El guion de la masculinidad
¡Buenas tardes, estimados y estimadas tripulantes de este Universo Paralelo!
En 2013, en un artículo publicado en el American Journal of Sociology, un grupo de investigadores llevó a cabo un experimento curioso. A un conjunto de personas se les aplicó un test de personalidad y, de manera completamente aleatoria, sin importar si eran mujeres u hombres, se les informaba que sus resultados revelaban rasgos masculinos o femeninos.
Los resultados fueron asimétricos. Las mujeres que recibían el veredicto de poseer rasgos masculinos no mostraban reacciones claras. En los hombres, en cambio, el efecto era marcado: aquellos que eran informados de tener rasgos femeninos expresaban mayor adhesión a la guerra, actitudes homofóbicas y, entre otras cosas, un mayor interés en comprar un SUV.
Según este trabajo, los hombres, heridos en su identidad de género, tienden a reafirmarse exagerando aquellas actitudes que perciben como masculinas.
Todo esto nos lleva a una pregunta, que en el mundo de hoy resulta incómoda: ¿qué es exactamente la masculinidad?
Es una pregunta que parece obvia en una primera mirada, pero que dentro de la cultura científica revela un amplio rango de desencuentros. El género, después de todo, ha sido uno de los campos de batalla más intensos de las llamadas science wars, donde distintas disciplinas no solo discrepan en sus respuestas, sino también en las preguntas mismas que se consideran legítimas.
En una esquina, la masculinidad parece algo relativamente tangible. Se la asocia, por ejemplo, a la presencia de una molécula: la testosterona, producida principalmente en los testículos –y en menor medida en los ovarios y las glándulas suprarrenales–, cuya concentración se ha vinculado con conductas de competencia, estatus y riesgo.
Desde esta perspectiva, hablar de masculinidad no es muy distinto de hablar de cualquier otro rasgo biológico: algo medible, dinámico, pero anclado en el cuerpo.
En la otra esquina, más ligada a las ciencias sociales, la masculinidad es vista como un constructo social. No una esencia, sino un discurso. Desde ahí, conceptos como “ser hombre” no describen una realidad biológica, sino un conjunto de normas, símbolos y expectativas que operan –no siempre de manera inocente– como dispositivos de poder y dominación.
- Las dos columnas que acompañan esta edición, cada una a su manera, reflejan ambas formas de mirar el mismo fenómeno. No quiero con esto sugerir que nuestros columnistas adhieran a los extremos que aquí describo, pero de algún modo hablan lenguajes que rara vez dialogan entre sí.
Si bien estas science wars han ido perdiendo intensidad dentro de la academia, su efecto en la política y en la vida social sigue siendo muy actual. Y, en ese tránsito, las posiciones se simplifican, se endurecen y, no pocas veces, terminan por rozar la caricatura.
Siempre me he inclinado por una forma de pensar físico-química y biológica. Pero la ciencia es una creación libre del intelecto humano, impulsada por un instinto –el instinto científico–. Es también relato, es también discurso. No es, sin embargo, un discurso arbitrario: debe enfrentarse una y otra vez al escrutinio más exigente que existe: el de la naturaleza.
Cuando nuestras preguntas escapan a ese escrutinio, abandonan el ámbito de la ciencia. Y eso está bien. Lo importante es no confundirse, y en estas arenas muchos suelen hacerlo. Hay pocas cosas más peligrosas que confundir ciencia con política.
Para profundizar en la temática de esta semana, contamos con las miradas de Natalia Mackenzie, biotecnóloga y doctora en Ciencias Biológicas; Claudio Petit-Laurent Charpentier, doctor en Bellas Artes; Camilo Sánchez, geólogo y académico de la Escuela de Geología de la Universidad Mayor; Ignacio Retamal, doctor en Ciencias; y la periodista Francisca Munita.
Gracias por acompañarnos en esta edición de Universo Paralelo. A veces basta mirar con un poco más de atención para darse cuenta de que lo que parece evidente –en el cuerpo, las conductas o las relaciones– esconde dinámicas mucho más complejas de lo que imaginamos.
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TESTOSTERONA Y PATERNIDAD

Crédito: Foto de Tatiana Syrikova.
