ANÁLISIS
Nuevo des(orden) geopolítico: EE.UU. e Israel versus Irán (China y Rusia)
Con casi diez días de combates, la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán comienza a redefinir el orden geopolítico global. Mientras crece el riesgo de una escalada regional, el conflicto pone en tensión principios como la soberanía, el multilateralismo y la estabilidad energética mundial.
Con cerca de 10 días de hostilidades, la nueva guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán no está desconectada de lo que ya sabemos sobre Gaza, Yemen, Líbano, Siria, Ucrania y Venezuela (en el horizonte, Taiwán). Las primeras 48 horas de la operación “Furia Épica” cumplieron con las misiones específicas, siguiendo el patrón venezolano de decapitar al régimen –aunque a otra escala–, alcanzando altos cargos políticos, militares y autoridades religiosas iraníes, bajo las premisas de provocar desestabilización para el cambio interno y evitando tropas en tierra.
En la guerra contra Irán se ensayan nuevas reglas que van a regir el orden internacional geopolítico que se abre ante nuestros ojos. Ya nadie defiende con ferviente entusiasmo el multilateralismo, el rechazo al uso de la fuerza, el respeto por la soberanía de los países y la Carta de las Naciones Unidas. Esta guerra se sigue con particular atención por todas las cancillerías y ministerios de Defensa del mundo, aunque en nuestra región y país no hay demasiados especialistas en Medio Oriente ni, menos aún, en Irán. Tampoco en geopolítica.
Así, la celeridad del inicio de las hostilidades sorprendió, considerando que Estados Unidos e Irán estaban en negociaciones, aunque se veía venir y ya existía el precedente de junio último, cuando también, en medio de otra ronda de diálogo, se ejecutó la operación “Martillo de Medianoche”.
Se señaló que la capacidad nuclear había sido neutralizada por décadas, pero no fue así. Como dijo el ministro Fidan de Turquía: si hoy no tienes una alta dosis de servicios de inteligencia, con modernas tecnologías y capacidades operativas, es mejor no embarcarse en ninguna guerra. Estados Unidos e Israel conocen dicho principio.
Y aunque la ejecución de altos mandos y dignatarios fue conforme a la planificación, no mermó en Irán la descentralización en las decisiones de iniciar lo que consideran su legítima defensa. Las autoridades iraníes intentan promover la agresión como catalizador de la unidad popular bajo el signo de un islamo-nacionalismo. Pero el divorcio entre la élite gobernante y la población se mantiene y se profundizó tras la represión de las protestas de enero pasado.
En la otra trinchera, el incombustible premier israelí (1996-1999, 2009-2021, 2022 al presente), asiduo visitante de la Casa Blanca en esta administración, siempre intentó zanjar su conflicto con Irán en coalición con Estados Unidos. Su intención encontró eco en esta ocasión con un presidente Trump exultante por el éxito de la operación sobre Venezuela y el entendimiento logrado con el Gobierno de la sucesora de Maduro, Delcy Rodríguez. Pero Irán está mostrando que no es Venezuela.
En lo estratégico, político y militar, es interesante tener muy presente que la idea de Washington de una guerra abreviada era el Plan A, que no resultó. Así lo observa el especialista Trita Parsi. Llama la atención porque había advertencias de que una guerra con Irán sería extensa, costosa, cruda y regional. Se sabía que un conflicto bélico arrojaría altos costos humanos en la coalición occidental y tendría gran impacto económico en los países del Golfo Pérsico y en todo el mundo por la subida en el precio del petróleo. También por las consecuencias geopolíticas, donde hay que mencionar a Rusia y China y sus apoyos a Irán.
No se puede olvidar que el régimen iraní ya se enfrentó indirectamente a Occidente en la guerra de Irán contra Irak entre 1980 y 1989, cuando parte de Occidente, los países árabes del Golfo Pérsico y la Unión Soviética pertrecharon a Sadam Hussein. Teherán opuso al mensaje panárabe de Bagdad el panislamismo jomeinista y resistió los ocho años de guerra.
Hoy la estrategia de Irán ha sido convertir la agresión inicial en una guerra regional. Esta posición tiene dos lecturas. Su política es hacer que los países árabes del Golfo Pérsico también experimenten la guerra y sus efectos económicos y presionen a Estados Unidos para un cese al fuego o posible acuerdo. Los países árabes han depositado su defensa en Estados Unidos, a diferencia de Irán, que tiene industria propia, aunque ahora apoyada por China y Rusia.
