Opinión
La globalización necesita reglas: el legado vigente del Socialdemócrata Olof Palme
En una época donde la fuerza vuelve a ganar espacio frente al derecho, recuperar esa visión no es solo pertinente: es necesario.
Han pasado más de cuarenta años desde el asesinato de Olof Palme, ocurrido el 28 de febrero de 1986 en una calle céntrica de Estocolmo. Su muerte no solo conmocionó a Suecia; sacudió al mundo en plena Guerra Fría. Palme representaba algo más que a un primer ministro: encarnaba una forma de entender la política internacional basada en principios, autonomía estratégica y compromiso con un orden mundial regulado por normas, no por la fuerza.
En tiempos de bloques rígidos y confrontación nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética, Palme defendió una posición singular: su praxis política encarna plenamente lo que hoy llamaríamos “no alineamiento activo”. Suecia no pertenecía a la OTAN ni al Pacto de Varsovia, pero no era neutral en términos morales. Denunció la guerra de Vietnam, criticó la invasión soviética en Checoslovaquia y apoyó los procesos de descolonización y los movimientos por los derechos humanos. Su apuesta no era la equidistancia pasiva, sino la construcción de un orden internacional basado en el derecho, la cooperación y el multilateralismo.
Ese enfoque, profundamente socialdemócrata, entendía la globalización como un proceso que debía estar acompañado de instituciones fuertes y reglas compartidas. Para Palme, el comercio, el desarrollo y la interdependencia solo podían sostenerse si existía un mínimo orden mundial, capaz de contener los impulsos hegemónicos y ofrecer garantías a países grandes y pequeños.
Hoy, en pleno siglo XXI, la escena internacional muestra síntomas preocupantes: guerras en ciernes, tensiones geopolíticas entre potencias, debilitamiento del multilateralismo, retrocesos democráticos y una creciente fragmentación del sistema internacional. La globalización no ha desaparecido, pero se encuentra tensionada por rivalidades estratégicas, proteccionismos emergentes y desconfianzas estructurales.
En este contexto, la debilidad de Organización de las Naciones Unidas es particularmente visible. El Consejo de Seguridad paralizado por vetos cruzados, la dificultad para prevenir conflictos y la incapacidad para responder con eficacia a crisis humanitarias reflejan la urgencia de una reingeniería institucional. No se trata de abandonar el sistema multilateral, sino de reformarlo para que recupere legitimidad, representatividad y capacidad de acción.
Aquí es donde el legado de Olof Palme adquiere renovada vigencia. Su propuesta de un orden mundial más justo no descansaba únicamente en la diplomacia tradicional, sino en una convicción política profunda: la seguridad es indivisible. Ningún país puede aspirar a estabilidad duradera si el resto del sistema se encuentra en permanente conflicto. Esta idea, central durante la Guerra Fría, resulta aún más pertinente en una era de interdependencias tecnológicas, climáticas y económicas.
La mirada que promovió Palme puede ofrecer pistas para el presente. En un mundo que tiende nuevamente a la lógica de bloques, los países —tanto desarrollados como en desarrollo— podrían apostar por coaliciones flexibles orientadas a la defensa del derecho internacional, el fortalecimiento de los bienes públicos globales y la reforma de las instituciones multilaterales. No se trata de negar las diferencias estratégicas, sino de evitar que estas erosionen las bases mismas del orden global.
La globalización, sin reglas, degenera en competencia desleal, conflictos comerciales y guerras por recursos. Con reglas claras, instituciones legítimas y liderazgo político responsable, puede convertirse en una plataforma para el desarrollo compartido y la cooperación sostenible. Ese fue, en esencia, el proyecto político internacional de Olof Palme.
Recordar su figura más de cuatro décadas después no es un ejercicio nostálgico. Es una invitación a repensar el orden mundial en tiempos de incertidumbre. Si la globalización requiere un mínimo orden, como parece evidente, entonces el ejemplo de liderazgo ético, autonomía estratégica y compromiso multilateral que encarnó Palme puede contribuir a la discusión contemporánea sobre cómo reformar y revitalizar el sistema internacional.
En una época donde la fuerza vuelve a ganar espacio frente al derecho, recuperar esa visión no es solo pertinente: es necesario.
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