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La sinfónica y el barrio: una nueva partitura para la agenda pública CULTURA|OPINIÓN Crédito: Cedida

La sinfónica y el barrio: una nueva partitura para la agenda pública

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Ignacio Garay González
Por : Ignacio Garay González Miembro Young Student Network cohorte 2024-2025 Unesco Francia. Coordinador General “Participa Chile!. Miembro del Grupo de referencia de Jóvenes de Naciones Unidas. Nominado Premio 100 Jóvenes Líderes 2025.
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A partir del cruce Pablo Chill-E + sinfónica, nos permite ampliar la idea de participación juvenil más allá de los salones formales y escuchar lo que ya suena en los barrios.


Cuando el barrio se sienta en el escenario

El 5 y 6 de septiembre de 2025, el trap chileno se sentó frente a una orquesta sinfónica completa: Red Bull Symphonic debutó en Chile con Pablo Acevedo (Pablo Chill-E) en el Centro de las Artes 660 (Fundación CorpArtes). En dos funciones, y con emisión por TVN el sábado 6, su repertorio fue arreglado y dirigido por Gabo Paillao, llevando esas canciones al formato clásico sin perder el pulso de barrio.

Cuando el silencio se convierte en ritmo

El acto realizado por Pablo Chill-E nos invita a repensar las estructuras tradicionales. Ese cruce no es solo musical; es una forma de mirar lo público: lo que cambia no es el volumen, es el oído. La sinfonía representa esas ideas a las que siempre se nos dijo que había que atenerse, lo «correcto» que terminaba fijando que todo se hiciera igual, una y otra vez, hasta volver impensable cualquier modificación. El trap, en cambio, encarna las formas de pensar nuevas que suelen ser aplacadas o estigmatizadas con frases conocidas: «no tienes experiencia para hablar de eso», «¿tú me vas a venir a enseñar música?», «no sabes lo que haces», «nosotros ya lo vivimos, por eso sabemos».

De la música a la agenda pública

La genialidad del evento está en su plasticidad: al juntar mundos distintos, la adaptación democratiza la cultura y derriba el mito de que es para unos pocos: ahora es de todos. La orquesta no «legitima» al trap: lo escucha con otro lente y, al escucharlo, lo vuelve visible para quienes antes no lo oían. Con la acción juvenil pasa lo mismo: si solo miramos mesas formales, dejamos fuera la mitad de la música. Por eso esta lógica tiene que entrar a los espacios de toma de decisiones, que todavía llaman «participación» solo a lo que viene con credenciales, micrófonos o actas. El problema no es la falta de voz, sino quién reparte los micrófonos.

Cuando una orquesta abre espacio a un género que fue marginado, no «pierde» su identidad: la amplifica. Lo mismo ocurre con la agenda pública cuando se anima a escuchar registros que no conoce. La sinfonía aporta técnica, tradición, oficio; el trap trae lenguaje, territorio, calle. El resultado no es una competencia, sino una conversación. Y esa conversación revela algo incómodo: muchas veces confundimos orden con exclusión y calidad con homogeneidad. Si dejamos de evaluar la participación por la pulcritud del protocolo y comenzamos a valorarla por su capacidad de convocar y transformar, veremos que hay barrios enteros componiendo sin esperar permiso.

La participación no cabe en un acta

Lo que hizo Pablo fue reconfigurar y apropiarse de un espacio que siempre debió ser para todos. Puso a sus pies un escenario al que tantas veces se le negó el paso y, al estar dentro,lo hizo suyo y con ello de todos. Eso mismo ocurre en cada uno de los barrios, donde las y los jóvenes exponen historias y vivencias que construyen una realidad poco conocida. Cada tecla y cada nota que nace ahí merecen ser sintonizadas como parte de la política pública. Si no le llamamos participación a lo cotidiano, quedamos sordos: personas que pintan y mantienen la plaza, que arman bibliotecas móviles, que coordinan redes de apoyo en WhatsApp, que reciclan y clasifican residuos del pasaje, que producen tocatas abiertas para niñas y niños. Todo eso es participar.

Cuando las instituciones afinan el oído

La metáfora musical ayuda: cuando la partitura deja de ser rígida, el compás sigue existiendo, pero ahora gira alrededor de nuevas claves. El debate institucional necesita esa misma elasticidad. No consiste en reemplazar lo sinfónico por el trap, lo formal por lo comunitario, el parlamento por la plaza. Se trata de tocar juntos y aceptar que la armonía puede nacer de combinaciones que antes nos parecían impensables.

Cada barrio tiene su orquesta. Cada joven trae una melodía. Lo que falta es un Estado y unas instituciones con oído atento, capaces de sintonizar esas notas como parte de la política pública. Porque participar no es solamente votar, opinar en una audiencia o ocupar un asiento en una mesa técnica. Participar es hacer, y hay miles de jóvenes haciéndolo todos los días. La pregunta no es cómo llegan ellos a nuestras instituciones, sino cómo nuestros organismos llegan a donde ellos ya están componiendo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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