que sus líderes engañen y lleguen a ser electos como parlamentarios e, incluso, presidentes.
Esta situación no es nueva en la historia. Aseguró el poder en la Alemania nazi, en la Italia fascista y en el stalinismo soviético. De allí que Albert Camus (Premio Nobel de Literatura 1957) diera una conferencia en Montecarlo en octubre 1951, titulada “El derecho a no mentir”. Esta frase aún perdura como brújula moral y hoy, en la era de la crisis climática, previo al traspaso de mando al nuevo Gobierno, suena con una vigencia que el propio autor seguramente no imaginó.
A los que mal usan y abusan de la palabra “libertad”, tenemos que frenarlos con una frase simple: la libertad más importante que debemos conquistar es el derecho a no mentir. Con eso bastaría para transformarla en un instrumento indispensable para contrarrestar el relato del negacionismo climático, en el cual las grandes corporaciones de combustibles fósiles y sus aliados de derecha y ultraderecha construyen argumentos basados en falsedades y medias verdades.
Es preciso consolidar pronto un método para discernir la verdad en medio de la propaganda, para frenar la desinformación de la industria de los combustibles fósiles y para mantener vivo el derecho a no mentir, nuestra primera trinchera en la lucha por la supervivencia del planeta.
La lección de la historia nos señala que la mentira no es un accidente, sino un sistema. Hoy, ese sistema tiene nombre y apellidos: es la estrategia deliberada de los gobiernos de ultraderecha y de las grandes empresas de combustibles fósiles para sembrar la duda sobre la ciencia climática. Estudios históricos han demostrado que compañías como ExxonMobil conocían perfectamente los efectos del CO2 en el calentamiento global desde la década de 1970 y que, en lugar de actuar, invirtieron millones en campañas de desinformación. Este mecanismo nos demuestra que la renuncia al deber de veracidad no se trata de un error, sino de una traición consciente al bien común.
El negacionismo como coartada
Es importante reflexionar sobre cómo ciertas posiciones políticas se blindan contra la realidad. No reconocen como válido el derecho a no mentir. Tal cuestión encaja a la perfección con el perfil del negacionista climático actual. La concepción del mundo de ciertos partidos de derecha y ultraderecha –basada en la defensa a ultranza de ciertos modelos económicos, el escepticismo hacia el multilateralismo y la alianza con lobbies energéticos, los lleva a alterar, ignorar y despreciar la observación de los hechos científicos, verificables, que nos demuestran la alarmante amenaza climática.
La verdad científica (el aumento de la temperatura global, la acidificación de los océanos, la pérdida de biodiversidad, entre otros procesos) son sistemáticamente reemplazados por mentiras que siembran confusión: por ejemplo, que el cambio climático es un ciclo natural, que los científicos exageran o que las soluciones ecológicas son una conspiración para arruinar la economía.
En la actualidad, todos debemos estar alertas contra esta distorsión interesada de la realidad. El negacionismo no es una opinión más en el mercado de las ideas; es una mentira organizada que, como una pandemia, no distingue fronteras y acaba afectando a los más vulnerables.
Los partidos de derecha y ultraderecha que están dominando la escena política en Europa, EE.UU. y América Latina actúan como altavoces de estas tesis negacionistas. Se han convertido en ejércitos regulares, disciplinados en la repetición de consignas, hostiles a la ciencia y expertos en la simplificación.
Resulta intolerable presenciar la desfachatez con que reivindican un pensamiento obsoleto que camina entre dos abismos, el de la frivolidad y la propaganda. La frivolidad, al tratar el futuro del planeta como otro tema opinable; la propaganda, al convertir a la ciencia en otro artefacto, antojadizo. Ambos caminos son enemigos de la verdad.
La dimensión trágica de la verdad
La verdad no es un lujo intelectual, sino la base sobre la que se construye una vida digna. Aplicado a la crisis climática, esto adquiere una dimensión trágica. Las decisiones que tomamos hoy –como sociedad global– sobre el futuro del planeta determinarán las condiciones de vida (y muerte) de miles de millones de personas. Si esas decisiones se toman sobre la base de mentiras fabricadas por intereses corporativos, estamos construyendo un mundo sin cimientos.
Cuando un partido político niega la emergencia climática o un directivo de una petrolera minimiza el impacto de su industria, no están simplemente “opinando”. Están, en términos estrictos, privando a las futuras generaciones de “razones para vivir”. Porque si la vida se desarrolla en un planeta inhabitable, ¿qué sentido puede tener nuestra existencia?
Llamado a la lucidez
La frase de Camus irrumpe en el presente con la misma fuerza que si lo hubiese escrito ayer, con una claridad que ha resistido limpiamente el paso del tiempo. Esa claridad es la que necesitamos hoy. La claridad para identificar, nombrar y exponer públicamente a los que mienten, para desmontar las falsedades, para señalar que no todo es opinable. El cambio climático no es una ideología; es un hecho físico científico. Y cuando los hechos son claros, la mentira se convierte en crimen.
El precio de la verdad es alto. Pero el precio de la mentira es mucho más alto. No podemos vivir en Chile en una sociedad donde la desunión y la deslealtad campean a sus anchas, donde el reflejo ha sustituido a la reflexión, donde se piensa y se legisla a golpe de eslóganes. Esta descripción es el retrato del ecosistema digital actual, donde una mentira sobre las energías renovables o la electromovilidad viaja más rápido que la verdad científica.
La mentira organizada de la ultraderecha, el negacionismo climático financiado por las petroleras, la complicidad de los medios de comunicación sumisos, no son errores ni excesos. Son un proyecto consciente de destrucción: de la democracia, del planeta y de la viabilidad misma de vivir juntos. En la conquista de la verdad, ardua, peligrosa, nos jugamos la posibilidad de seguir viviendo, en una sola tierra y en un país unido.
Concluyendo, el derecho a no mentir no es un don, sino una conquista que debe realizarse cada día, cada vez que leemos periódicos, escuchamos un noticiero o un discurso político, cada vez que una empresa, o la ONU o el gobierno lanzan un informe climático o de medioambiente. Frente al negacionismo climático y sus aliados políticos, tenemos que exigir el derecho a no mentir como un acto de resistencia. La lucidez, el rechazo a la propaganda y la defensa de la verdad como condiciones para construir una vida digna son los mejores antídotos contra las falsedades, mentiras y desinformaciones.
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