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Energía: cuando el precio oculta el derecho Opinión

Energía: cuando el precio oculta el derecho

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Julián Cortés Oggero
Por : Julián Cortés Oggero Abogado, Investigador en la Red de Pobreza Energética (RedPE), profesor del Departamento de Geofísica de la Universidad de Chile.
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La política energética, entonces, enfrenta una decisión que rara vez se formula explícitamente: si continuará administrando precios o si asumirá su rol en la garantía de derechos porque, al final, la energía siempre se paga. La diferencia es quién la paga, en qué condiciones y con qué consecuencias.


El debate reciente sobre la energía en Chile ha girado en torno a una misma variable: el precio. Medidas como el alza de los combustibles, la postergación del aumento en las cuentas de la luz y el retiro de decretos desde la Contraloría se presentan como decisiones técnicas, necesarias, incluso inevitables. Ahora bien, vistas en conjunto, revelan algo más profundo: una forma específica de entender —y limitar— el problema energético.

No hay observación inocente. Cuando la política energética se organiza en torno al precio, lo que se vuelve visible es la estabilidad del sistema; lo que se vuelve invisible es la vida cotidiana de quienes dependen de él.

El alza de los combustibles no es solo un ajuste económico. Se traduce en transporte más caro, alimentos más costosos y hogares más tensionados. La postergación del alza de la luz no resuelve el problema: lo desplaza, acumulando una deuda que más temprano que tarde recaerá sobre los mismos usuarios. Y el retiro de decretos regulatorios, aunque se enmarque en procesos institucionales legítimos, muestra una dificultad persistente: el sistema logra ordenar sus variables, pero no necesariamente proteger a quienes viven dentro de él.

El problema no es técnico. Es de enfoque.

Cuando la energía se reduce a una mercancía, la política pública se limita a administrar su precio. Pero cuando se la entiende como condición material para el ejercicio de derechos, la pregunta cambia: ¿quién puede acceder a energía suficiente y de calidad sin comprometer su subsistencia?

Es en este punto donde el debate deja de ser exclusivamente económico y se vuelve, inevitablemente, jurídico.

El derecho internacional ha sido claro en los últimos años: los Estados no solo deben evitar vulneraciones, sino garantizar condiciones básicas para una vida digna, especialmente en contextos de riesgo. La energía, en este marco, no es un bien cualquiera. Es soporte de derechos fundamentales como la salud, la vivienda y, en casos extremos, la vida misma.

Chile ya conoce ese límite.

Los apagones recientes no solo evidenciaron fallas en la infraestructura o en la gestión del sistema eléctrico. Mostraron algo más grave: la fragilidad de miles de personas cuya vida depende directamente del suministro continuo de energía. Las personas electrodependientes —para quienes un corte no es una incomodidad, sino una amenaza vital— enfrentan en este contexto una exposición particularmente crítica.

En ese contexto, el problema energético no puede seguir siendo observado únicamente desde la estabilidad del sistema o el equilibrio fiscal. Porque cuando el sistema funciona, pero las personas quedan expuestas, lo que falla no es la técnica: es la garantía de derechos.

La pobreza energética expresa con claridad esta tensión. No se trata solo de falta de acceso, sino de la carga desproporcionada que ciertos hogares deben asumir para sostener condiciones mínimas de habitabilidad. Cuando pagar la energía implica dejar de cubrir otras necesidades básicas, el problema ya no es de mercado. Es de dignidad.

La política energética, entonces, enfrenta una decisión que rara vez se formula explícitamente: si continuará administrando precios o si asumirá su rol en la garantía de derechos porque, al final, la energía siempre se paga. La diferencia es quién la paga, en qué condiciones y con qué consecuencias.

Y cuando esa diferencia se traduce en vidas más expuestas, el precio deja de ser una cifra: se convierte en una frontera. Una que separa, silenciosamente, a quienes pueden sostener su vida cotidiana de quienes quedan al borde de perderla.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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