Yo opino
Créditos: El Mostrador.
No quiero ser mamá. Quiero ser papá
Y antes de que me tilden de egoísta: No soy la excepción. Me estoy convirtiendo en la regla.
Chile acaba de registrar la tasa de fecundidad más baja de su historia: 0,97 hijos por mujer. Menos de uno. En 1960 eran 5,4. En 1990, 2,6. Hoy, ni siquiera alcanzamos para reemplazarnos. Según el INE, en 2028 las muertes van a superar a los nacimientos por primera vez.
Un estudio exploratorio del Ministerio de Hacienda publicado en diciembre de 2025 explica por qué: la caída de la natalidad se debe principalmente a que las mujeres conciben la maternidad como un proyecto condicionado por un entorno económico y social restrictivo, incierto y poco equitativo, agravado por la desigualdad en la distribución de las responsabilidades de cuidado. No es una percepción. Es un diagnóstico institucional.
Y yo lo entiendo perfectamente. Porque lo vivo.
Mi vida sin hijos es plena. Tengo un gran trabajo. Estudio un magíster. Entreno a diario. Me junto con mis amigos. Viajo cuando quiero. Leo en las mañanas. Pienso sin distracción. Duermo de corrido 8 horas diarias.
¿Qué me ofrece la maternidad a cambio? La logística, la comida, la colación, duchar a los niños, hacerlos dormir, llevarlos al doctor, pedir permiso cuando tienen fiebre, pedir permiso para ir a dejarlos al colegio. Dejar mis hobbies. Olvidarme de entrenar. Si hago un magíster, prepararme para sufrir. Ganar menos. Estancarme profesionalmente.
Para algunas puede ser un plan de vida y un sueño. Para otras, dentro de las que me incluyo, suena a un precio que no estoy dispuesta a pagar sola. Y las que sí lo están pagando, lo saben mejor que nadie.
Lo digo también desde lo que veo todos los días en mi trabajo. Conozco íntimamente cómo opera el mercado del trabajo chileno, y lo que les pasa a las mujeres cuando son madres no es anecdotario: es patrón. La brecha salarial se dispara después del primer hijo. Los periodos de protección por maternidad se convierten en señales de riesgo para los empleadores. Las licencias médicas infantiles generan un estigma silencioso que nunca recae sobre el padre. Y el derecho a sala cuna, que la ley asigna en función de la cantidad de trabajadoras, no de trabajadores, consagra en el propio Código del Trabajo la idea de que la crianza es un asunto de mujeres.
Mientras tanto, el papá tradicional, ese que juega y chochea con los niños, que si va al doctor una vez recibe aplausos por “coparentar”, que sigue con sus hobbies como si nada, que se dispara profesionalmente, vive una experiencia completamente distinta de la paternidad. Una que yo sí querría tener.
No quiero ser mamá. Quiero ser papá. Quiero la parte vincular de la crianza, el juego, la conexión, la presencia elegida, sin que eso signifique sacrificarme como persona, porque en mi caso, bajo estas condiciones dudo mucho que la ecuación cierre.
Frente a esto, la respuesta fácil es tildarnos de egoístas. Decir que las mujeres “priorizan sus proyectos personales”, como si construir una vida con sentido fuera un capricho. Es lo que siempre se hace. Y no ha movido la aguja ni un milímetro.
Eso significa reformar el artículo 203 para que la obligación de sala cuna se calcule por el total de trabajadores, no solo trabajadoras, eliminando el desincentivo directo a la contratación femenina.
Y significa dejar de hablar de “conciliación familiar”, esa palabra que ya suena a trampa, a sigue trabajando en tu casa y arréglatelas como puedas, y empezar a legislar coparentalidad real. No del papá que “ayuda”. Del papá que gestiona, coordina, pide permiso en la oficina y se levanta a las tres de la mañana.
Porque mientras la maternidad siga siendo un proyecto de sacrificio total y la paternidad un pasatiempo de fin de semana, las mujeres como yo vamos a seguir eligiendo exactamente lo que estamos eligiendo: no ser mamá.
Y si me convierto en regla, la tasa de natalidad seguirá cayendo.
No es egoísmo. Es matemática.
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