Yo opino
Créditos: El Mostrador.
El futuro empieza cuando una niña se pregunta “¿y si…?”
Cada 11 de febrero, en el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, solemos hablar de brechas, cifras y desafíos pendientes. Y aunque esas conversaciones son necesarias, hay algo aún más profundo que no podemos olvidar: todo comienza mucho antes, cuando una niña se pregunta por primera vez si ese mundo —el de la ciencia, la tecnología, la ingeniería o las matemáticas— también es para ella.
La vocación científica nace de la curiosidad. De observar con atención, de hacer preguntas incómodas, de probar, equivocarse y volver a intentar. Nace cuando una niña se inspira al ver a otras personas crear soluciones que mejoran la vida cotidiana: tecnologías que acortan distancias, herramientas que devuelven tiempo, innovaciones que cuidan la salud, el entorno y la dignidad de las personas. Por eso, la representación importa. Porque no se puede soñar con aquello que no se ve.
Durante años, la ciencia y la tecnología fueron presentadas como espacios lejanos, complejos y, muchas veces, excluyentes. A muchas niñas se les enseñó —de forma explícita o silenciosa— que no eran “tan buenas para los números”, que la tecnología no era su lugar o que elegir ese camino implicaba renunciar a partes esenciales de quienes eran. Esas ideas, pequeñas pero persistentes, también construyen límites.
Inspirar a las nuevas generaciones no se trata solo de sumar más mujeres a las disciplinas STEM, sino de cambiar el relato. De mostrar que la ciencia y la tecnología también son sensibilidad, imaginación y propósito. Que detrás de cada avance hay personas que creen que el conocimiento puede mejorar vidas, abrir oportunidades y hacer del mundo un lugar más humano.
Cuando una niña entiende que la tecnología no es solo código, sino impacto; que no es solo lógica, sino empatía; algo se enciende. Empieza a verse como creadora y no solo como usuaria. Como alguien capaz de imaginar futuros posibles y trabajar para hacerlos realidad.
El desafío es acercar la ciencia a la vida cotidiana y abrir espacios donde todas las miradas tengan lugar. Necesitamos niñas que se atrevan a hacer preguntas distintas, jóvenes que no tengan miedo de imaginar lo que aún no existe y entornos que acompañen ese proceso con confianza. Familias que alienten, escuelas que despierten curiosidad, referentes que inspiren y organizaciones que comprendan que la diversidad no es un gesto, sino una fuente de transformación.
Hoy, más que celebrar una fecha, estamos llamados a sembrar posibilidades. A cuidar la curiosidad, a nombrar referentes, a abrir caminos. Porque cuando una niña se imagina en la ciencia, no solo descubre una vocación: descubre que su mirada importa, que su voz tiene lugar y que el futuro también puede construirse con ella. Y en ese momento, el futuro —el de todos— empieza a cambiar.
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