Opinión
Rivalidad, estrategia e improvisación
La rivalidad entre Estados Unidos y China dejó de ser una abstracción del sistema internacional. Hace rato comenzó a incidir sobre decisiones concretas de política exterior, infraestructura, inversión y posicionamiento estratégico.
En Chile, sin embargo, seguimos discutiendo este problema como si se tratara de una sucesión de episodios aislados. El cable submarino, la discusión sobre inversiones sensibles o la participación de José Antonio Kast en “Shield of the Americas” se leen como polémicas coyunturales, cuando en realidad forman parte de una misma transformación del entorno estratégico en el que Chile tendrá que moverse durante los próximos años.
Lo más preocupante no es que existan presiones externas. Eso es completamente normal. Las grandes potencias presionan, condicionan, ofrecen incentivos y buscan ordenar su entorno. Lo verdaderamente preocupante es que, frente a una realidad que ya se instaló, Chile sigue sin construir una política para administrarla. El debate público se mueve entre la reacción inmediata, la lectura ideológica y la disputa partidaria, pero no entra en el terreno donde debiera estar: el de la estrategia, la planificación y la construcción de instrumentos nacionales para reducir vulnerabilidades y defender intereses propios.
Ese vacío ya es demasiado evidente como para seguir ignorándolo. El ex canciller Alberto van Klaveren reconoció que Chile no disponía de un mecanismo para evaluar inversiones con criterio de seguridad. Esa admisión debió haber gatillado una discusión seria sobre infraestructura crítica, exposición estratégica, revisión de inversiones y resiliencia institucional. No ocurrió. En vez de eso, el país volvió a hacer lo que ha hecho demasiadas veces: convertir un problema estratégico en una pelea política de corto plazo.
Ahí está el error central. Unos parecen creer que cualquier preocupación por riesgos estratégicos equivale automáticamente a ceder ante las prioridades de Washington. Otros actúan como si la única forma de tomarse en serio esta rivalidad consistiera en endurecerse contra China y acercarse más a Estados Unidos. Ninguna de esas dos posiciones sirve. Ambas sustituyen pensamiento estratégico por reflejo ideológico. Ambas evitan la pregunta de fondo: qué política necesita Chile para gestionar una rivalidad entre potencias sin quedar atrapado ni en el alineamiento automático ni en la ingenuidad.
Ese es precisamente el debate que hoy no existe. No se ve, al menos en el plano público, una conversación mínimamente robusta sobre cómo construir una política chilena de gestión de la rivalidad entre Estados Unidos y China. Se mencionan instrumentos sueltos, como un eventual screening de inversiones, pero sin insertarlos dentro de una visión más amplia sobre interés nacional, sectores estratégicos, diversificación, capacidades estatales y coordinación política de largo plazo. Se habla del síntoma, pero no del marco general. Se reacciona a la presión, pero no se diseña una respuesta duradera.
Y eso resulta particularmente llamativo porque Chile sí fue capaz, en otro momento, de pensar estratégicamente su inserción internacional. Durante los años noventa se construyó una orientación relativamente coherente en torno a la apertura económica, la inserción comercial y la vinculación externa del país. Esa estrategia pudo haber tenido limitaciones y hoy puede requerir revisión, pero tuvo una virtud fundamental: fue pensada como política de Estado, discutida políticamente y sostenida en el tiempo. Sus efectos se vieron después. Lo que hoy falta es un esfuerzo equivalente, adaptado a un escenario completamente distinto, donde la apertura ya no puede separarse de la seguridad, la infraestructura ni la competencia geopolítica.
Chile necesita, por lo mismo, algo más serio que declaraciones de ocasión. Necesita una discusión nacional sobre cómo administrar la rivalidad entre potencias desde criterios propios. Eso supone, como mínimo, definir con mayor claridad qué sectores e infraestructuras son estratégicos, establecer un mecanismo de revisión de inversiones que responda al interés chileno y no a presiones ajenas, fortalecer capacidades estatales para anticipar riesgos y abrir una conversación política transversal que permita dar continuidad a esta materia más allá de los cambios de gobierno. Sin ese piso, seguiremos atrapados en la improvisación, respondiendo a cada episodio como si fuera excepcional, cuando en realidad todos forman parte de una misma condición estructural.
En esa materia, países pequeños y expuestos que conviven desde hace años con fuertes presiones externas ofrecen una lección simple: no escoger bando no significa quedarse inmóvil. Singapur, por ejemplo, ha insistido en que no quiere ser proxy de ninguna superpotencia y que su política exterior debe responder a sus propios intereses nacionales. La lección no está en copiar un modelo ajeno, sino en entender que la autonomía no se ejerce con consignas, sino con estrategia, instituciones y claridad de propósito.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Inscríbete en nuestro Newsletter El Mostrador Opinión, No te pierdas las columnas de opinión más destacadas de la semana en tu correo. Todos los domingos a las 10am.