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Sexy y simple: la evolución de la vestimenta formal

por 18 febrero, 2017

Financial Times
Sexy y simple: la evolución de la vestimenta formal
Nadie se atreve a tener un estilo propio, y la única manera de resaltar es viéndose más elegante o con más dinero que los demás.
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*Por Lucy Kellaway

Cómo viste la gente en las bancas de inversiones, consultorías de gestión y en las mejores firmas de abogados es absurdo. También lo es su manera de hablar.

Esto me impresionó bastante el fin de semana pasado mientras veía Tony Erdman, una comedia alemana donde una joven consultora de gestión es visitada por su padre, que se presenta sin invitación con una peluca marrón peluda, un traje brillante y un conjunto de dientes de una tienda de broma.

A medida que su descuidada y gran figura atravesaba la impecable oficina, pensé que tal vez él no era tan absurdo, casi sin poder hablar con esos dientes, sino que los asesores lo eran, siempre tan relucientes y perfectos luciendo todos iguales.

En los últimos diez años, el cómo viste la gente en los trabajos mejores pagados se ha vuelto más igualitario, similar. Existe un código de vestimenta implícito que todos deben seguir: nada es demasiado caro, nada tiene demasiado estilo y nada es muy sencillo.

Nadie se atreve a tener un estilo propio, y la única manera de resaltar es viéndose más elegante o con más dinero que los demás. Estas normas rigen por igual en hombres y mujeres, pero solo estas últimas tienen un obstáculo más que atravesar, ya que, deben lucir lo más sexy posible sin llegar a verse vulgares. Sheryl Sandberg lo consiguió, pero no podemos decir lo mismo de Kim Kardashian.

La joven asesora de gestión de Toni Erdman vestía de manera adecuada su uniforme. Llevaba tacones altos, y la tela oscura de su traje hacía notar sus curvas, mientras que sus vestidos sin mangas exhibían sus tonificados brazos.

Es exactamente como sucede en la vida real. Hace algunos días di una charla en una de las mejores firmas de abogados de los Estados Unidos a las 11 de la mañana. En la sala había ocho mujeres abogadas, cinco de ellas reflejaban el estilo ajustado de Sandberg, vestidos ceñidos con bloques de colores y tacones altísimos que dificultan el caminar. No estoy segura en qué momento el trabajo llegó a convertirse en esto, un riguroso cóctel, sin el cóctel, pero llega a ser algo preocupante. De manera justa reclamamos cuando las recepcionistas usan tacones porque sus jefes lo piden, pero no lo hacemos cuando una mujer se ve obligada a vestir de tal manera solo porque sus colegas lo hacen.

Estas empresas contratan gente ambiciosa y competitiva, por lo que no es de sorprender que un vestido pueda llegar a ser motivo de competitividad. Los edificios donde trabajan lo empeoran aún más. Los bancos y las consultorías de gestión compiten entre ellas para ser la empresa más reluciente, inteligente y lamentablemente ostentosa, animando a sus empleados a hacer lo mismo. A medida que los arreglos florales, la extensión de la piedra caliza y el arte moderno se vuelve más excesivo, también lo hacen los zapatos, los bolsos y la vestimenta de las personas que trabajan ahí.

La manera en que la gente se viste refleja dos de las más grandes mentiras de la vida empresarial: diversidad y autenticidad. Hace poco asistí a una conferencia de mujeres en Asia patrocinada por una banca de inversión de nivel mundial. En la pantalla aparecía la frase “El poder de la autenticidad” en gran tamaño, y al frente, 700 mujeres de impecable apariencia en tacones mirándola, sin duda, tragándose miles de clichés acerca de la importancia de ser ellas mismas. La única diversidad evidente era que mientras unas usaban Miu Miu, otras llevaban Diane Von Furstenberg y Burberry.

La semana pasada, me presenté a una reunión de una banca de inversiones en botines bajos, un mini vestido de cotelé azul marino que compré en Uniqlo y que costó £29.99. ($23.ooo pesos). Me quedaba casi justo y estaba algo nuevo y limpio. Lo único que quedaba al descubierto eran las manos, el cuello y el rostro. Era práctico, recatado y cómodo.

Mientras miraba a los demás, veía hombres con trajes fabulosos y mujeres con blazers ajustados y discretos aros de oro. Me sentí tan extraña como Toni Erdmann y estaba en una evidente desventaja. Era como un bicho raro, un vagabundo, indudablemente inferior.

No estoy segura de quién se beneficia del extravagante, súper elegante y súper sencillo código de vestir, seguramente es más factible que los clientes confíen más en asesores que se visten como profesionales, pero sólo hasta cierto punto, ya que, nadie disfruta cuando alguien se viste mejor.

A menos que el objetivo sea humillar sutilmente a sus clientes, los abogados bancarios y asesores creen que es más fácil actuar con superioridad frente a ellos de tal manera que sea menos probable que se atrevan a protestar por el cobro de las tarifas que hacen posibles esos extravagantes guardarropas.

*Traducido por: Maureen Carvajal, traducción Inglés-Español, Universidad Arturo Prat (UNAP).

 

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