Salud
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Altas temperaturas y enfermedades crónicas: el riesgo silencioso que aumenta en verano
El calor extremo no solo provoca deshidratación o insolación. En personas con enfermedades crónicas como diabetes, insuficiencia cardíaca o patologías respiratorias, las altas temperaturas pueden desencadenar descompensaciones graves y aumentar hospitalizaciones.
Cada verano, cuando el termómetro supera los 30 °C en gran parte del país, la preocupación pública se concentra en la insolación y la deshidratación. Sin embargo, hay un riesgo menos visible y potencialmente más grave: el impacto del calor en las enfermedades crónicas.
Diabéticos, personas con insuficiencia cardíaca, enfermedad renal crónica y quienes viven con patologías respiratorias ven alterados sus mecanismos de defensa frente al calor, con aumentos sostenidos de consultas y hospitalizaciones por descompensaciones.
“El cuerpo con diabetes, insuficiencia cardíaca o enfermedad renal procesa el calor de forma distinta. La termorregulación falla: se suda menos, el corazón se acelera y los riñones pierden capacidad de conservar líquidos. Ese cóctel puede derivar en deshidratación, sobrecarga cardíaca y desequilibrio metabólico”, explica Juan Videla Alfaro, académico de la Facultad de Enfermería de la Universidad Andrés Bello.
Uno de los puntos críticos del verano es el manejo de medicación crónica. “Diuréticos, antidepresivos, antihipertensivos, insulina u otros hipoglicemiantes pueden potenciar el riesgo de crisis de salud bajo calor extremo. No se trata de suspender por cuenta propia, sino de consultar al equipo tratante: puede ser necesario un reajuste temporal de dosis”, advierte Videla.
En diabetes, el calor acelera la deshidratación y puede elevar la glucosa; pero también puede ocurrir lo contrario si el paciente bebe poco por miedo a retener líquidos, o se administra insulina y no come por falta de apetito en días calurosos: “Allí aparecen las hipoglucemias severas, que se vuelven más frecuentes en jornadas sobre 35 °C”, señala el académico de la UNAB. La recomendación es planificar colaciones, no saltar comidas y revisar el plan de insulina ante olas de calor.
En cardiología, la vasodilatación por calor y la pérdida de agua aumentan la viscosidad sanguínea y reducen el volumen circulante, forzando al corazón. “Si el corazón ya está exigido y encima baja el volumen efectivo de sangre, el trabajo cardíaco se dispara y los riñones pueden resentirse. Muchos adultos mayores llegan ‘de repente’ con disnea, edema o mareos sin asociarlo al calor”, agrega Videla.
El verano también agrava la función respiratoria: el aire caliente arrastra más polvo y alérgenos; y en temporadas de incendios, el material particulado empeora síntomas de asma y EPOC. “Las personas con enfermedades pulmonares lo notan al instante: aumenta la sensación de falta de aire y las exacerbaciones. Es clave contar con plan de acción y filtros/mascarillas cuando la calidad del aire es mala”, sugiere.
La buena noticia es que la mayoría de estas descompensaciones se pueden prevenir con medidas sencillas y seguimiento clínico:
Revisar dosis y fármacos
“El mensaje es simple: el verano no es una pausa para las enfermedades crónicas. Es una temporada que demanda planificación: revisar tratamientos, ordenar la hidratación y reconocer alertas. Si sube la temperatura, sube la atención”, destaca el experto, quien sugiere:
Hidratación programada: agua a intervalos regulares, evitando bebidas azucaradas o con alcohol.
Control matinal de peso: “Un aumento de ~2 kg en 48 horas sugiere retención de líquidos”, precisa Videla.
Ambiente fresco: idealmente bajo 26 °C, con ventilación cruzada, cortinas térmicas y uso prudente de aire acondicionado.
Planificar comidas: no saltar tiempos de alimentación; preferir platos ligeros, con proteínas magras y verduras; y ajustar insulina/medicación según pauta médica.
Evitar la exposición al sol en horas de mayor radiación (12:00–17:00), usar ropa liviana, sombrero y fotoprotector.
Monitorear signos de alarma: confusión, palpitaciones, disnea, edema súbito, hipoglucemia (temblores, sudor frío) o hiperglucemia (sed intensa, cansancio).