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El Año del Cerebro: oportunidades para ampliar nuestra mirada de lo mental
Ampliar nuestra mirada no implica restarle importancia al cerebro, sino tomárselo realmente en serio: entenderlo como parte de sistemas complejos que sostienen —y a veces dañan— nuestra vida mental.
En el Primer Encuentro Nacional de la Red de Ciencia Pública se presentó oficialmente el Año del Cerebro 2026, una iniciativa que convoca a instituciones públicas y privadas a reflexionar sobre el rol del cerebro en la identidad, la salud, el aprendizaje, la creatividad, la vida en sociedad y otros de los aspectos más fundamentales de nuestra vida ‘mental’.
La sola existencia de esta iniciativa es una excelente noticia: pocas veces se abren espacios tan explícitos para pensar colectivamente este tipo de temas y cómo ese entendimiento orienta nuestras prácticas científicas, clínicas, e incluso políticas. Pero precisamente por eso, el Año del Cerebro también plantea varios desafíos: ¿Qué imagen del cerebro queremos promover? ¿Cómo ciertas imágenes que se promueven del cerebro afectan nuestra forma de entender lo mental?
Durante las últimas décadas, el notable desarrollo de las neurociencias ha contribuido a consolidar una forma dominante de comprensión de lo mental que tiende a identificarlo casi exclusivamente con el funcionamiento neuronal. Desde esta perspectiva —frecuentemente denominada neurocentrismo— el cerebro aparece como la causa última y suficiente de nuestras capacidades cognitivas, emociones, conductas y trastornos mentales.
Comprender el cerebro equivaldría, entonces, a aislar y describir sus mecanismos internos: circuitos, neurotransmisores, patrones de activación. Sin embargo, esta imagen, aunque poderosa y científicamente productiva, es también parcial. El riesgo del neurocentrismo no está en estudiar el cerebro —algo indispensable— sino en olvidar que el cerebro nunca opera en el vacío.
El cerebro humano es siempre un cerebro situado: encarnado en un cuerpo, inmerso en prácticas sociales, hábitos, vínculos sociales, condiciones materiales e historias culturales específicas. Reducir lo mental al cerebro entendido como un órgano aislado empobrece nuestra comprensión de lo que realmente está en juego cuando hablamos, como por ejemplo, de salud mental, otro aspecto altamente enfatizado por los últimos gobiernos en nuestro país.
En las últimas décadas, diversos investigadores han insistido justamente en este punto. El cerebro no es el único “lugar” de la mente, sino un nodo fundamental dentro de una red más amplia de relaciones: corporales, afectivas, sociales y ambientales.
Pensar, sentir o padecer no son procesos que ocurran exclusivamente “dentro de la cabeza”, sino dinámicas que se despliegan en la interacción entre cerebro, cuerpo y mundo. Esta ampliación de la mirada no es un lujo teórico. Tiene consecuencias prácticas profundas.
En el ámbito de la salud mental, por ejemplo, una comprensión excesivamente neurocéntrica tiende a privilegiar intervenciones centradas casi exclusivamente en el nivel neurobiológico, dejando en segundo plano factores como las condiciones de vida, el trabajo, la educación, la desigualdad, los vínculos o el sentido de pertenencia. En cambio, una concepción más amplia de lo cerebral – y por lo tanto, de lo mental – permite diseñar políticas públicas más integrales, capaces de articular lo biológico con lo social, lo clínico con lo preventivo, lo individual con lo comunitario.
El Año del Cerebro 2026 puede ser, en este sentido, una tremenda oportunidad. No solo para difundir conocimientos sobre el cerebro, sino para discutir críticamente qué entendemos por él y qué esperamos de esas comprensiones en la manera en que lo estudiamos.
Ampliar nuestra mirada no implica restarle importancia al cerebro, sino tomárselo realmente en serio: entenderlo como parte de sistemas complejos que sostienen —y a veces dañan— nuestra vida mental. Si el Año del Cerebro logra abrir este debate y traducirlo en políticas que protejan y promuevan la salud mental desde una perspectiva más amplia, situada y humana, entonces no solo estaremos celebrando al cerebro, sino también fortaleciendo nuestra capacidad colectiva de cuidar lo mental.
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