Opinión
Imagen de Parque Lezama
El banco del parque y la soledad de la vejez
La soledad es probablemente la enfermedad social más silenciosa de nuestro tiempo. No se mide con facilidad. No aparece en los balances macroeconómicos ni en los debates parlamentarios. Pero pesa. Y pesa mucho.
Hay películas que entretienen. Otras conmueven. Y hay algunas —muy pocas— que nos obligan a mirar algo que preferimos no ver. Parque Lezama, disponible en Netflix, pertenece a esta última categoría. Me la recomendó un amigo valdiviano diciéndome que no podía dejar de verla, aunque duela. Es de aquellas películas memorables por su profundidad y humanidad. Los invito a verla.
La película cuenta una historia aparentemente mínima: dos hombres mayores que conversan en un banco de un parque en Buenos Aires. No hay grandes efectos, ni persecuciones, ni giros dramáticos espectaculares. Solo dos hombres hablando. Y sin embargo, en ese banco ocurre algo extraordinario: aparece la vida.
Uno de ellos es un viejo militante combativo, incapaz de renunciar a sus ideas. El otro es un hombre común, cansado de las batallas y de las decepciones. Entre ambos se despliega una conversación que es al mismo tiempo política, moral y profundamente humana.
Pero el verdadero tema de la película no es la política.
Es la soledad de la vejez.
La sociedad contemporánea ha aprendido a esconder la vejez. La disimula con eufemismos, la aparta en residencias, la reduce a estadísticas previsionales o sanitarias. Hablamos de productividad, innovación y futuro, pero evitamos mirar el momento en que la vida se vuelve más frágil y más silenciosa.
Y sin embargo, basta observar con atención para comprender que esa realidad está en todas partes.
La veo en la señora octogenaria que paga la comida de la semana en el supermercado con una tarjeta de crédito de una tienda de retail. La veo en el hombre que camina lentamente por la vereda cargando una bolsa pequeña, como si cada paso fuera una conquista. La veo en quienes, después de una vida entera de trabajo y responsabilidades, descubren que el mundo sigue adelante sin ellos.
La soledad es probablemente la enfermedad social más silenciosa de nuestro tiempo. No se mide con facilidad. No aparece en los balances macroeconómicos ni en los debates parlamentarios. Pero pesa. Y pesa mucho.
Parque Lezama tiene el mérito extraordinario de mirar esa realidad sin sentimentalismo y sin condescendencia. Sus protagonistas no son víctimas. Tampoco son héroes. Son simplemente hombres que llegan a la última etapa de la vida con sus convicciones, sus errores y sus recuerdos.
Y descubren algo que parece simple, pero que en realidad es profundamente humano: que incluso cuando el tiempo se acorta, la conversación, la amistad y la dignidad siguen siendo posibles.
El banco del parque se transforma así en una metáfora poderosa. Es uno de los últimos espacios donde las personas pueden encontrarse sin prisa, hablar sin intermediarios y recordar que la vida no es solo competencia, eficiencia o éxito.
Es también un recordatorio de algo que nuestra cultura parece olvidar con demasiada facilidad: las personas mayores no son un problema que administrar. Son una generación que guarda la memoria moral de una sociedad.
En una época obsesionada con la juventud permanente, con la velocidad y con la utilidad inmediata, Parque Lezama nos recuerda algo elemental y a la vez profundamente incómodo: todos, si tenemos la fortuna de vivir lo suficiente, llegaremos a ese banco.
Tal vez por eso la película incomoda.
Porque no habla solo de ellos.
Habla de nosotros.
Y de la pregunta que tarde o temprano todos tendremos que responder: si en ese momento de la vida estaremos rodeados de silencio… o todavía acompañados por una conversación.
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