La lectura militar es más difícil de aceptar en Occidente, ya que reconocer que, pese al castigo de fuego diario recibido por todas partes, las fuerzas iraníes siguen resistiendo y no hay rendición. Los especialistas lo dijeron antes: Irán, desde la época de los diez mil inmortales de la dinastía aqueménida, no conoce la palabra rendirse. A ello se suma el mensaje del chiismo revolucionario en torno al martirio, que es seguir viviendo después de la muerte física.
Así, las preguntas son: ¿qué país, aparte de Rusia y China, habría sobrevivido a más de una semana de fuego simultáneo de Estados Unidos e Israel? ¿Qué país decapitado en sus máximas autoridades políticas y militares habría sido capaz de seguir la batalla?
Desde luego, las narrativas siempre están en juego. El 7 de marzo, el presidente Pezeshkian dijo que Irán cesaba de atacar a las monarquías del Golfo Pérsico, siempre que no se lanzaran ataques contra Irán desde su territorio. Pidió disculpas. Esto se interpretó como una señal de desescalamiento por parte del poder político de Irán.
Sin embargo, los círculos militares iraníes pensaron distinto y siguieron lanzando drones y misiles contra los países del Golfo Pérsico. Los expertos dicen que Irán es un país con dos sistemas: uno civil y dialogante y otro militar dispuesto a todo. No siempre esos dos círculos de poder están plenamente coordinados.
En lo militar, las noticias indican que la guerra también se ha concentrado en el arsenal balístico y de drones de Irán y que las acciones habrían evitado, hasta ahora, la temida táctica de saturación que colapsaría los sistemas de defensa antiaéreos de Israel y de los grupos de ataque de portaaviones posicionados –aunque hay una noticia sin confirmar de que uno de los portaaviones habría sido impactado–.
El hundimiento del buque de guerra Dana, con un torpedo cerca de Sri Lanka, es una muestra de la extensión del conflicto, tanto a nivel geográfico como operacional.
La pregunta definitiva es: ¿cuál es la salida a este conflicto? Se sabe de muchos ofrecimientos de mediación, entre ellos los de Omán e Indonesia. También que Emiratos, Kuwait y Qatar están en problemas que nunca previeron.
Sin embargo, se observa que los contrincantes principales están atrapados en sus propias narrativas. Uno dice que no tiene nada que negociar con Estados Unidos y que ya dos veces ha sido atacado mientras estaban negociando. Reitera que nunca se va a rendir. En contraste, el otro pide la rendición incondicional de Irán y dice que la decisión de este de atacar a las economías del Golfo Pérsico fue resultado de las acciones de castigo sobre Irán y también una muestra de su debilidad actual.
Hay personas que repiten que a Irán le queda poco tiempo, que está a punto de caer. Esta idea no parece reflejar fielmente la evidencia actual ni la cultura del régimen y, por lo mismo, dicha aseveración está sujeta a la prueba del tiempo.
Lo que, en cambio, se puede afirmar es que esta guerra es, sobre todo, contra el tiempo para todos los participantes. Cada uno dice que se acaba el tiempo para el otro, como si estuvieran jugando ajedrez.
Es relevante señalar que, en la medida en que no haya un cese al fuego o un acuerdo, la apuesta militar subirá en los próximos días. La nube negra sobre Teherán del lunes es reflejo de la escala, ahora sobre los inmensos tanques y reservas de combustible.
Tanto Estados Unidos como Irán corren contra el tiempo ante el desgaste de sus reservas militares y políticas. Ambos necesitan urgentemente vender una victoria. Ya se habla, por ejemplo, de B-52, un arma poderosa de bombardeo masivo.
Sin mencionar que, de un portaaviones, se pasó a tres en menos de un mes. Un cuarto, como el USS George Bush, sería un mal presagio para el mundo.
El interés para Chile es que exista un cese al fuego. De otro modo, estaremos todos pagando una guerra que se ve lejos, pero que se sentirá muy cerca en el próximo IPC.
Dos alcances al terminar.
Primero: no se puede ignorar el ataque a una escuela de niñas en la ciudad de Minab, en el sur de Irán, con más de 100 víctimas civiles, descrito como daño colateral. ¿Cuál hubiera sido la reacción en Occidente si tal ataque hubiera ocurrido en Israel, Jordania u otro país del Golfo Pérsico?
Finalmente, no se puede dejar de mencionar que es más que oportuno que Irán impulse reformas y aperturas políticas internas. Esto marcaría una divergencia con las monarquías.
Ni un solo iraní debería morir por manifestarse en las calles. Tampoco se puede acusar a todos los manifestantes de terroristas, ya que no resiste análisis alguno.
No se puede reprimir al pueblo excusándose en amenazas de enemigos extranjeros, una narrativa conocida y fallida en América Latina.
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