Sin ánimo de ofender a nadie, ¿cuántas veces hemos participado de conversaciones –o al menos escuchado– en que se discute la “contribución” del padre en la crianza de los hijos? Si ayuda o no ayuda a la madre o, incluso, si corresponde realmente llamarlo “ayuda”, cuando en rigor se trata más bien de una responsabilidad compartida.
Muchas de estas discusiones suelen moverse en el terreno de lo subjetivo, de las percepciones y experiencias personales. Sin embargo, también contamos con cierta evidencia objetiva que puede aportar nuevos elementos a esta conversación y abrir espacio para algunas conclusiones interesantes.
- En una investigación publicada en la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), se estudió la relación entre la testosterona y la paternidad, y la forma en que esta hormona varía en los hombres cuando se convierten en padres.
- Para ello, los investigadores analizaron datos de 624 hombres jóvenes filipinos seguidos durante un período de 4,5 años. Sus niveles de testosterona fueron medidos al inicio del estudio y nuevamente años después, registrando además quiénes se habían convertido en padres durante ese tiempo.
Los resultados mostraron que los hombres con niveles más altos de testosterona al comienzo del estudio tenían mayor probabilidad de formar pareja y tener hijos en los años siguientes.
Sin embargo, también se observó que quienes se convirtieron en padres experimentaron una disminución significativa en sus niveles de testosterona: aproximadamente un 26% en las mediciones de la mañana y cerca de un 34% en las de la tarde. Esta caída fue considerablemente mayor que la observada en los hombres que permanecieron solteros y sin hijos.
- Además, el estudio encontró que la participación activa en el cuidado infantil también se asociaba con niveles más bajos de testosterona. En particular, los padres que dedicaban tres o más horas diarias al cuidado de sus hijos presentaban niveles incluso menores de esta hormona que aquellos menos involucrados.
Según los autores, estos resultados sugieren que la testosterona podría cumplir roles distintos en diferentes etapas reproductivas. Antes de la paternidad, niveles más altos de la hormona favorecerían conductas asociadas a la competencia y la búsqueda de pareja. Después de la paternidad, en cambio, niveles más bajos podrían facilitar comportamientos de cuidado y una mayor vinculación con los hijos.
- Este patrón probablemente refleje una adaptación biológica que favorece el cuidado parental, algo que también se observa en otras especies en las que los machos participan activamente en la crianza de las crías.
Por supuesto, aunque este efecto existe, de seguro la realidad es mucho más compleja que una simple ecuación hormonal. La cultura, la historia personal, los modelos de crianza recibidos, las condiciones laborales, la relación de pareja y, dentro de otros, la decisión consciente de involucrarse en la vida de los hijos son también factores que influyen en el comportamiento paterno.
Aun así, resulta fascinante pensar que la biología misma podría estar acompañando esta transición. Que el mismo organismo que alguna vez favoreció conductas orientadas a competir, conquistar o buscar pareja sea capaz, más tarde, de reajustarse para facilitar algo muy distinto: permanecer, cuidar y sostener.
EL NUDO EN LA GARGANTA: LA CORBATA COMO SÍMBOLO DE LA MASCULINIDAD HEGEMÓNICA

Crédito: Imagen generada por IA.
En la construcción visual de nuestras ciudades y jerarquías, pocos objetos son tan elocuentes como la corbata. Lo que a simple vista parece un mero accesorio de elegancia, es en realidad un dispositivo simbólico que condensa siglos de expectativas sobre lo que significa “ser hombre”.
- Desde las ciencias sociales, el área de investigación en masculinidad hegemónica plantea que el género no es algo biológico, sino una construcción social y una representación performativa. Esta área no estudia el machismo, lo cuestiona. En este sentido, la corbata funciona como el guion textil de una identidad obligatoria, operando como símbolo de una estructura rígida que exige una coherencia entre el sexo, el género y el deseo. La filósofa Judith Butler llama a esto una matriz heteronormada.
Simbólicamente, la corbata se proyecta como un signo de autoridad. Al acentuar la verticalidad, remite a una simbología fálica (como sugieren algunas interpretaciones clásicas como Lacan, 1958) que busca imponer respeto en la esfera pública. La ciudad misma aparece como el escenario de esta puesta en escena, siendo la manifestación material de las estructuras de significado que delimitan los procesos de identidad. Bajo esa fachada de distinción y estatus, subyace una lectura mucho más sombría: la de la soga al cuello.
