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Fiesta, feísmo y dignidad: el estallido según Pablo Ortúzar en “Dignos. Crónica del estallido”
No es un relato neutral sino una interpretación discutible y bien armada. Se vuelve una lectura útil: obliga a pensar el estallido no solo como un catálogo de injusticias, sino como un experimento límite sobre lo que una sociedad está dispuesta a hacer –y a destruir– en nombre de la dignidad.
Hay libros sobre el estallido chileno que parecen sumarios judiciales; otros, informes de ONG; otros, panfletos disfrazados de ensayo. Dignos. Crónica del estallido social, de Pablo Ortúzar, juega en otra liga: cuenta los hechos casi día a día, pero en realidad está intentando otra cosa. Debajo de la crónica se esconde una interpretación teórica bastante ambiciosa sobre qué fue octubre, qué tipo de política se desplegó allí y qué nos dice todo eso sobre la democracia chilena.
El tono se anuncia desde el prólogo de Óscar Landerretche, que decide leer el ciclo 2019–2023 con Joseph Conrad en la mano. Chile, sugiere, hizo su propio viaje río arriba, como Marlow en El corazón de las tinieblas: se lanzó contra las “hipocresías” de la transición –las cocinas, los acuerdos, la moderación pactada– convencido de que más allá de ese decorado encontraría una democracia más pura. Lo que encuentra, en la historia que reconstruye Ortúzar, no es un paraíso de autenticidad popular, sino algo más incómodo: violencia desatada, miedo, y un Estado que no sabe cómo responder. La conclusión conradiana es amarga: las hipocresías de la República son feas, pero preferibles al vacío.
Desde ahí, el libro se despliega como un viaje en tres actos. En la etapa antebellum –la prehistoria inmediata– el autor recorre la lenta descomposición del orden de la transición: la Concertación que deja de defender su propio legado, el segundo gobierno de Bachelet que se abraza al horizonte refundacional de El otro modelo, la Nueva Mayoría que rompe con el pacto PS–DC, el Frente Amplio que crece a la sombra de esa autocrítica y de las revueltas estudiantiles. Podría ser solo una historia de facciones y egos, pero Ortúzar intenta darle espesor conceptual: su punto es que el régimen post–1989 deja de tener un relato que lo sostenga. La élite que lo construyó pasa a describirlo como “neoliberalismo con rostro humano”; si hasta sus autores lo denigran, ¿por qué alguien habría de salir a defenderlo cuando llegue la hora?
Al mismo tiempo, el libro mira lo que se mueve por abajo: clases medias endeudadas, “en tierra de nadie”, que sostienen pensiones miserables y sienten que tocaron techo; zonas de sacrificio como Quintero–Puchuncaví; la crisis del caso Catrillanca, que revienta lo que quedaba de confianza en Carabineros; liceos emblemáticos convertidos en escuelas de socialización violenta. Ortúzar reconoce los factores estructurales –malestar, desigualdad, crisis de legitimidad–, pero se niega a detenerse ahí. Una y otra vez insiste en que personas concretas toman decisiones concretas: partidos que optan por la oposición total, dirigentes que normalizan el funar como herramienta política, autoridades que mienten o encubren. Contra la comodidad de “el modelo lo explica todo”, la crónica defiende la idea de contingencia: las cosas pudieron ir de otra manera.
Pero el corazón conceptual del libro aparece cuando llegamos a octubre. Ortúzar propone que el estallido no fue, ante todo, un movimiento racional orientado a un programa, sino una especie de “fiesta violenta”, una inversión carnavalesca del orden. Ahí despliega su pequeño panteón teórico: Victor Turner para pensar la liminalidad, Simon Schama para leer las revoluciones como epidemias mezcladas de entusiasmo y crueldad, René Girard para la lógica del sacrificio, Octavio Paz para la fiesta que, en lugar de regenerar el orden, se regodea en romperlo.
