CULTURA|OPINIÓN
Crédito: Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona
Rachel Kushner y el recurso de la violencia
Aquí la violencia es potencial, ideológica, provocada. Kushner explora la figura del agente infiltrado que incita a la violencia política para, luego, justificar su represión.
Los Lanzallamas, de Rachel Kushner, figura entre las 100 mejores novelas del siglo XXI según The New York Times. El libro se ubica en el puesto 56, por encima de autores como Philip Roth, Elena Ferrante, Svetlana Alexievich, Denis Johnson, Fernanda Melchor, Benjamín Labatut, Lucia Berlin, o incluso un Nobel, Jon Fosse.
Este reconocimiento no puede considerarse aislado. Desde su debut con Télex desde Cuba (Telex from Cuba, 2008), Kushner ha establecido una narrativa consistente donde la violencia funciona como ruido de fondo para el desarrollo de su obra. En el caso de esta novela, ambientada en los días previos a la Revolución Cubana, se observa el colapso del orden colonial desde la mirada de dos niños norteamericanos expatriados: hay traficantes de armas, tensiones políticas, una isla a punto de incendiarse pero, lo más inquietante, es el modo en que esa tensión histórica se infiltra en lo cotidiano. Kushner no narra la revolución desde la épica, sino desde la incomodidad y la descomposición.
Esta pulsión se vuelve más manifiesta y, a la vez, más sofisticada en Los Lanzallamas (The Flamethrowers, 2013), novela finalista del National Book Award y -quizá- el texto más reconocido de su trayectoria. El epígrafe en latín que abre el libro (Fac ut ardeat, “hazla arder”) funciona casi como un manifiesto estético: la combustión es tanto literal como histórica, íntima y colectiva.
En la novela conocemos a Reno, una joven artista proveniente de una familia quebrada, quien llega al Nueva York de los ’70, una ciudad sucia, decadente, suspendida en un presente sin promesas. Fascinada por el motociclismo, la velocidad y el riesgo, Reno encarna un móvil que atraviesa toda la novela: la búsqueda de sentido a través del peligro. El fuego y la velocidad funcionan como metáforas de una época que se consume a sí misma.
Kushner construye la novela como un tríptico histórico. A través de Reno se despliega la Norteamérica posterior a Vietnam y Watergate, marcada por la desilusión y la transformación de la contracultura en violencia política; la Italia de las guerras, donde el futurismo glorificó la máquina y la velocidad; y la Roma de las Brigadas Rojas, con su secuencia de secuestros, atentados y sueños revolucionarios frustrados. En los tres escenarios, la violencia aparece como una energía que promete futuro y transformación, pero que no deja más que ruinas a su paso.
Con La sala Marte (The Mars Room, 2018), Kushner desplaza el foco hacia una violencia menos explícita, pero igualmente persistente. En esta novela (preseleccionada para el Premio Man Booker de 2018, recibió el Prix Médicis Étranger así como una Medalla de Oro de Ficción de los Premios del Libro de California) conocemos a Romy Hall, una madre soltera condenada a dos cadenas perpetuas por asesinar a su acosador, resultado de una vida atravesada por el abandono, el abuso y la precariedad. Violada en la infancia, prácticamente no conoció a su padre y fue criada por una madre adicta: no tarda en caer en el trabajo sexual, el que ejerce en la Sala Marte, un bar de striptease. Con la protagonista viajamos en el tiempo hasta su infancia para pasar después por su juventud y volver de nuevo con ella al presente, a la realidad de su celda: desde el inicio su existencia parece destinada a la infelicidad y al fracaso.
La prisión femenina que habita en San Francisco es un mundo cerrado, con su propio lenguaje y reglas. La prosa de Kushner aquí es descarnada, precisa, sin concesiones morales. La desgracia no se limita a los crímenes cometidos, sino que se expresa en la rutina carcelaria, en la anulación sistemática de las identidades. Los personajes masculinos casi desaparecen: la violencia es estructural y las mujeres cargan con su peso.
En El lago de la creación (Creation Lake, 2025), su novela más reciente y finalista del Premio Booker, la violencia adopta una forma más ambigua. Sadie Smith, espía, ex agente del FBI, es enviada a infiltrarse en Le Moulin, una comuna de eco-radicales en un rincón rural del sur de Francia. Los activistas siguen las creencias de un enigmático anciano, Bruno Lacombe, quien ha rechazado la civilización para vivir en una cueva Neandertal y defender el regreso al primitivismo. El hombre procede de una generación que vivió en primera persona la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial y la esperanza del Mayo del ’68 para, después, sufrir el desencanto ante la ineficacia y decadencia de la revolución popular y la transformación social.
Aquí la violencia es potencial, ideológica, provocada. Kushner explora la figura del agente infiltrado que incita a la violencia política para, luego, justificar su represión. Sobre esta, el escritor argentino Hernán Díaz (A lo lejos, Fortuna), comentó que se trata de una novela “fascinante y sutilmente perversa”, capaz de ser brillante, inquietante y divertida.
Lejos de repetirse, Kushner ha ido refinando el recurso de la violencia hasta convertirlo en una herramienta de exploración, no para celebrarla ni para explicarla, sino para exponer su lógica. Desde su debut hasta su novela más reciente, la escritora estadounidense ha explorado distintas formas de violencia -política, social, económica, simbólica- no para glorificarlas, sino para exhibir su capacidad de moldear las sociedades.
En sus novelas, la violencia no irrumpe: ya estaba ahí. Lo que hace Kushner es obligarnos a mirarla de frente, a reconocer cómo arde en la historia, en los cuerpos y en las ideas que heredamos. Porque, en su literatura, entender el mundo implica aceptar que el fuego no es una excepción, sino parte del paisaje.
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