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La retórica religiosa de la guerra premoderna Opinión Imagen: The White House

La retórica religiosa de la guerra premoderna

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Robert Funk
Por : Robert Funk Doctor en ciencia política. Académico de la Facultad de Gobierno de la Universidad de Chile.
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Con las crisis de identidad que ha traído la postmodernidad, hemos vuelto a nociones premodernas. Como consecuencia, parece que también regresan las guerras premodernas, en las que los conflictos son considerados luchas civilizacionales más que disputas estratégicas.


En Múnich, a comienzos de 2004, Jürgen Habermas participó en un famoso debate con un sacerdote alemán, un cardenal que el año siguiente sería nombrado Papa. Ambos, un futuro Papa conservador y un filósofo de izquierda, habían dedicado años a pensar sobre los desafíos que presentaban aspectos de la modernidad –en particular la tecnología y el capitalismo– para la vida actual. Habermas sostuvo en el debate con Ratzinger que había que “tratar con cuidado todas las fuentes culturales de las que se basa la conciencia normativa y la solidaridad de los ciudadanos,” entre ellas, la religión.

De alguna manera, el filósofo, que falleció hace unos pocos días, reconoció un importante fracaso de la Ilustración, pues la racionalidad que esta prometió no logró reemplazar a la religión. Para Habermas, la política y las políticas, debían ser productos de procesos de deliberación racional, pero pensaba que esta siempre estaría informada por nociones de moralidad heredadas desde la religión.

De esta manera, Habermas les asignaba a los residuos religiosos un rol positivo en la modernidad, a pesar de las predicciones antirreligiosas de pensadores de la post-Ilustración como Comte, Marx o Nietzsche. Pero una cosa es que la política moderna adopte lo mejor del pasado. Otra cosa es volver a él.

Hoy el mundo se encuentra enmarañado en algo que parece cada vez más como una guerra mundial. Hasta el momento son unos 15 o 20 países que participan, activamente o como blancos de misiles iraníes, pero el actual conflicto se destaca por algo distinto a las otras guerras mundiales: un marco religioso. Se supone que las guerras modernas se pelean por intereses estratégicos: territorio, seguridad, recursos o poder.

Sin embargo, el lenguaje que rodea a la presente confrontación con Irán suena cada vez más como algo de una época mucho más antigua. Al apuntar hacia la identidad religiosa, se corre el riesgo de transformar una confrontación geopolítica en algo mucho más combustible.

En el caso iraní esto no es novedad. Desde sus comienzos en 1979, la República Islámica ha enmarcado su lucha con Occidente en términos explícitamente religiosos, presentándose como el guardián de un orden islámico revolucionario que resiste la dominación externa. Sus líderes invocan frecuentemente temas de martirio, justicia divina y resistencia contra los “poderes arrogantes”. Sin lucha contra el Occidente, no hay revolución islámica.

Lo que resulta aún más llamativo hoy es el uso creciente de la retórica religiosa en el discurso político estadounidense. Algunas figuras influyentes en Washington adhieren a corrientes ideológicas que interpretan la política internacional desde una perspectiva civilizacional arraigada en el cristianismo y el nacionalismo.

Aunque los documentos oficiales de estrategia estadounidense siguen enmarcando el conflicto en términos estratégicos –disuasión, no proliferación y estabilidad regional – la retórica ha ido adoptando un vocabulario moral y espiritual que engloba la lucha en términos culturales más amplios.

El más notorio de estas figuras es el secretario de Guerra, Pete Hegseth, que ha dicho que “no solo somos guerreros armados con el arsenal de la libertad, sino que en última instancia estamos armados con el arsenal de la fe”. Esa fe es visible en varios de sus tatuajes, incluyendo el que muestra una Cruz de Jerusalén, el símbolo bajo el cual se lanzaron las Cruzadas. Su libro, publicado en 2020, se titula Cruzada Americana.

La historia sugiere que este giro puede tener consecuencias poderosas. Cuando las guerras empiezan a describirse como disputas entre civilizaciones en lugar de disputas entre Estados, el compromiso se vuelve más difícil. ¿Cómo se negocia la paz si la lucha es existencial?

La última vez que los conflictos entre Oriente y Occidente se enmarcaron en términos religiosos fue durante la época moderna temprana. En los siglos XVI y XVII, las potencias europeas interpretaron sus luchas con el Imperio otomano como una defensa de la cristiandad. La Batalla de Lepanto en 1571 y los sitios turcos de Viena en 1529 y 1683 fueron considerados puntos de inflexión en esta lucha civilizatoria (guerras intracristianas en Europa continuaron hasta la Guerra de los Treinta Años).

Obviamente también había consideraciones estratégicas: control de rutas comerciales, expansión territorial y rivalidad imperial, tal como la confrontación actual con Irán se centra fundamentalmente en cuestiones estratégicas: proliferación nuclear, equilibrios regionales de poder y libertad de navegación en el Golfo Pérsico. Pero convertirlo en un choque percibido entre el cristianismo y el islam corre el riesgo de magnificar sus intereses políticos y emocionales mucho más allá de esos temas.

El Tratado de Westfalia coincidió con el auge de la Ilustración, por lo que no es casualidad que los conflictos religiosos disminuyeran en la medida en que la modernidad reemplazara el impulso de la fe por nuevos conceptos de apego emocional, como la clase o la nación.

Con las crisis de identidad que ha traído la postmodernidad, hemos vuelto a nociones premodernas. Como consecuencia, parece que también regresan las guerras premodernas, en las que los conflictos son considerados luchas civilizacionales más que disputas estratégicas.

La lección de la historia no es que la religión inevitablemente cause la guerra. Ni Stalin ni Hitler eran hombres particularmente creyentes, pero una vez que los conflictos se enmarcan en términos religiosos o civilizacionales, se vuelven mucho más difíciles de contener.

Los legados religiosos, dijo Habermas, “tienen un poder especial para articular intuiciones morales, especialmente en relación con las formas vulnerables de la vida comunitaria”. Pero algunos de esos legados, especialmente en sus formas más escatológicas y apocalípticas, tienen otro “poder especial”.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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