Opinión
Archivo (AgenciaUno)
La democracia también se cuida
Un cambio de mando, como el que hemos vivido, recuerda que el poder puede cambiar de manos sin que el sistema se rompa, pero también nos muestra que ese momento simbólico descansa en algo más frágil que una ceremonia, que es la voluntad de seguir conviviendo bajo las mismas reglas.
El inicio de un nuevo gobierno siempre es un momento de transición política, pero también de reflexión cívica. Cada cambio de mando recuerda que la democracia no es solo un sistema de reglas, sino una práctica colectiva que depende de la conducta de quienes participan en ella.
Ese recordatorio llega, además, en un contexto internacional inquietante. En distintas partes del mundo no solo se cuestiona el funcionamiento de las democracias; también comienzan a aparecer cambios graduales en las reglas del juego institucional. A veces se trata de reformas que debilitan contrapesos o alteran equilibrios que parecían estables.
Las transformaciones institucionales rara vez ocurren de la noche a la mañana. Suelen configurarse sobre un terreno que primero alienta la división entre “nosotros” y “ellos”, entre “los buenos” y “los malos”. La polarización aparece cuando el desacuerdo deja de ser una diferencia legítima y pasa a percibirse como un peligro.
Distintas investigaciones muestran que la polarización suele nacer del miedo antes que del odio. Las personas reaccionan con fuerza cuando sienten que algo valioso está en riesgo. El temor a perder seguridad, derechos sociales, libertad económica, identidad cultural o estabilidad institucional puede llevar a percibir al adversario político como una amenaza existencial.
Comprender esa dimensión del miedo no elimina los conflictos políticos, pero permite mirarlo de otra manera. Recuerda que la democracia no consiste en eliminar las diferencias, sino en administrarlas dentro de un marco común.
Vale la pena recordar la conocida reflexión de Winston Churchill: la democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las demás. En efecto, la democracia es un sistema imperfecto, lleno de tensiones y conflictos, pero sigue siendo el mejor que hemos construido para convivir con nuestras diferencias.
Ese sistema descansa sobre principios que a veces damos por obvios, como los derechos individuales, el Estado de derecho, la separación de poderes y la representación política. Gracias a ellos, sociedades diversas han logrado progresar y desarrollarse sin destruirse políticamente.
El cuidado de ese sistema se juega en gestos públicos que muestran respeto por las reglas, por las instituciones y por quienes piensan distinto. Pero también en gestos privados, como conversaciones que bajan tensiones, acuerdos que evitan conflictos innecesarios, decisiones que priorizan el bien común por sobre la ventaja inmediata.
La democracia no se cuida solo con leyes ni con discursos. Se protege, sobre todo, en la forma en que tratamos al adversario político y en la disposición a seguir compartiendo el mismo espacio institucional incluso cuando el desacuerdo es profundo.
Un cambio de mando, como el que hemos vivido, recuerda que el poder puede cambiar de manos sin que el sistema se rompa, pero también nos muestra que ese momento simbólico descansa en algo más frágil que una ceremonia, que es la voluntad de seguir conviviendo bajo las mismas reglas.
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