- Imponer el uso de la corbata es, en muchos sentidos, imponer una carga. Como plantea el antropólogo David Gilmore, la masculinidad suele vivirse como un “estado precario o artificial” que los hombres deben conquistar y defender constantemente ante el escrutinio de otros hombres. Es la soga que amarra al individuo a un rol de proveedor y protector inquebrantable, sin espacio de vulnerabilidad.
Pero quizás la dimensión más potente reside en lo que la corbata oculta: el nudo en la garganta. Al ceñirse sobre el cuello, este accesorio se convierte en la metáfora de la represión emocional.
- Como señalan múltiples autores, las representaciones sociales de género se internalizan desde la infancia: “los hombres no lloran”, “hay que ser fuerte”, “no mostrar debilidad”. En este contexto, la corbata no solo adorna, concentra y proyecta esos significados en la esfera pública.
Por ello, el cuestionamiento actual sobre su uso no es un asunto de moda, sino una disputa política por el cuerpo que se ha debatido por décadas en el área de los estudios de género, desde disciplinas como las artes, antropología, psicología y sociología, entre otras. Debatir sobre esto es también una forma de preguntarse por esas normas y cuánto espacio dejan para múltiples formas de vivir las masculinidades.
NOTICIAS: LA SEMANA EN CIENCIA

La vida en los océanos se recuperó mucho más rápido de lo que se pensaba tras la extinción de los dinosaurios. Crédito: Foto de Tom Fisk.
Esta semana, la ciencia volvió a moverse en varias direcciones al mismo tiempo. Desde avances en medicina que conectan el intestino con la memoria, hasta nuevas pistas sobre cómo la vida logró recuperarse tras una de las mayores extinciones del planeta. Estos hallazgos muestran cómo distintas disciplinas están aportando nuevas piezas para entender fenómenos complejos que van desde el cuerpo humano hasta el entorno natural.
- El intestino también piensa (y puede borrar recuerdos)
Un estudio en ratones mostró que cambios en el microbioma intestinal con la edad pueden afectar directamente la memoria. Una bacteria específica altera la comunicación entre intestino y cerebro y provoca deterioro cognitivo. Al intervenir ese sistema, los investigadores lograron revertir parcialmente la pérdida de memoria, sugiriendo que el intestino podría ser una nueva vía para tratar el envejecimiento cerebral.
Dato curioso: el intestino tiene más de 100 millones de neuronas, por eso se le llama el “segundo cerebro”.
Publicado el 11 de marzo de 2026. Conoce MÁS.
- La vida volvió más rápido de lo que nadie imaginaba
Tras el impacto del asteroide que extinguió a los dinosaurios, la vida en los océanos se recuperó sorprendentemente rápido. Usando helio-3, un isótopo de origen espacial, los científicos lograron medir con precisión el tiempo de sedimentación y descubrieron que nuevas especies de plancton aparecieron en solo miles de años, no decenas de miles como se creía. La evolución, al parecer, no se quedó esperando.
Dato curioso: el helio-3 llega a la Tierra desde el polvo cósmico que cae constantemente desde el espacio.
Publicado el 15 de marzo de 2026. Conoce MÁS.
- Cerebros congelados y luego reactivados
Científicos lograron recuperar actividad neuronal en tejido cerebral de ratones tras ser congelado a temperaturas extremas con nitrógeno líquido. Después de descongelarlo cuidadosamente, las neuronas volvieron a comunicarse y mostrar funciones básicas asociadas al aprendizaje. No se trata de revivir cerebros, pero sí de un avance clave en criobiología, el estudio de cómo preservar sistemas vivos en frío sin perder completamente su función.
Dato curioso: el nitrógeno líquido alcanza temperaturas cercanas a los −196 °C.
Publicado el 11 de marzo de 2026. Conoce MÁS.
- Un error de laboratorio que podría acelerar nuevos medicamentos
Un experimento fallido llevó al descubrimiento de una reacción química que permite modificar fármacos de forma más simple y limpia. Activada por luz LED, esta técnica forma enlaces entre átomos de carbono sin necesidad de metales pesados ni condiciones agresivas, lo que podría agilizar el desarrollo de nuevos tratamientos en distintas áreas médicas. A veces, en ciencia, equivocarse es exactamente lo que permite avanzar.
Dato curioso: muchas reacciones químicas usadas en medicamentos requieren metales raros, difíciles de reciclar.
