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La marea utilitaria inunda la academia Opinión

La marea utilitaria inunda la academia

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Luis Oro Tapia
Por : Luis Oro Tapia Politólogo. Sus dos últimos libro son: “El concepto de realismo político” (Ril Editores, Santiago, 2013) y “Páginas profanas” (Ril Editores, Santiago, 2021).
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La convergencia de ambas lógicas utilitarias ha desplazado a la otra dimensión de la vida universitaria: la de ser una instancia de autoformación y de cultivo de sí mismo.


Actualmente, la universidad masificada es similar a una industria. Ella también está obsesionada con la productividad y la eficiencia. En ambas todo se mide atendiendo a su utilidad. Para lograr sus metas de productividad la universidad convirtió al profesor en un operario. Al hacerlo lo transformó, simultáneamente, en el ejecutor de un plan (concretamente, de un syllabus) y en una pieza estándar que —ante cualquier traspié, disfunción o, simplemente, un ucase de la gerencia— puede ser reemplazado por otro operario para que cumpla con idéntica función en la cadena de producción.

Para la universidad masificada —gestionada por tecnócratas— no existen profesores emblemáticos, sólo existen funcionarios. En un escenario así, un profesor con estilo, con carácter propio, es un obstáculo para el buen funcionamiento de la institución, porque ella prefiere a un empleado eficiente y obsecuente, y no a un académico con personalidad singular.

A los alumnos, por su parte, rara vez les gustan los profesores con tintes propios. Tales académicos, para ellos también son disfuncionales, incluso molestos. Ellos prefieren al docente que se asume como funcionario estándar. Tanto es así que muy pocas veces saben cómo se llama el operario. Por cierto, rara vez suelen saber cuál es el nombre de sus profesores.

El profesor anónimo, al igual que el soldado anónimo, es un engranaje más de una maquinaria que tiene decenas de piezas que cumplen idéntica función. A ambos se les exige el máximo en nombre de un ideal voraz: el éxito. También ambos son fácilmente reemplazables. Asimismo, la burocracia universitaria, al igual que los altos mandos militares de la Primera Guerra Mundial, reducen a todos los seres humanos a números, por consiguiente, al anonimato. Análogamente, poco importa la cuantía de las bajas del magisterio, el proceso debe seguir. Por eso, la gerencia siempre tiene a la mano un stock de currículum, de potenciales reemplazantes, para que la industria continue produciendo papers y graduados.

Claramente, en la universidad masificada y utilitarista no vale la singularidad, interesa la función y, obviamente, que la maquina no se detenga. La institución debe seguir con sus planes para alcanzar sus objetivos estratégicos y las metas de producción. Sólo así podrá aumentar sus años de acreditación y mejorar su posición en el ranking.

Cuando el docente deviene en profesor anónimo su desvinculación pasa inadvertida. Nadie dice nada. El silencio sepulcral se impone, ya sea por miedo, conveniencia o indiferencia. Sería una exageración decir que existe ninguneo u olvido, porque ni siquiera sus alumnos sabían su nombre. Casi nadie lamenta su desaparición. Como el recambio es automático, tampoco casi nadie se alegra con la llegada del relevo. Así, los números quedan a salvo y la faena continúa.

En la universidad masificada prima el utilitarismo. Por eso ella, como instancia de sociabilidad, no está pasando —desde el punto de vista exclusivamente humano— por un buen momento. En efecto, la concepción utilitarista del tiempo que predomina en los campus universitarios casi no deja espacio para cultivar la amistad, ni para realizar lecturas ociosas, ni para la búsqueda de explicaciones sobre las cuestiones últimas de la existencia.

El utilitarismo imperante presiona a la institución para que, a través de la ingeniería curricular, se aboque a formar en un tiempo avaramente delimitado a un trabajador competente. Por su parte, los alumnos, al concebirse a sí mismos como usuarios de un servicio, se dan por satisfechos si se cumple con la prestación estipulada. Así, el asunto funciona de manera óptima para ambos.

La convergencia de ambas lógicas utilitarias ha desplazado a la otra dimensión de la vida universitaria: la de ser una instancia de autoformación y de cultivo de sí mismo. Dicha dimensión, sin mediar planificación, coadyuva significativamente al perfeccionamiento humano de las personas.

Claramente, la ecuación que debe existir en los campus universitarios entre el cultivo de las virtudes dianoéticas y las éticas se desbalanceó en desmedro de estas últimas. Un paso más en el proceso de deshumanización de una civilización que se concibe a sí misma como la quintaesencia de la humanidad.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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