Publicidad
La violencia escolar y la legitimación sistémica del bullying Opinión

La violencia escolar y la legitimación sistémica del bullying

Publicidad
Enrique Droguett Ramírez
Por : Enrique Droguett Ramírez Docente, M.A. Human Development, Learning and Culture, University of British Columbia
Ver Más

Algo estamos haciendo mal. La cultura de la humillación, la cultura del “choro”, la cultura del abuso son el desarrollo lógico de un sistema que legitima y educa en esta forma de vivir.


A raíz de lo sucedido el viernes 27 en Calama, con un alumno que asesinó a una inspectora en un colegio y dejó a varias personas heridas, vale la pena preguntarse qué está pasando por la mente de nuestros jóvenes y qué responsabilidad recae en el sistema por lo ocurrido.

Franco Berardi, en su libro Heroes: Asesinato masivo y suicidio (2015), explora el fenómeno de los tiroteos en escuelas estadounidenses y expone la responsabilidad del sistema capitalista en la producción de esta violencia. El bullying, lejos de ser una anomalía, es un fenómeno institucionalizado, extendido a múltiples dimensiones de la vida: lo vemos en nuestras interacciones diarias, en el trabajo, en el deporte, en la política. La humillación como forma de validación y dominación es coherente con una lógica donde “el más fuerte sobrevive”, una máxima que organiza el sistema en su totalidad, celebrando a los “ganadores”, a los tiburones, y naturalizando la subordinación de una mayoría minorizada.

Cabría entonces preguntarse por la manoseada “naturaleza humana”, a la que históricamente se recurre para legitimar este orden. Bajo el capitalismo dominante, escuchamos hasta el cansancio que el ser humano es competitivo por naturaleza, que la competencia es inevitable y deseable. Pero de “naturaleza” hay poco aquí: hay, más bien, condicionamiento, como producto histórico más que evolutivo. El régimen actual requiere individuos dispuestos a competir, incluso a humillar y aplastar a otros para escalar. Y, sin embargo, si algo muestra la larga historia de la humanidad, es otra cosa: no sobrevivimos por ser los más fuertes, sino por la cooperación, el cuidado mutuo y la capacidad de organizarnos colectivamente.

Entonces, ¿qué esperamos? ¿De verdad creemos que podemos educar y formar ciudadanos bajo estas reglas sin consecuencias? Muchos de los autores de masacres escolares, particularmente en Estados Unidos, han sido víctimas sistemáticas de bullying, tanto por parte de sus pares como, en ocasiones, de adultos dentro de la institución. Sujetos que cargan con la humillación constante de ser perdedores, invisibles, descartables, en una etapa de la vida marcada por la búsqueda de reconocimiento y validación. Frente a esta situación, ¿quién no querría ser el ganador por un día? ¿El que vence a todo el mundo y se ríe de su dolor en sus caras, dejando de ser presa para ocupar el lugar del cazador?

Hay algo profundamente perturbador en esa lógica de “redención”: quien ha sido deshumanizado encuentra en la violencia extrema una forma de reescribir su posición, aunque sea por un instante. Como en un videojuego en el que se vence a todos y luego la partida termina, la escena se cierra muchas veces con la propia muerte. Vivir como “loser” y morir como “winner”: una idea brutal, pero coherente con el lenguaje que el propio sistema enseña.

A esto se suma un cambio de época que nuestros jóvenes están viviendo: sobreexposición a redes sociales, aceleración tecnológica, guerras, crisis económicas, precariedad estructural. Noticias diariamente anuncian el apocalipsis profesional, que carreras enteras desaparecerán, que el futuro es incierto, que ningún esfuerzo garantiza estabilidad. El futuro dejó de ser promesa y se convirtió en amenaza. En ese escenario, la pregunta no es solo qué les pasa a los jóvenes, sino qué mundo les estamos ofreciendo.

Y entonces surge otra inquietud: ¿dónde están los expertos? ¿Hay realmente un saber capaz de hacerse cargo de esto sin reducirlo a diagnósticos individuales? Porque lo que vemos, por su extensión y recurrencia, no parece un conjunto de casos aislados, sino un patrón. Insistir únicamente en la patologización individual seguirá oscureciendo el problema de fondo.

Cabe, por tanto, volver a lo sistemático, insisto, incluso si eso implica, por un momento, dejar en suspenso la individualidad y la responsabilidad personal de un joven de 18 años que alguna vez fue niño y seguramente, como muchos de nosotros, también tuvo sueños. Algo estamos haciendo mal. La cultura de la humillación, la cultura del “choro”, la cultura del abuso son el desarrollo lógico de un sistema que legitima y educa en esta forma de vivir. La pedagogía del bullying.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
Publicidad