Publicado el 14 de marzo de 2026. Conoce MÁS.
ÓRBITAS PARALELAS
Un nuevo método podría anticipar erupciones volcánicas
Científicos desarrollaron una técnica llamada “Jerk”, que analiza cambios bruscos en señales sísmicas para detectar movimiento de magma antes de una erupción. Al observar variaciones en la aceleración del suelo, el sistema identifica señales que antes pasaban inadvertidas. Esto podría mejorar las alertas tempranas y dar horas clave para evacuar zonas de riesgo.
Más información.
Descubren siete especies ocultas de un mismo insecto
Científicos identificaron siete nuevas especies de pequeños insectos en la selva de Uganda que, a simple vista, parecían todos iguales. Recién al analizarlos en detalle, notaron diferencias clave en su estructura. Este tipo de hallazgo muestra que la biodiversidad es mucho más compleja de lo que vemos y que aún hay especies “escondidas”, incluso entre organismos muy comunes.
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LA IMAGEN DE LA SEMANA

Crédito: Levi Hastings para BuzzFeed News.
MASCULINIDADES
“La ciencia es masculina”. Así se concebía, al menos, a mediados de los años 80, según el trabajo de la investigadora Alison Kelly, de la Universidad de Manchester (1985). Esta idea no respondía a una condición intrínseca del conocimiento científico, sino a una reproducción cultural del género. Para contrarrestarlo, Kelly proponía un cambio en la educación: pasar de un modelo reproductivo, que perpetúa estereotipos, a uno transformativo, capaz de cuestionarlos.
- Cuarenta años después, estos modelos transformativos siguen vigentes. Se expresan en políticas que fomentan la participación femenina en áreas históricamente masculinizadas, como cupos especiales en carreras universitarias o iniciativas que promueven vocaciones científicas en niñas, como el kit “Julieta en el país de las niñas”.
- Sin embargo, en medio de este debate, que sigue siendo tan necesario como incómodo, surge una pregunta más profunda: ¿qué entendemos realmente por masculinidad?
Lejos de ser una categoría fija o binaria, la masculinidad es una construcción social compleja. Para la investigadora Elvira Nadirova, constituye un concepto clave en la teoría sociológica, ya que moldea tanto las estructuras sociales como las identidades individuales (Nadirova & Mukhambetova, 2026). En este sentido, la masculinidad no es única ni universal: varía según contextos culturales, históricos y generacionales, dando lugar a múltiples formas de expresión.
- La historia ofrece ejemplos claros de esta variabilidad. En las antiguas Grecia y Roma, lo masculino se asociaba a la guerra, la fuerza física y la participación política: el ideal era el guerrero o el atleta (Hubbard, 2013), incluso su representación mitológica era Hércules. Durante la Edad Media, en cambio, la masculinidad incorporó valores como la humildad, la lealtad y la piedad, influida por el cristianismo (Goldberg, 2020). En el Renacimiento y la modernidad se sumaron dimensiones como la educación, la cultura y la estabilidad económica (Finucci, 2003). Más tarde, con la Revolución Industrial, emergió la figura del hombre proveedor, definido por su capacidad de trabajo y sustento.
El siglo XX marcó un punto de inflexión. Con el auge del pensamiento feminista, autoras como Simone de Beauvoir plantearon que tanto la feminidad como la masculinidad son construcciones sociales, abriendo el campo de los estudios de género. A partir de entonces, comenzaron a problematizarse las distintas formas de masculinidad: la masculinidad hegemónica, que describe aquellas formas dominantes que reproducen desigualdades (Connell 1980), o la llamada masculinidad tóxica, asociada a conductas agresivas, dominantes o emocionalmente restrictivas (Kimmel & Messner, 1998).
- En las últimas décadas, la globalización y la hiperconectividad han contribuido al surgimiento de masculinidades más diversas, más reflexivas, más inclusivas y menos rígidas (Miller, 2018; Rambob, 2020). Incluso organismos públicos, como la Comisión Nacional de Derechos Humanos de México, han promovido guías para reconocer y respetar esta diversidad.
En este contexto, la Imagen de la Semana en Universo Paralelo propone precisamente eso: la pluralidad de formas en que lo masculino puede expresarse, alejándose del estereotipo único.
