Opinión
Rocío Cuminao/AgenciaUno
La Araucanía: cuando la señal ya no alcanza
El dilema es claro: se puede seguir reforzando la señal, más despliegue, más anuncios, más control, o asumir que el conflicto es más profundo. Que no se resuelve solo con presencia, sino con legitimidad.
La primera visita del presidente Kast a La Araucanía no fue solo un gesto político. Fue, más bien, una señal. De esas que buscan instalar una idea antes que describir una realidad: orden, control, presencia.
El problema es que en este territorio las señales duran poco. Lo que pesa, lo que realmente marca, son los hechos.
Y ahí es donde aparece la tensión. Porque mientras desde el gobierno se habla de focalizar el estado de excepción y reforzar la presencia en zonas críticas, lo que muestran los últimos meses es algo más simple: la violencia no ha desaparecido. Solo cambió de forma.
Sigue ocurriendo. Con menos visibilidad quizás, pero con la misma capacidad de adaptación. Ataques incendiarios, sabotajes, cortes de ruta. Episodios que se repiten, sobre todo en Malleco, en comunas como Ercilla, Collipulli o Victoria. Es cierto: no estamos en los niveles más duros de 2021 o 2022. Pero tampoco estamos frente a un problema resuelto.
Lo que hay hoy es otra cosa: una gestión de la intensidad del conflicto. No su solución.
Y ahí está el riesgo. Porque cuando se instala un relato de control que no logra sostenerse en la experiencia cotidiana del territorio, lo que se empieza a erosionar no es solo la política pública. Es la credibilidad.
Pero hay un punto aún más delicado, que esta administración no va a poder esquivar: Temucuicui.
Más que una comunidad, Temucuicui se ha transformado en un símbolo. En el lugar donde el Estado ha intentado entrar una y otra vez, sin lograr una presencia estable, incluyendo la muerte del inspector de la PDI, Luis Morales Balcázar. Donde cada intento ha tensionado aún más el escenario. Donde los operativos no solo fallan: escalan.
Si el gobierno quiere marcar una diferencia real respecto de los anteriores, la prueba no está en las visitas ni en los anuncios. Está ahí. En si es capaz o no de ejercer presencia efectiva sin abrir un nuevo ciclo de conflicto.
Si eso no ocurre y los hechos de violencia siguen apareciendo, aunque sean más fragmentados o menos mediáticos, el problema deja de ser operativo, pasa a ser político. Y en política, la credibilidad no se recupera fácil.
Ahí es donde la comunicación cambia de rol. Deja de ser una herramienta y empieza a ser un riesgo. Porque mientras más alta fue la promesa, más alto es el costo de no cumplirla.
Y La Araucanía es, probablemente, el lugar donde ese costo se paga más rápido.
El dilema es claro: se puede seguir reforzando la señal, más despliegue, más anuncios, más control, o asumir que el conflicto es más profundo. Que no se resuelve solo con presencia, sino con legitimidad.
Lo primero se comunica bien. Lo segundo es mucho más difícil. Pero a esta altura, en La Araucanía, lo que ya no alcanza es la señal.
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