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Soberanía tecnológica en América Latina: entre la ilusión de competir y la necesidad de existir Opinión Archivo

Soberanía tecnológica en América Latina: entre la ilusión de competir y la necesidad de existir

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Pablo Matamoros
Por : Pablo Matamoros Investigador Centro Democracia y Opinión Pública, U.Central
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La posición lúcida no es pretender competir con OpenAI, Anthropic o Google —no podemos— ni resignarse a ser meros consumidores de sus productos —no debemos—. Es construir, pieza por pieza, las capacidades mínimas para no ser colonias digitales y negociar con los grandes actores.


El lanzamiento de Latam-GPT —el primer gran modelo de lenguaje abierto diseñado desde América Latina— fue presentado por el presidente Boric como un hito de soberanía tecnológica y en parte lo es, pero conviene mirarlo con la honestidad que exige un continente que lleva décadas prometiéndose soberanía en distintos campos, sin terminar de construirla.

OpenAI, creadora de ChatGPT, invierte miles de millones respaldada por Microsoft. Google despliega Gemini sobre la infraestructura de nube más extensa del planeta. Anthropic, desarrolladora de Claude, capta inversiones multimillonarias de Amazon y Google. Estas empresas —junto con Meta y sus modelos abiertos— concentran una capacidad de cómputo, datos y talento que ningún país latinoamericano puede replicar. Latam-GPT fue entrenado con 18 terabytes por 70 organizaciones de 15 países. Es notable, pero la asimetría es aplastante. Además, no es un chat: es una base de datos regional para desarrollar aplicaciones. No compite con ChatGPT, Claude ni Gemini, ni pretende hacerlo.

¿Entonces para qué?: Porque los modelos globales apenas contienen un 2-3% de información latinoamericana, pese a que la región representa el 8% de la población mundial. Ese sesgo estructural afecta cómo la IA entiende nuestra cultura, nuestras leyes, nuestras instituciones. La estrategia realista no es competir: es construir complementariedad estratégica. Usar modelos globales para lo general y desarrollar capacidades propias para lo que exige contexto local profundo: legislación, lenguas indígenas, gobernanza, datos públicos. Ahí un modelo entrenado con datos de la región no solo es útil: es indispensable.

En regulación, Chile lidera: su Política Nacional de IA alcanza un 78% de implementación. Pero regular no es pretender controlar a los gigantes desde Santiago o Bogotá, eso es ilusorio. Es definir reglas de uso, protección de datos y estándares éticos para cualquier modelo —importado o local— que opere en nuestro territorio. No se trata de bloquear a nadie, sino de que el despliegue de IA no sea una rendición incondicional. América Latina tiene la oportunidad de no repetir el patrón de las redes sociales: llegar tarde, sin marcos propios, y aceptar condiciones que otros definieron.

La posición lúcida no es pretender competir con OpenAI, Anthropic o Google —no podemos— ni resignarse a ser meros consumidores de sus productos —no debemos—. Es construir, pieza por pieza, las capacidades mínimas para no ser colonias digitales y negociar con los grandes actores desde algún lugar que no sea la irrelevancia. Latam-GPT es un primer paso en esa dirección. Pero un paso no es un camino.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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