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Tierras raras y la lucha por la narrativa
El desafío del nuevo ciclo político es más que abrir la inversión o acelerar las concesiones. La verdadera tarea seguirá siendo cómo construir legitimidad pública en torno a esos proyectos.
El segundo día del nuevo gobierno de José Antonio Kast, este entregó una señal política que quizás merece más atención de la prensa. Chile firmó un acuerdo de cooperación con Estados Unidos sobre minerales críticos y tierras raras, recursos estratégicos para la transición energética, la industria tecnológica y las cadenas de suministro globales.
No fue, por supuesto, un incidente menor o un acto diplomático casual. Los movimientos iniciales en política internacional a menudo transmiten mensajes. Y aquí aparece: Chile desea ser visto como un jugador pertinente en la nueva economía de minerales estratégicos en un contexto donde Estados Unidos se esfuerza por depender menos de China para producir y procesar tierras raras. En su esencia, es una señal geopolítica.
El gesto también está relacionado con una decisión anterior que el presidente Kast tomó poco después de asumir la presidencia: una aceleración de proyectos para poner en marcha inversiones que han languidecido durante años en sistemas regulatorios, litigios y disputas regionales.
Se estima que proyectos por valor de alrededor de 20 mil millones de dólares podrían definirse en el primer año de gobierno, como en minería, puertos, energía y esquemas de desalinización. Pero en Chile, las inversiones estratégicas no se ejecutan tan fácilmente a nivel técnico o regulatorio. También se dramatizan en la pantalla de la narrativa pública.
Un ejemplo de esta tensión es el proyecto de tierras raras en Penco, en la Región del Biobío. En el verano, la región fue devastada por un mega incendio que dejó al menos 20 personas muertas, más de 7.000 afectadas y cientos de hogares en ruinas, además de la evacuación de decenas de miles de personas.
En ese ambiente de sufrimiento y reconstrucción, comenzaron a tomar fuerza interpretaciones que vinculaban el proyecto minero con el origen de las llamas, pero estas afirmaciones no han sido corroboradas por investigaciones judiciales ni científicamente probadas. Las preguntas se han orientado más hacia cuestiones como situaciones climáticas extremas, la propagación de incendios forestales en áreas boscosas y posibles responsabilidades derivadas de la gestión del suelo.
Sin embargo, lo que el episodio muestra es algo más profundo: la disputa sobre la narrativa en torno a varios proyectos de inversión en sí misma. En esas situaciones, los proyectos se convierten rápidamente no solo en problemas de naturaleza técnica. En contextos de alta sensibilidad territorial, dejan de existir. Son símbolos de algo mayor: desarrollo, amenazas ambientales, intereses económicos o cinismo sobre las instituciones.
Así que el desafío del nuevo ciclo político es más que abrir la inversión o acelerar las concesiones. La verdadera tarea seguirá siendo cómo construir legitimidad pública en torno a esos proyectos, porque en la economía mundial más amplia de minerales críticos, la inversión no se definirá solo en mercados o acuerdos internacionales. También se definirá por si un país puede mantener una narrativa creíble sobre el tipo de desarrollo que desea promover en sus territorios. Y en Chile, eso sigue siendo una lucha.
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