La Plaza rebautizada como “Dignidad”, las estatuas derribadas, los edificios ennegrecidos, los monumentos cubiertos de grafitis, aparecen así como signos de un carnaval político: por un rato, las jerarquías se invierten y los símbolos de la transición son humillados. La estética del feísmo –lo sucio, lo hediondo, lo roto– se celebra como verdad desnuda del país frente a la normalidad “falsa” del oasis. Este es el punto más creativo del libro a mi entender. Entre la desconfianza adorniana hacia las armonías falsas y la antipoesía de Parra, Ortúzar lee el Octubre chileno como una apuesta por la estética de la verdad fea: mejor el país hediondo, roto y contradictorio que el Chile-póster de la OCDE. Los restos, lo marginal y descompuesto benjaminiano, lo excrementicio bataillano es la verdad obscena de un Chile que pretendía ser un oasis.
Ortúzar sugiere que esa fiesta no desemboca en una nueva forma de orden, como en los rituales de inversión clásicos, sino en algo más corrosivo: un pacto implícito de disolución, donde nadie puede representar a nadie, cualquier liderazgo es sospechoso y la acefalía se vive como virtud democrática. El resultado es potente y deprimente a la vez: hay miles de voces hablando desde su singularidad, pero no hay un “pueblo” articulado capaz de proyectarse más allá del estallido. Esto es muy cierto, desencaja al estallido respecto de lo que fue un mes más tarde la salida constitucional concebida desde el sistema político.
Es en ese contexto donde el título Dignos adquiere sentido. La palabra “dignidad” recorre todo el libro: está en las zonas de sacrificio, en las marchas, en los carteles, en el renombramiento de la plaza, en la “hambre” proyectada sobre el edificio de Telefónica durante la pandemia. Ortúzar la trata como un significante total que condensa desigualdades materiales, humillaciones cotidianas y rabias acumuladas. Pero a la vez, la mira con desconfianza: la misma noción que moviliza a millones se usa para justificar actos que terminan dañando sobre todo a los sectores que dicen defender –quemar el Metro, sabotear la PSU en liceos periféricos, naturalizar la violencia diaria en ciertos barrios–. La “dignidad” se convierte entonces en una fuerza moral enorme, pero políticamente ciega respecto de su potencial destructivo.
El epílogo lleva este argumento a un plano más filosófico con una oposición que Ortúzar repite varias veces: la de “vida” versus “cosas”. Durante el estallido, esa dicotomía aparece en frases como “es peor matar personas que quemar supermercados”: las cosas son reemplazables, las vidas no. Durante la pandemia, la ecuación se invierte, pero mantiene la misma estructura: quienes pedían equilibrio entre salud, educación y economía son acusados de “elegir cosas por sobre vidas”, mientras que la posición moralmente legítima sería la del encierro máximo, sin demasiadas preguntas sobre sus costos. Para Ortúzar, esa forma de pensar roza lo que llama un gnosticismo político: el mundo material –infraestructura, comercios, instituciones, escuelas abiertas– queda bajo sospecha, mientras que una entidad abstracta llamada “la vida”, “el pueblo” o “los dignos” se coloca por encima de cualquier cálculo. El problema es que, llevado al extremo, ese gesto termina negando la política democrática, que siempre consiste justamente en negociar con límites materiales, con escasez y con dilemas sin solución perfecta.
Un punto interesante del libro es cómo va poniendo en escena, por los bordes de la crónica, a las élites viejas y nuevas. La derecha aparece como gobierno sin sociología, atrapado entre la negación (“oasis”) y la torpeza (“enemigo poderoso”). La ex Concertación, como una generación que, al romper con su propia historia, se queda sin relato y sin defensa frente a la ola octubrista. Pero Ortúzar no se detiene ahí. Se detiene con especial atención en lo que llama la matriz “neomirista” de buena parte de la nueva izquierda: tradiciones que nunca vieron con buenos ojos el pacto del 88, que desconfían estructuralmente de la democracia liberal y que apuestan por construir poder popular fuera de las instituciones. La política estudiantil, las tomas de liceos, la ACES, la Primera Línea, son leídas como momentos de esa apuesta extra–institucional.
