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La infraestructura social que debemos cuidar Opinión

La infraestructura social que debemos cuidar

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Hans Rosenkranz
Por : Hans Rosenkranz Director ejecutivo Comunidad de Organizaciones Solidarias
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Invertir en infraestructura social no es un gesto filantrópico. Es una decisión política orientada a fortalecer la resiliencia colectiva. Países con tejido social robusto amortiguan mejor las crisis y sostienen reformas de largo plazo.


La fragilidad social en Chile se expresa en brechas educativas persistentes, en infancia vulnerada, en barrios con consumo problemático de drogas, en territorios más expuestos a desastres ambientales y en una población que envejece con sistemas de cuidado aún insuficientes. Son manifestaciones diversas de una misma vulnerabilidad estructural.

Durante años hemos entendido que el desarrollo requiere infraestructura: carreteras, puertos, redes energéticas, conectividad digital. Hoy el desafío es reconocer que también existe una infraestructura social sin la cual esas inversiones pierden eficacia y profundidad. 

Está compuesta por organizaciones comunitarias, corporaciones, juntas territoriales, asociaciones y organizaciones religiosas que sostienen redes de apoyo y cuidado donde la vulnerabilidad es más aguda. Son actores que no solo ejecutan programas, también acompañan trayectorias completas, detectan nuevas fragilidades antes de que se vuelvan estadísticas, movilizan recursos y apoyo profesional en contextos de pobreza, y restituyen redes de confianza interpersonal e institucional.

Asimismo, la infraestructura social cumple una función estructural: conecta dimensiones y tiene una visión integral, que muchas veces la política pública suele abordar por separado. Una organización territorial ve trayectorias familiares completas, identifica vulnerabilidades acumuladas y conoce en mayor detalle los rostros de aquellas personas a las que les afectan directamente las políticas sociales. Esa mirada es, precisamente, una ventaja estratégica.

Si el nuevo ciclo político aspira a enfrentar con seriedad la desigualdad persistente, la crisis de confianza y la inseguridad, debe integrar a la sociedad civil organizada como parte estable de la arquitectura del desarrollo. Eso supone marcos regulatorios coherentes, financiamiento predecible y espacios formales de incidencia en el diseño y evaluación de políticas públicas.

Invertir en infraestructura social no es un gesto filantrópico. Es una decisión política orientada a fortalecer la resiliencia colectiva. Países con tejido social robusto amortiguan mejor las crisis y sostienen reformas de largo plazo.

Las organizaciones de la sociedad civil amplían la capacidad de acción del Estado. Son un aliado estratégico para llegar allí donde la acción pública, por escala o diseño, no logra desplegarse con la misma capilaridad territorial y humana.

Reconocer su aporte es valioso -por estos días, de hecho, celebramos un día internacional que lo recuerda-, pero fortalecerlas como componente estructural del desarrollo sigue siendo una tarea pendiente.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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