Porque, finalmente, la ciencia no es masculina. Nunca lo fue. Lo que ha cambiado es nuestra capacidad de reconocer que el conocimiento no tiene género y que las categorías que históricamente lo limitaron hoy resultan insuficientes para describir una realidad mucho más compleja.
BREVES PARALELAS

Crédito: Imagen generada por IA.
LA SOLEDAD MASCULINA NO ES CASUALIDAD
Los hombres son más vulnerables al aislamiento, en parte porque construyen redes de apoyo emocional más limitadas.
- Estudios en psicología y neurociencia muestran que, desde jóvenes, son socializados para construir vínculos a través de actividades más que de conversaciones emocionales, como ocurre con mayor frecuencia en mujeres.
Eso fortalece la compañía, pero debilita la profundidad. Con el tiempo, esas redes dependen del trabajo, el deporte o la pareja, y cuando eso desaparece, muchos vínculos también. El cerebro lo siente: el aislamiento sostenido activa circuitos de estrés y aumenta el riesgo de depresión.
LOS HOMBRES DICEN SENTIR MENOS DOLOR, PERO NO ES TAN ASÍ
Durante años se ha asumido que los hombres toleran mejor el dolor. Sin embargo, estudios muestran algo distinto: tienden a reportarlo menos, pero en condiciones controladas suelen tener menor tolerancia que las mujeres.
- Parte de la diferencia es biológica: hormonas como el estrógeno y la progesterona ayudan a aumentar la tolerancia al dolor en las mujeres, a diferencia de los hombres. También hay diferencias en cómo los cerebros masculino y femenino lo procesan, activando redes distintas frente al estímulo.
No es solo cuánto duele, es cómo el cuerpo y el cerebro lo regulan.
RECOMENDACIÓN: LO QUE QUEDA CUANDO EL HÉROE SE APAGA

Crédito: MUBI.
Escribo esto a miles de pies de altura, envuelto en ese silencio aparente del avión que tanto me gusta. Aquí arriba, nadie me necesita. Puedo dormir bien; puedo ser solo yo. Y les confieso: me gusta no estar. Me gusta la tregua. Pero en el fondo de ese alivio, aparece el hambre del abrazo, ese que te desarma y te recuerda que, aunque huyas un rato, tu centro de gravedad está en otra parte.
- Esta semana el newsletter va de “masculinidad”, pero para mí terminó chocando de frente con la paternidad. No la de los manuales, sino la del que se hace cargo, la del que cría desde el error. Porque vamos a decir la verdad: no somos héroes. Muchos de nosotros no estamos ni cerca de serlo. Somos villanos a ratos, imperfectos crónicos, el “peor” en nuestros propios juicios internos. Somos hombres de luces y sombras y, a veces, la sombra es la que se proyecta más a lo largo.
Por eso, si hay una película que nos pone el espejo frente a la cara, es Aftersun.
- Es un pedazo de película que te llena el corazón de una belleza nostálgica para después, sin avisar, estrujártelo hasta dejarte sin aire. Nos muestra a un padre que intenta, que quiere, fabricar un verano eterno para su hija, mientras él mismo se desmorona por dentro. Es la crónica de esa fragilidad masculina que preferimos esconder bajo capas de “estoy bien” o “tengo trabajo”.
Aftersun es, literalmente, el ungüento para la quemadura. Es para esos papás que saben que han fallado y sienten el peso de no ser el ideal que les vendieron (o que vendemos). Nos enseña que criar es, muchas veces, bailar en la oscuridad esperando que la luz de nuestros hijos sea suficiente para guiarnos de vuelta a casa.
- Mírenla con la guardia baja. No esperen una redención fácil. Esperen verse ahí, en esos silencios, en esas filmaciones caseras en las que tratamos de registrar la felicidad para convencernos de que existió.
Al final, somos eso: tipos imperfectos tratando de que el abrazo de la llegada borre la culpa de la partida.
Y esto es todo en esta edición de Universo Paralelo. Ya sabes, si tienes comentarios, recomendaciones, fotos, temas que aportar, puedes escribirme a universoparalelo@elmostrador.cl. Gracias por ser parte de este Universo Paralelo.
- Mis agradecimientos al equipo editorial que me apoya en este proyecto: Fabiola Arévalo, Francisco Crespo, Francisca Munita, Ignacio Retamal, Camilo Sánchez y Sofía Vargas, y a todo el equipo de El Mostrador.
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