En paralelo, el libro describe la emergencia de una figura que bautiza como “experto comprometido”: abogados de derechos humanos, académicos militantes, centros de estudio activistas que ofician de puente entre la calle y el sistema político, compitiendo con los partidos por el monopolio de la interpretación legítima. La academia de ciencias sociales y humanidades aparece así no como observadora crítica, sino como parte del juego: produce marcos (“modelo neoliberal”, “violencia estructural”), romanticiza ciertos actores (barras bravas, neobarrismo, primera línea) y se vuelve un actor más dentro del campo octubrista. En Plaza Dignidad, una encuesta que Ortúzar cita muestra que el núcleo de asistentes tiene en su mayoría estudios superiores e incluso posgrados. Ahí introduce la idea de “sobreproducción de élites”: una masa de individuos altamente escolarizados, con expectativas elevadas y pocas posiciones atractivas donde ubicarse. Recordemos que Ortuzar conoce esta materia, expuesta en su libro anterior, Sueños de Cartón. La plaza, sugiere, es también el escenario donde esa élite ampliada se reconoce a sí misma como vanguardia moral del país.
Todo esto ocurre dentro de un sistema institucional que el libro dibuja como frágil. El Ejecutivo llega a octubre debilitado, sin mayoría parlamentaria, frente a una oposición que practica un parlamentarismo de facto –acusaciones constitucionales en serie, interpelaciones, bloqueo sistemático– y que, una vez estallada la crisis, intenta “cambiar el tablero” y transformar un problema de orden público en una crisis de régimen. El Congreso se vuelve teatro de sacrificios rituales –ministros con “las manos manchadas de sangre”, escraches en sala, pancartas– al mismo tiempo que cocina el acuerdo del 15 de noviembre. El resultado es paradójico: la clase política más desprestigiada de la historia reciente se otorga a sí misma la tarea de diseñar la salida institucional, vía proceso constituyente.
Ortúzar no romantiza al gobierno ni a la policía. Reconoce sin rodeos las violaciones graves a los derechos humanos durante las protestas, recoge los informes de organismos internacionales y las cifras de muertos, heridos y traumas oculares. Pero insiste en situarlas en un contexto de policía desprofesionalizada, sobrepasada, carente de equipamiento y respaldo político, y de violencia cotidiana muy extendida contra Carabineros. Su apuesta es incómoda porque obliga a sostener dos cosas a la vez: que las policías violaron derechos y deben hacerse cargo, y que una parte de la izquierda usó cada abuso como combustible para un proyecto destituyente que nunca quiso realmente una salida negociada.
Al final, la imagen que queda del estallido en Dignos es la de un mosaico desordenado: una izquierda revolucionaria que activa liceos y universidades; una población cansada de abusos que encuentra en la consigna “No son 30 pesos, son 30 años” un resumen perfecto; un gobierno sin recursos políticos; una policía desmoralizada y sobrepasada; medios tradicionales asustados que se vuelven “populistas” y medios alternativos que se abrazan a la posverdad; una academia que milita; un sistema institucional atrapado en su propia arquitectura. En ese paisaje, Ortúzar lanza su frase más dura: tal vez la primera gran víctima del estallido haya sido la propia verdad.
Dignos no pretende ser la historia definitiva de octubre, sino la defensa de una tesis fuerte: el estallido fue menos una revolución igualitaria que una fiesta de disolución, un momento en que la sociedad chilena se miró al espejo y no le gustó nada lo que vio. Quien lea el libro encontrará, por debajo de la crónica, una serie de conceptos –fiesta violenta, dignidad, vida vs cosas, neomirismo, sobreproducción de élites, parlamentarismo de facto– que buscan ordenar ese caos y devolverlo al lenguaje de la teoría política. Se puede estar en desacuerdo con su mirada, acusarla de sesgada, de demasiado comprensiva con quienes han estado a cargo de mantener un orden que ampara el abuso, y demasiado dura con la izquierda y los movimientos que se expresan en contra de ese orden. Pero precisamente por eso, porque no es un relato neutral sino una interpretación discutible y bien armada, Dignos se vuelve una lectura útil: obliga a pensar el estallido no solo como un catálogo de injusticias, sino como un experimento límite sobre lo que una sociedad está dispuesta a hacer –y a destruir– en nombre de la dignidad.
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