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Corazón en alerta: la advertencia que las mujeres chilenas no pueden ignorar

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Frano Giakoni Ramírez
Por : Frano Giakoni Ramírez Director carrera Entrenador Deportivo UNAB.
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La proyección es contundente. La Asociación Estadounidense del Corazón advirtió que, si no cambian las tendencias actuales, cerca de seis de cada diez mujeres tendrán algún tipo de enfermedad cardiovascular en 2050. La prevalencia pasaría de 10,7% en 2020 a 14,4% en 2050 solo en enfermedades cardiovasculares establecidas, pero si se incluyen factores de riesgo mayores, la cifra global es aún más preocupante. Las enfermedades del corazón ya son la principal causa de muerte femenina en ese país.

Aunque la alerta proviene de Estados Unidos, el mensaje es global. Y Chile no está ajeno. Según el Ministerio de Salud y datos del DEIS, las enfermedades cardiovasculares también son la primera causa de muerte en mujeres chilenas. Además, la Encuesta Nacional de Salud 2016-2017 mostró que más del 74% de las mujeres adultas en Chile presentan sobrepeso u obesidad, y que el sedentarismo supera el 86% en población femenina. Estos no son números aislados: son factores de riesgo directos para enfermedad coronaria, hipertensión, insuficiencia cardíaca y accidente cerebrovascular.

Desde las ciencias del deporte, la ecuación es clara. La inactividad física es uno de los principales determinantes modificables del riesgo cardiovascular. Estudios epidemiológicos internacionales, han demostrado que cumplir con al menos 150 minutos semanales de actividad física moderada reduce significativamente el riesgo de eventos cardiovasculares y mortalidad prematura.

En Chile, investigaciones realizadas con datos de la Encuesta Nacional de Salud han mostrado asociaciones consistentes entre bajo nivel de actividad física y mayor prevalencia de síndrome metabólico en mujeres. El síndrome metabólico, que combina obesidad abdominal, hipertensión, resistencia a la insulina y dislipidemia, es una antesala frecuente de enfermedad cardiovascular.

Hay además un factor de género que históricamente ha sido subestimado. Durante décadas, la enfermedad cardíaca fue percibida como un problema “masculino”. Eso retrasó diagnóstico, prevención y campañas específicas para mujeres. Hoy la evidencia es contundente: el riesgo cardiovascular femenino aumenta especialmente después de la menopausia, cuando disminuye la protección hormonal estrogénica.

La Asociación Estadounidense del Corazón advierte que, de no intensificarse la prevención y la detección temprana, el número absoluto de mujeres afectadas crecerá de manera sustancial debido al envejecimiento poblacional. Chile enfrenta un escenario similar. Somos uno de los países latinoamericanos con mayor envejecimiento demográfico proyectado hacia 2050.

Aquí es donde el ejercicio físico deja de ser una recomendación genérica y pasa a ser una herramienta clínica.
La evidencia científica muestra que el entrenamiento aeróbico regular mejora la función endotelial, reduce la presión arterial, optimiza el perfil lipídico y mejora la sensibilidad a la insulina. El entrenamiento de fuerza, por su parte, ayuda a mantener masa muscular, regular el metabolismo y disminuir grasa visceral, un componente clave en el riesgo cardiovascular femenino.

No se trata de alto rendimiento ni de maratones. Se trata de constancia. Caminar rápido 30 minutos al día, combinarlo con ejercicios de fuerza dos veces por semana y reducir el tiempo sedentario prolongado ya produce beneficios medibles.

En Chile, el desafío es cultural y estructural. Las mujeres suelen asumir mayor carga laboral y doméstica, lo que reduce su tiempo disponible para autocuidado y ejercicio. Además, estudios locales muestran que las brechas en participación deportiva por género comienzan en edad escolar y se mantienen en la adultez.

Si las proyecciones estadounidenses son una advertencia, Chile debería leerlas como espejo anticipado. No estamos frente a una epidemia futura; estamos frente a una tendencia ya instalada.

La prevención cardiovascular en mujeres no puede limitarse a controles médicos tardíos. Debe incorporar actividad física sistemática, educación desde la infancia y políticas públicas que faciliten el acceso a espacios seguros para moverse. El corazón femenino no es más frágil, pero sí ha sido históricamente menos priorizado.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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