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Participación política de las mujeres: más allá del sufragio
El sufragio femenino en Chile suele presentarse como una conquista del pasado, un hito ya superado en la historia de los derechos de las mujeres. Sin embargo, más que una meta alcanzada, el derecho a voto constituye hoy un recordatorio permanente: la ciudadanía plena de las mujeres nunca ha sido un regalo, sino el resultado de una lucha constante por reconocimiento y participación.
El voto femenino no surgió por iniciativa de la clase política, sino de las organizaciones feministas que presionaron para la obtención del sufragio municipal en primera instancia y luego hacia el universal liderado por organizaciones como el Movimiento Pro-Emancipación de las Mujeres de Chile, MEMCH.
Durante décadas en nuestro país y en el mundo, las mujeres fueron consideradas ciudadanas de segunda clase, excluidas de los espacios donde se tomaban decisiones que también afectaban sus vidas. En Chile, desde 1935 se les permitió votar en elecciones municipales, pero debieron pasar
catorce años para que ese derecho se extendiera a las elecciones presidenciales. Esto, revela una desconfianza estructural hacia la voz política de las mujeres y una concepción limitada de su rol en lo público, es decir, en materias como lo económico, social y político.
Conocer esta historia es clave, no solo para valorar lo alcanzado hasta el momento, sino para comprender su fragilidad. Recordar nuestras victorias, es también reafirmar el derecho a ser sujetos pensantes, autónomas y protagonistas de nuestro propio destino. Como advertía Simone de Beauvoir, en su libro El Segundo Sexo (1949) “basta una crisis política, económica o social para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados; por ello, nunca pueden darse por definitivamente asegurados”.
El sufragio femenino no fue, ni es, únicamente un derecho electoral. Fue, y sigue siendo, una forma de visibilizar a las mujeres como sujetos políticos con voz propia y de acceso a la ciudadanía. No obstante, el acto de votar, aunque cargado de simbolismo, no agota el sentido de la participación política. Su verdadero valor radica en reconocer que las mujeres importan en la agenda pública y que sus experiencias, demandas y miradas deben incidir en las decisiones colectivas.
Hoy, pese a representar aproximadamente el 51% del padrón electoral, las mujeres continúan siendo minoría en los espacios donde se concentra el poder. Las cuotas de género, por sí solas, resultan insuficientes si no incorporan una comprensión profunda de la diversidad de las mujeres, considerando género, clase social, etnicidad y territorio.
En este contexto, el sufragio femenino no debe entenderse únicamente como una conquista histórica cerrada, sino como un punto de partida a ir más allá del acto electoral y avanzar hacia una presencia activa y sustantiva en los espacios donde se definen las decisiones públicas. Votar es un derecho fundamental, pero resulta insuficiente si no se traduce en representación, incidencia y transformación social. Para fortalecer la democracia, es necesario e indispensable, reconocer que la participación de las mujeres debe expresarse en el debate, en la toma de decisiones y en la construcción de políticas que respondan efectivamente a sus realidades y demandas.
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