Opinión
Los riesgos diplomáticos, constitucionales y estratégicos de la alianza militar de Miami
El anuncio de Donald Trump sobre una coalición militar para combatir carteles en América Latina abre interrogantes diplomáticas, constitucionales y estratégicas para países como Chile, al plantear compromisos de defensa definidos fuera de los mecanismos tradicionales del continente.
En la reciente reunión convocada por el presidente de Estados Unidos a un grupo de mandatarios latinoamericanos y del Caribe, Donald Trump anunció la conformación de una alianza militar para combatir a los carteles que asolan al continente. Una medida que presenta severos riesgos diplomáticos, constitucionales y estratégicos para países como Chile.
Llama la atención que una medida de esta naturaleza –no hay nada más serio en relaciones internacionales que una alianza bélica– se haya efectuado en una reunión muy informal: no se realizó en una sede del Estado, ni en la Casa Blanca ni en el Departamento de Estado, fue al margen de la OEA y se desconoce por qué se invitó a algunos países y a otros no.
Por el contrario, la reunión fue en un hotel privado, de propiedad de Trump, en Miami, y no en Washington D.C., y el criterio selector pareciera haber sido el de “los amigos del convocante”.
Pese a lo anterior, el evento fue objeto de un comunicado oficial de la Casa Blanca, fechado el 7 de marzo, que se inicia con la solemne afirmación: “Estados Unidos, bajo mi liderazgo, ha demostrado un compromiso sostenido con el desmantelamiento de los cárteles y el terrorismo extranjero que operan en el hemisferio occidental”.
Desmantelar a las mafias presentes en nuestro continente es, obviamente, del interés de todas nuestras naciones, propósito al cual todos debemos cooperar, cada uno en el ámbito de sus propias responsabilidades.
El presidente Trump mencionó a los carteles mexicanos como una de las amenazas principales. Es cierto que los carteles mexicanos han alcanzado una fuerza inusitada, como también es cierto que el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum ha desplegado enérgicas maniobras para neutralizarlos, como lo demuestra el abatimiento del tristemente célebre “Mencho”, caudillo del Cartel de Jalisco Nueva Generación. Ese cartel y otros son poderosos, entre otros factores, por su gran poder de fuego.
¿Sabe usted que se calcula que más de 145 mil armas de fuego que llegan ilegalmente a México provienen de Estados Unidos? Investigaciones recientes así lo demuestran (Pérez Ricart, 2025). Un gran aporte de la administración estadounidense a la lucha contra los carteles sería controlar ese tráfico criminal.
El anuncio presidencial estadounidense ya citado incursiona en medidas concretas:
“Para impulsar nuestros esfuerzos, el Secretario de Guerra estableció la Coalición Anticarteles de las Américas, un compromiso de líderes militares y representantes de 17 países”.
El mencionado anuncio es elocuente: el presidente de Estados Unidos define los objetivos de la defensa en el continente e instruye a su ministro del ramo para que lo opere con 17 países (América y el Caribe están conformados por 34 naciones).
Diplomáticamente, en la mayoría de nuestros países –es el caso de Chile– cualquier alianza militar que firmemos es competencia del Congreso.
Para analizar estos temas continentales existe desde hace décadas –y funciona– la Conferencia de Ministros de Defensa de las Américas, organismo al que se han saltado olímpicamente en esta ocasión. Más aún, esta conferencia surgió de una iniciativa propuesta por los propios Estados Unidos: la Cumbre de las Américas, que agrupa a los mandatarios de todo el continente.
Pero la proclama de Miami es enfática en asignarles tareas a los países concurrentes, nada menos que en materias en las cuales –en muchos casos, y ciertamente en el nuestro– las misiones de las Fuerzas Armadas son definidas por nuestra Constitución.
La nuestra es muy enfática y separa las tareas de la defensa –responsabilidad de las Fuerzas Armadas– de la seguridad interior, que es responsabilidad policial.
En términos estratégicos, el tema es más complejo. Tiene más historia.
Terminada la Guerra Fría, surgió en círculos castrenses estadounidenses una concepción que apuntaba a que en América Latina ya no sería necesario mantener Fuerzas Armadas, dado que lo que imperaría sería la paz y la cooperación. En esa perspectiva, la amenaza principal sería la seguridad –eran los tiempos de Pablo Escobar– y a combatirla se debían dedicar las fuerzas del Estado.
No vamos a entrar a comentar esta hipótesis por la dimensión de esta columna, pero sí podemos señalar que reclutó adeptos de todos los colores, desde la derecha hasta algunos socialistas utópicos.
¿Estaremos en presencia de una reedición de esta hipótesis? ¿El mundo camina hacia la paz y la cooperación?
Son muchas las interrogantes que abre esta iniciativa, que pone de relieve que Chile necesita construir una apreciación político-estratégica que examine con realismo el escenario global y regional que se está configurando y, junto con ello, defina el objetivo nacional a cautelar.
Fue un tema ausente en el debate electoral recién pasado, pero nunca es tarde cuando están en juego Chile y su destino.
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